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Terry Southern, uno de los nuestros. Por Eduardo García Rojas

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En unos tiempos donde el periodismo ha terminado por domesticarse y asumir con indignante resignación su extrema agonía, nos quedan afortunadamente una serie de autores clásicos a los que recurrir para conformarnos una idea de lo que tiene que ser el que quizá sea el mejor de los peores oficios del mundo si tus ojos tropiezan por casualidad en el trabajo de, entre otros, Terry Southern.

Terry Southern fue uno de los más grandes periodistas contraculturales de su tiempo y un hábil e irónico articulista de costumbres cuya obra todavía resplandece en el cenagal de una profesión hoy más cautiva y desarmada que nunca.

Mirad que pandilla: William S Burroughs, Terry SouthernJean Genet, Allen Ginsberg

y unos amigos en Chicago, agosto de 1968.

Lo que hace grande a un hombre de inclinaciones inquietantes y tan contradictorias continúa siendo la capacidad de análisis de su momento a través de los protagonistas de sus artículos. También su notable capacidad fabuladora y su espíritu radical y de agitador de conciencias. Y todo ello sin salirse nunca del tiesto, manteniendo siempre una mirada cáustica y audaz sobre la realidad, parte de cuyos artículos se recogen en español en el ya mítico título A la rica marihuana y otros sabores, libro que inició la estupenda colección Contraseñas de Anagrama.

El caso es que releyendo sus crónicas y relatos, historias de verdad y de mentira, no he parado de sonreír mientras sus palabras no dejaban de darme golpes directos al pecho. Southern era consciente que la verdad, aunque sea amarga, hay que disfrazarla con el azúcar de la ironía, fórmula con la que hace posible que sus cuadros resulten mordaces y apocalípticamente satíricos aunque una primera lectura parezca indicar otra cosa.

Además de periodista, Southern también fue escritor. En su producción se encuentran tres títulos traducidos al español que por perversos, irreverentes y libertarios merecen de todo mi reconocimiento.

El primero de ellos es Candy (Grijalbo, 1978), una novela que en su día se vendió como la historia pornográfica más peligrosa de todos los tiempos, y que no es sino una reinterpretación canalla del Cándido de Voltaire. O una puesta al día de las aventuras de tan legendario personaje solo que en clave femenina.

En El cristiano mágico (Impedimenta, 2012) el escritor y periodista o periodista y escritor propone una aguda pero también retorcida reflexión sobre la codicia humana, lo que reactualiza poderosamente su relectura en estos tiempos siniestros que vivimos. En la novela, un excéntrico millonario que responde al nombre de Guy Grand se gasta su enorme fortuna en bromas con dudoso sentido de la ética. La novela cuenta con una delirante adaptación cinematográfica protagonizada por Peter Sellers, Ringo Starr –Southern es uno de los muchos rostros que aparece en la portada del mítico disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles– y Raquel Welch, entre otros. Y si bien no tiene ni pie ni cabeza, respira ese aire sesentero que caracterizaron comedias frustradas y excesivas como Casino Royal o ¿Qué tal, Pussycat? Cine golfo en toda regla que aún se puede paladear por su carácter loco.

Imaginación y demoledora crítica a raudales hacia el sistema hollywoodiense es lo que destila también Una peli porno, donde el escritor narra un delirante proyecto para poner en marcha el rodaje de una película pornográfica protagonizada por grandes estrellas. En esta novela, editada el año pasado por Valdemar, Southern desparrama toda su acritud a la industria del cine en una serie de capítulos en los que resulta prácticamente imposible borrar la sonrisa –cada vez más ancha– que se dibuja en tu boca al mismo tiempo que recuerdas aquel genial desastre, a medio camino entre el cine histórico y erótico, que fue Calígula, una cinta producida por Bob Guccione y dirigida por Tinto Brass, en la que Malcolm McDowell interpretaba al desquiciado emperador romano junto a astros de la pantalla como Peter O’Toole y John Gielgud, entre otros.

En definitiva, que Southern fue un gigantesco escritor de su momento, lo que explica a mi juicio que su obra se continúe leyendo con tanta actualidad porque todas las épocas son iguales y solo el amor las hace soportable.

Algo tiene este escritor y periodista. No sé si será su notable influencia be bop que intentó mimetizar en unos textos donde la ironía se convierte en clave de un estilo a través del cual su autor se aprovecha para sacar los colores al capitalismo y a la sociedad que ha engendrado.

Southern contribuyó también con su talento en los guiones de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1962); Easy rider (Dennis Hooper, 1969); El rey del juego (Norman Jewison, 1965) y Barbarella (Roger Vadim, 1968), esta última cinta tan excesiva y frustrante como las anteriormente citadas Casino Royal y ¿Qué tal, Pussycat?, aunque hoy se han convertido en títulos con cierto aroma cool porque de alguna manera encarnan el hedonismo de aquella década que dicen fue prodigiosa.

En todo, caso, sirva este post para reivindicar a un hombre que intento ir a lo largo de toda su vida por libre. O la materialización de esos que se conoce como hipster (1). Una forma de ser y de entender el mundo que sospecho volverá a ponerse de moda en estos tiempos turbulentos y plagados de mentiras que vivimos.

(1) Palabra del slang americano, hoy en desuso, con varios significados: un hip es alguien que está en la honda, alguien que está en el rollo, que es adicto a una droga, alguien que sabe de qué va. También alguien frío, tranquilo, interesante y, en otro sentido, snob, enterado, superficial. (Según la traducción de Kosian Masolivier en la primera edición de A la rica marihuana y otros sabores de la colección Contraseñas de Editorial Anagrama, 1977).

Saludos, el mundo no ha dejado de estar loco, loco, loco, desde este lado del ordenador.

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