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‘La luz de Mafasca’ o el arte de marear la perdiz. Por Eduardo García Rojas

Alguien me pasa en dvd el largometraje La luz de Mafasca (2012) película dirigida por Zacarías de la Rosa, mito o realidad de un cineasta que construye, es un decir, un pretensioso y confuso filme donde, curiosamente, si algo destaca es su luz.

Y no la luz de Mafasca, precisamente, sino la de una excelente fotografía que capta con una belleza yo diría casi voluptuosa la hermosa y arrebatadora geografía de Fuerteventura. Isla en la que se aparece este inquietante fenómeno e isla en la que se desarrolla la acción, es un decir, de este largometraje que no da una a derechas ni a izquierdas.

Una lástima, porque la presunta luz de Mafasca era reclamo suficiente para los aficionados a lo paranormal y también de los que gustan de películas de y en clave fantástica.

No hay nada de esto en La luz de Mafasca, sino cuatro narraciones que queriendo ser complementaria se dan la espalda porque no confluyen en el que tenía que ser un mismo origen.

El largometraje presenta así un conjunto de relatos independientes vacíos por dentro, sin apenas sustancia, lo que repercute en el estado de ánimo de un espectador que comienza a rumiar el sacrificio que supone esto de ver cine rodado en Canarias.

Jarto de esa manía por camuflar de rareza lo que no respira alma por dentro. Cansado de intentar encontrar argo de lógica a unas historias que no la tienen. Y no porque esa haya sido la intención de su hacedor, no, sino porque realmente tras tanta poética visual solo hay un esteticismo preciosista, de postal elaborada.

De las cuatros historias que quiere contar, solo convence la que se pretende documental del relato. Esa en la que hombres y mujeres que aseguran haber visto la Luz cuentan a cámara sus experiencias.

Las otras que configuran el esqueleto argumental (¿?) de la cinta resultan enojosamente desdibujadas. Paletadas que pretenden dar consistencia a un misterio que, tras verlo en la pantalla de mi televisor, lo mejor que puede hacer es que siga siendo, precisamente, un misterio.

Y esperar a que venga alguien que, sin revelar racionalmente su origen, se sirva de él para configurar una historia que conmueva, nos haga ver la realidad en la que vivimos de otra manera.

Con sentimiento, emoción.

No dudo que la intención de su realizador fuera la de mostrar una serie de personajes  que son, en el fondo, almas en pena y que aspiran a una comprensión que solo la dichosa luz puede revelarles, pero sí denuncio que su hazaña aburre y mosquea ese pozo de inteligencia que aún debe de quedarme en algún recóndito lugar de la mente.

No sé si reírme o llorar con la presunta tragedia del paracaidista autista. O con la investigación que emprende la periodista despistada que no cambia su antipática expresión de autosuficiencia a lo largo de la cinta. Tampoco con la de la señora que presuntamente da origen a esta puñetera Luz y los dos campesinos que trabajan a sus órdenes…

Con este material, resulta natural que la película se haga un lío y que mis bostezos resuenen en la soledad de mi mansión como los ladridos de un perrito pekinés.

Pensando mientras tanto que maldita la hora en que algunos de los que hasta el día de ayer hacían cine en estas islas abandonadas de la mano de los dioses fabularan que, realmente, estaban haciendo cine en estas islas abandonadas de las manos de los dioses.

Luz, más luz, gritaba Normand Desmond.

Y luz más luz es lo que necesita La luz de Mafasca.

Luz, esta de Mafasca, de la que apenas se proporciona información salvo la que facilitan los entrevistados…

Paralelamente, hay un triángulo sentimental entre la periodista avinagrada y sus ayudantes en Fuerteventura, dos mujeres que quizá sean lo mejor de esta película por la desarmante naturalidad con la que asumen sus papeles: Alba Cabrera y Guacimara de Elizaga. Nota aparte merecen también Carlos ArochaLuifer Rodríguez y Lorenza Machín.

El resto es un quiero, y naturalmente no puedo, en el que incurre la mayoría de las películas con pretensiones de ese cine que dicen canario que he visto en los últimos tiempos: arte para marear la perdiz. Arte para no contar nada presuponiendo que están contando argo. Un argo que no es nada pero como está bien vestido, excelentemente fotografiado y algunos de sus actores incluso resultan creíbles, pues debe ser eso que llaman cine.

Pero no es cine.

Por mucho que sus responsables, con toda la legitimidad del mundo, defiendan que sí lo es.

Cine, mal que les duela a unos y a otros, debe ser mensaje aunque la forma en que te lo cuenten resulte, solo aparentemente, desperdigado, confuso. Para gente curta y esas cosas.

Y la madeja que es La luz de Mafasca no suelta hilo para que un espectador resignado y últimamente jarto de que le vendan cualquier cosa, se rebele. Y se rebele porque no ha encontrado elementos a los que asirse, sino una pesada resignación a la contemplación de un producto bien hechito pero sin alma, sin esa presunta y misteriosa Luz de Mafasca brillando por dentro.

Saludos, apago de un manotazo el interruptor, desde este lado del ordenador.

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