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Una coincidencia. Por Eduardo García Rojas

Mañana dominguera en el Rastro de la capital tinerfeña, donde me encuentro a varios amigos finiquitando libros, discos y otras menudencias en puestos improvisados.

Comento con uno de ellos que qué tal le ha ido el día. “Fatal” me responde. Fuma un cigarrillo tras otro. Le pregunto que le parece que le lleve todos esos tratos que acumulo en mi vieja mansión y de los que quiero desprenderme. Podríamos ir a la mitad de lo que saque por ellos, sugiero mientras no dejo de sudar y él de fumar y fumar. No sé bien porque fuma tanto, igual es para tranquilizar una conciencia demasiado alterada en estos últimos tiempos donde todo se desmorona.

Mientras paseo por el Rastro sintonizo con mis orejas lo que va soltando la gente que pasa y se cruza a mi alrededor. Capturo frases sueltas, diálogos que ni nacen ni se terminan… En la mayoría de los puestos la queja es más o menos la misma: “esto ya no es lo que era…”

Un gracioso le suelta a un tipo que vende si le permite fumar. El tipo que vende se ríe. Sonrío, por lo menos no se ha perdido el sentido del humor. Aunque a mi me cueste encontrarlo en la mayoría de las cosas que me rodean. Me llega el agrio aroma de la cerveza, también el de perritos calientes.

Me detengo en un puesto de libros usados y comienzo a remover la montaña de ejemplares pasados de fecha. Detecto en la tonga de volúmenes que exploro con mano experta que alguien debe de haber liquidado una biblioteca. Cuando abro los libros descubro un sello en sus primeras páginas. Se tratan de aquellas ediciones de bolsillo de Alianza Editorial, la mayoría la serie de Historia que publicaron como si hubieran sido escritos por Isaac Asimov.

En otro puesto, que regentan tres tipos de mirada inquisidora, muchos de los títulos ante los que me enfrento son de novelas románticas. Así de insólito es el Rastro pese a que la cosa vaya fatal y apenas nadie se rasque el bolsillo.

Encuentro por casualidad un ejemplar algo estropeado de Mussolini. Análisis de un dictador (Bandama, 1990), firmado por el periodista grancanario Pedro Perdomo Azopardo.

Se trata de un libro singular porque el autor mezcla el relato de viajes con la Historia. En su caso, el itinerario que realizó por Italia siguiendo las huellas del dictador fascista. Cuanto menos es un trabajo original, en el que el escritor mantiene una discreta distancia y regala excelentes descripciones de los lugares donde una vez estuvo el capo fascista, il Duce.

En el volumen, Azopardo logra incluso hablar con uno de sus hijos, Romano Mussolini, y se aproxima pero apenas cruza cuatro palabras con quien fue la mujer del dictador, doña Rachele.

Me gusta lo que leo, aunque no comparta algunas de las reflexiones que propone el periodista sobre Benito Mussolini, quien acabó colgado sin vida junto al cadáver, entre otros, de su amante, Clarea Petacci en la piazzale  Loreto, en Milán. O Milano que dicen los italianos.

Azopardo también recorre Predappio, pueblo natal de Mussolini, y escribe las sensaciones que recibe cuando baja a la cripta donde descansan sus restos mortales: un busto de mármol blanco enorme, a sus pies, una serie de urnas donde se guardan entre otras prendas su camisa negra.

Encontrarme con esta rareza no sería nada si hoy, a raíz de la lectura de un artículo publicado en El País, me entero que Benito Mussolini vino al mundo un 29 de julio de 1883 y que el cementerio se ha convertido en lugar de peregrinaje para nostáligicos que continúan rindiéndole tributo.

Por el artículo de El País me entero que se sirve un helado delicioso de chocolate que lleva su nombre, Benito. No sé si sabe el articulista que Mussolini se llamó así porque su padre, rabioso anarquista, lo hizo en honor de Benito Juárez.

Los nostálgicos aprovechan la visita a Predappio para comprar quincalla relacionada con ese calvo de cabeza romana que se metió a Italia en el bolsillo hasta que esa misma Italia se lo sacó del bolsillo para colgarlo como un pedazo de carne en la piazzale Loreto.

Alguien dijo una vez que la vida de Mussolini es lo más parecido a una tragedia shakesperiana en la convulsa historia del siglo XX.  Y pienso, mientras escribo estas líneas algo confuso por la curiosa casualidad que me llevó a comprar Mussolini. Análisis de un dictador el mismo día de su nacimiento, que las imágenes que recuerdo de capo son lo más parecido a la de un actor acostumbrado a sobreactuar.

La manera en la que saca pecho y mandíbula, en cómo pone los brazos en jarras me hace soltar una inquietante risotada mientras pienso en Predappio, su pueblo natal. Y en esa carretera que conduce al cementerio donde descansan sus huesos.

 Saludos, una extraña coincidencia, desde este lado del ordenador.

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