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Qué grande fue el cine. Por Eduardo García Rojas

Entre otras muchas debilidades, confieso mi extraña adicción al cine italiano de los años cuarenta y cincuenta. Los expertos, que son esos señores de cabellera espesa y espejuelos con culo de botella, conocen este periodo como Neorrealismo…

Un cine áspero y duro, sin apenas concesiones, que hoy visto desde la distancia y el retroceso de nuestros infantiles días, se antoja como imposible de recuperar porque su discurso, si bien encaja con la que nos está cayendo, no resulta recomendable para los que nos facilitan entretenimiento con la forma de crisis satánica, líos del corazón y héroes disfrazados.

Lo que me molesta, lo que me irrita aunque no me quite el sueño, es que  los que se refugian en lecturas y películas para alimentarse digamos que espiritualmente, no se hayan percatado de lo que fueron capaces de hacer los italianos por el cine en ese período que merece un capítulo aparte en las Enciclopedias dedicadas a lo que se llama como séptimo arte…

¿Arte?

¿Fue un arte, verdad?

Aquel grupo de iluminados, de profetas, narró pequeñas grandes historias de hombres y mujeres de la calle a los que el peso de la Historia arrolla o intenta arrollar. En algunos casos, incluso, mostraron como algunos pudieron salir adelante y lamer, como pudieron, sus heridas y en otras reflejaron con crudo realismo su fin.

Un fin en el que, efectivamente, el hombre está condenado a ser libre.

La noche del viernes, de una sauna indescriptible, me planteé volver a ver tres títulos de un cineasta que hizo carrera en eso que llaman Neorrealismo como si de un maratón de las Olimpiadas se tratara.

Y el caso es que todavía digiero el impacto que estas tres películas, firmadas por Vittorio De Sica, han supuesto para mi todavía capacidad de entrega al cine como un oasis de reflexión y, si quieren, inquietante esperanza.

Un oasis al que poder recurrir y saciarme cuando lo veo pese a que tenga constancia que ha ido perdiendo, y a mi juicio con el paso de los años, su capacidad de asombro. De conmover y agitar conciencias.

Se tratan pues de tres películas que nadie debería de perderse para entender la grandeza del cine. También de lo que fue el cine italiano de aquellos años.

De sorprenderse por su capacidad de autocrítica, de retrato feroz de un país literalmente empobrecido narrándonos sus miserias a través de una de serie de personajes que por su humanidad trascienden pantalla.

En este aspecto, considero que no pueden dejar de ser tan humanas películas como El ladrón de bicicletas y Umberto D. Crónicas despiadadas de hombres sencillos al que el peso de los acontecimientos terminan por aplastar como si fueran cucarachas.

¡Grande Carlo Battisti!, el jubilado que rompe el corazón en esa tragedia que rompe el corazón que es Umberto D.

¡Grande Lamberto Maggiorani!, el ladrón involuntario de bicicletas…

¡Grande Cesare Zavattini!, el escritor que hizo posible estas tres historias que, reitero, tienen aún la enorme facultad de romper el corazón…

El tono cambia, dentro de su implacable dramatismo, con esa delicada pieza de orfebrería de los sentimientos que continúa siendo Dos mujeres. Con una Sofia Loren en la que quiero encontrar el carácter de la mujer italiana.

Una especie de colosal reinterpretación de la mamma latina capaz de todo por el bienestar de su hija mientras la Guerra se va desmoronando  dejando a su paso la terrible huella de la postguerra.

No sé si el visionado maratoniano de estas tres películas ha servido de algo en unos tiempos donde todos parecemos intentar escapar de la realidad, pero me siento mejor tras llorar, esa es la verdad, con tres historias que me obligan a pensar que el cine, efectivamente, fue grande.

También a reflexionar que gracias a películas como estas tres que he citado y otras tantas que realizaron cineastas que no fueron de Sica, contribuyen a que observe el espectáculo del desmoronamiento en el que me ha tocado ser uno de sus tantos ladrones de bicicletas oUmberto D. con otra perspectiva.

Con otros ojos, con una melancolía digamos extraña que, afortunadamente, suaviza la belleza que encierra ese plano de Dos mujeres en el que madre e hija se abrazan tras haber atravesado un calvario que solo es el principio por el que estamos ahora mismo transitando aunque nubes oscuras nos impidan ver.

Por eso, y por otras muchas cosas más, dejar que la noche del viernes se muriera mientras me quedaba hasta las tantas con la vista pegada ante la pantalla del televisor merece que reivindique la fuerza de un arte, el cine, que no fue menor como es el de nuestros días.

Esto me hace pensar porqué el cine –y las demás artes, porque ninguna se disuelve, toma sentido, atrapa lo que hay– se ha vuelto con el paso de los años tan ñoño. Tan vacío, tan sin sustancia.

Y que me pregunte las razones de por qué ese miedo a reencontrarnos con lo que unos clásicos que en condiciones mucho más complejas que las que vivimos en nuestra farsa actual, sí que se atrevieron a hacer mientras en mi tiempo la mayoría de los artistas, de los culturetas, de los que tienen el deber de alimentarme intelectualmente obvia y me hace parecer memo si cuestiono sus memeces.

Lo que yo considero mis clásicos no lo dudaron ni un instante cuando había que hurgar en la llaga. Sabedores que solo a través del sufrimiento y la risa podemos llegar a pan, amor y fantasía.

Indignarnos, compadecernos, riéndonos incluso para alcanzar a ser algo tan complicado como personas y no idiotas durmientes como revelaba esa obra reciente que es Matrix. Con todas sus irregularidades, con todo su enfermizo sentido de la estética como esperpento virtual.

Veo, ya contaba, de una sentada y sin apenas pausa estas tres grandes películas. Y cuando acaba la sesión, roto pero más fuerte por dentro, escucho el canto de un grillo que debe de andar por casa y pienso, mientras telegrafía su música, que el caos en que últimamente ha sido mi conciencia se serena.

Se relaja…

Y todo por tres películas.

Efectivamente, qué grande fue el cine.

Saludos, hay esperanza para cambiar. Basta con perder el tiempo viendo estas películas, desde este lado del ordenador.

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