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¡¡¡Curro Jiménez nunca muere, bastardos!!! Por Eduardo García Rojas

Sancho Gracia logró algo insólito en un país acostumbrado a hurgarse el ombligo solo para sacarse la roña.

Lo insólito de Gracia y ahí radica la gracia, –amos, amos con esas patillazas- es que se metió en el bolsillo a los ciudadanos de este país –y de otros lares, no vayan a creer ustedes– con un personaje, y una serie de televisión, Curro Jiménez, que a su manera contribuyó a mirar con desparpajo y mucho cachondeo el pasado de Expaña para subrayar la mitología del súper hombre tal y como la entiende o entendía el español de toda la vida: cuando ama, ama de verdad. Y cuando le tocan las pelotas no pregunta sino que responde sacando la faca. La navaja.

También sirvió Curro Jiménez para explicarnos a los chavales de aquel entonces que en la compleja Guerra de Independencia para echar al francés del territorio peninsular, un grupo de descamisados se escapó al monte para hacer la guerra a su manera.

Esta forma de guerra, conocida como guerrilla, creó parafraseando a Ernesto Guevara algo así como muchos Vietnam en un país que comenzaba a tomar conciencia de sí mismo. Y esa conciencia le debe mucho a guerrilleros broncos que, como el Jiménez televisivo, representaba una España hambrienta y feroz que, pese a que digan lo contrario los letrados, aún late en el corazón de esta nación.

Vista con distancia y cierta perspectiva, Curro Jiménez no deja de ser una curiosa reinterpretación de Robin de los Bosques solo que ambientado en las sierras de mi querida Andalucía.

Junto a Curro Jiménez (Sancho Gracia) cabalgaban a su lado trabuco en mano el inolvidable bruto de buen corazón, El Algarrobo (Álvaro de Luna); El Estudiante (José Sancho) y El Fraile (Francisco Algora), una especie de nuestro fray Tuck.

Al morir en uno de los episodios El Fraile, fue sustituido por otro representante de la raza celtibérica, El Gitano (el especialista Eduardo García), cuarteto que en la mayoría de los episodios se medía contra el francés y los afrancesados al son de la inolvidable y chirriante banda sonora de Waldo de los Ríos.

No sé cuantas veces jugué en la calle tras pelearme con los amigos a ver quien hacía de Currro Jiménez, El Algarrobo, El Estudiante, El Fraile y luego El Gitano. Sí que recuerdo que los personajes más demandados eran el mismo Curro Jiménez y El Algarrobo, pero que no pasaba lo mismo, de hecho nos daba igual, si en el sorteo te tocaban los otros protagonistas.

La verdad es que Sancho Gracia, que fue como un actor al que le interesaba más la acción que dotar de cierta dimensión psicológica a sus personajes, ya había probado y con éxito su afición a un cine despreocupado y cotufero en una serie de películas donde como secundario hacía de pistolero o macarra de gatillo fácil.

A él le debo, además, y de ahí mi reconocimiento, que leyera a tierna edad una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos, Los tres mosqueteros, al interpretar al intrépido D’Artagnan en la telenovela del mismo título.

¡Data de 1971!

¡Cómo pasa el tiempo, demonios!

Sin embargo, si por algo reconozco a Sancho Gracia –hombre que se parecía casi como hermano gemelo no ya por físico sino por carácter con el padre de un buen amigo mío– es por sus trabajos en la televisión en unos tiempos donde la pequeña pantalla de este país no resultaba tan idiota como la de nuestros días.

Vale, solo había un canal y un poquito más tarde dos, pero la pagaba el contribuyente y  las cosas se hacían con otro estilo. Con otra forma. Había o hubo, no sé, como un respeto hacia y con el espectador.

Y Sancho Gracia fue como un fijo en la edad de oro de las series de televisión con marca de fábrica nacional.

Solías verlo en Estudio 1 (¡Doce hombres sin piedad!), también en Los camioneros y mucho más tarde en Curro Jiménez. Que fue el papel de su vida, el que le dio popularidad… Tanta, que intentó continuar explotándola en una vergonzosa versión de El Zorro, solo que en la España ocupada por los ejércitos napoleónicos, que respondía al nombre de La máscara negra.

Fumador empedernido, amigo de la jarana y algo chulapo, los ochenta no fueron buenos tiempos para el artista. Aunque en esta década interpretó otro de los grandes papeles para la televisión por lo que sigue siendo recordado por los aficionados que lamentamos su muerte.

En Jarabo, primer episodio de la reivindicable La huella del crimen, serie creada por Pedro Costa Musté, y a las órdenes de Juan Antonio Bardem, Sancho Gracia se puso en la piel de un viva la vida con inquietante parecido no solo físico sino existencial con el actor.

Merece y muy mucho recuperar este capítulo. En especial, a mi juicio, porque Gracia, más que actuar hace de sí mismo que fue lo que hizo prácticamente toda su vida cuando se ponía frente a las cámaras. Es decir, que le bastaba con su personalidad arrolladora para llenar pantalla.

En este sentido, y que quede constancia de una vez, me quedo con el Sancho Gracia que vi y aprendí a querer y respetar en la caja tonta y no tanto, tonto, con el que me vendía en la pantalla grande.

Así que entiendo como modesto pero descafeinado tributo a su memoria el que fue su último papel protagonista: 800 balas del siempre excesivo Álex de la Iglesia, quien volvió a solicitar sus servicios en esa excéntrica crónica de la historia del siglo XX de este país que es la frustrada y frustrante Balada triste de trompeta.

Me quedo, y lo asumo, con el Sancho Gracia con el que fui creciendo mientras contemplaba una televisión que, ya digo, primero fue en blanco y negro y más tarde probó el color y que hoy, es mi parecer, da enojosos pasos hacia atrás como la economía de este patético país.

Un país, Expaña, tan necesitado hoy de gente como Curro Jiménez.

Ya saben, de supuestos bandoleros que roban a los ricos para repartir el dinero entre los pobres que somos casi todos…

Saludos, mientras Sancho Gracia fuma y requetefuma en tierra de nadie, desde este lado del ordenador.