FIRMAS

El laberinto. Por Irma Cervino

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Salomé estaba segura de que cada miércoles la escalera del viejo edificio de Adolfo tenía un peldaño más. Lo que años atrás subía en dos minutos, ahora le costaba tres y medio. Era consciente de que sus piernas no eran las mismas que antes la llevaban casi en volandas, pero se resistía a aceptar que el paso del tiempo era el culpable de su cansancio y se le metió en la cabeza que, unas horas antes de que ella llegara, Adolfo salía con un cubo de cemento para fabricar el nuevo escalón.

– Buenos días. Ya estoy aquí, y eso, a pesar de su afán en complicarme cada vez más la vida -le reprochó Salomé, apoyada en el recibidor y resoplando, después de subir los veintidós escalones de siempre.
– ¿Pero qué dices, mujer? Anda, cámbiate y tómate un vaso de limonada fresca que hay en la nevera -le sugirió el hombre de estatura media, cara redonda y mirada azul.

Salomé no soportaba la indiferencia de Adolfo y tenía la sensación de que, en los últimos tiempos, la trataba como si fuera una simple señora de la limpieza, aunque, en realidad, eso era exactamente lo que llevaba siendo desde aquella mañana de junio que llegó por primera vez a la casa.

Cuando recuperó el aliento y las piernas, se cambió de ropa y empezó a poner lavadoras. Estaba sedienta pero solo por el hecho de que Adolfo le hubiera ofrecido la limonada, ya no la tomaría.

-¡Pero qué desastre de hombre este! -repetía cada miércoles cuando se encontraba los pantalones tirados en medio del pasillo o los tres botes de leche abiertos al mismo tiempo y abandonados a la intemperie en la mesa de la cocina. «Es que me despisto y no me acuerdo de lo que hago», se excusaba Adolfo cuando Salomé le abroncaba. «Ay, usted siempre en las nubes», gritaba ella, mientras buscaba el mando de la tele en la nevera. «Es que me gusta congelar la imagen», le decía con sorna a Salomé, lo cual le ponía todavía más enfadada.

Adolfo era abogado. Fue una decisión inapelable de su madre que, nada más enterarse de su embarazo, le impuso a su bendito padre el nombre y la profesión del que sería su hijo. A él no le gustaba ni una cosa ni la otra. Siempre quiso llamarse William y ser artista pero tuvo que arrinconar su sueño el día en que los ojos de su madre estuvieron a punto de desprenderse de la órbita ocular al escuchar su atrevida propuesta. «¿Qué dices niño? ¿Artista de qué?».

No hubo opción. Estudió la carrera y, poco a poco, los ojos de su madre se fueron encajando de nuevo en los huecos, si bien su corazón se fue descamando a trocitos, lo que derivó en una peritonitis, fruto de tanta ilusión frustrada acumulada en el intestino grueso.

Detestaba su trabajo porque le parecía poco placentero tener que meterse en la vida de los demás, que era como, en realidad, entendía su profesión. Después de treinta años con el despacho, nunca había ganado un juicio; sin embargo, muy a su pesar, seguían reclamando sus servicios.

 

 

Otra mañana de miércoles, Salomé volvió a subir refunfuñada los escalones. «Maldito abogado, hoy ha puesto tres más», rezongó al entrar en la vivienda.
El tiempo que tardaba en darle la vuelta a la llave en la cerradura lo hacía con los ojos cerrados, temiendo con lo que se iba a encontrar en aquella casa pues, en las últimas semanas, el desorden se había acrecentado. A los pantalones abandonados en medio del pasillo, ahora, le acompañaban calcetines desparejados y de cualquier color. Los tres botes de leche se habían duplicado y el mando de la tele ya no estaba en la nevera donde, la semana anterior, Salomé había encontrado la pequeña radio de pilas que daba las noticias a una audiencia bastante fría.

– Esto es increíble señor, increíble. Seguro que lo está haciendo a postas para cansarme. Pues ya estoy harta, ¡harta! de que se crea que soy su criada. A mi me contrató para que le echara una mano con las lavadoras y la comida. Nada más -gritó para que le oyeran los vecinos que, a esa hora, nunca estaban.
– ¿Qué le pasa señora? ¿Por qué grita? ¿Le puedo ayudar? -le preguntó Adolfo que acudió al salón alertado por los gritos.
– No se haga el sueco conmigo. Hoy no tengo ganas de vacilón, así que no empecemos. Y déjeme, que tengo bastante lío. Mire cómo tiene la casa, da asco. Un verdadero desastre -se quejó la mujer que acababa de encontrar el mando, cocinándose en el horno.

Al siguiente miércoles, Salomé tomó la determinación de comunicarle a Adolfo que ya no volvería más. Intentó decírselo por teléfono para no tener que subir la interminable escalera del edificio pero, después de más de quince llamadas sin respuesta, no le quedó más remedio que regresar a la casa. «¿Cómo no va a tenerlo todo tirado?» -se quejó asfixiada al llegar a la puerta – «si es que pierde el tiempo construyendo los malditos escalones».

Echó un vistazo rápido a su alrededor y comprobó que el desorden se acumulaba. Le tranquilizó pensar que ese día no pondría lavadoras, ni recogería calcetines, ni mandos, ni botes de leche. Esperó a que Adolfo saliera a recibirla pero no lo hizo. Después de casi veinte minutos esperando, empezó a extrañarse, ya que él siempre salía de su despacho cuando la oía llegar, aunque solo fuera para meterse con ella.

– ¡Don Adolfo, estoy aquí pero hoy no pienso hacer nada! -gritó desde la salita en dirección al pasillo, esperando respuesta. No hubo contestación. La casa olía diferente: a silencio. Incluso el pantalón que colgaba de uno de los brazos del sofá parecía dormido profundamente.
Salomé no podía esperar más. Se levantó de mala gana de una de las sillas del comedor donde se había sentado para recuperar la vida de sus piernas y fue a buscarle. Pensaba que tal vez se habría quedado dormido, después de una noche intensa preparando la defensa de algún cliente que, obviamente, volvería a perder. Al llegar a su despacho, vio que su ordenador estaba apagado y la mesa, llena de papeles en todas las direcciones. Prosiguió el camino hacia su habitación y allí, por fin, lo encontró.

– ¿Pero qué hace sentado en el suelo? -se acercó hasta él y tuvo que tocarle en el hombro para que se diera cuenta de que ella estaba allí.
– ¿Eh..? Hola, ¿quién es usted? Mamá no quiere que me ponga mi sombrero ni me pinte la cara. Dice que los artistas son gente mala -le contó Adolfo mirándola pero sin prestarle mucha atención. Llevaba puesta la mitad del pijama y una barba de cinco días.
– ¿Pero qué dice? ¿Qué le pasa? ¿Le duele algo Adolfo? Vamos, levántese del suelo y vaya a la ducha. Miré la pinta que tiene. Es que todo está hecho un desastre -y le tiró del brazo.

El hombre empezó a llorar como un niño y se abrazó a las rodillas, intentando que Salomé le dejara en paz. «Déjame, déjame… yo quiero mi sombrero y pintarme la cara» -gritó mientras su mirada se perdía en algún lugar lejos de aquella casa.

 

 
Salomé no entendía qué podía pasarle, pero tenía claro que, fuera lo que fuera, estaba sufriendo y, entonces, su corazón empezó a bombear apresurado, llenándose de compasión. Sin saber qué le impulsaba a ello, dobló las rodillas hacia adelante y cayó sentada a su lado. «No se preocupe, no pasa nada, buscaré ese sombrero y podrá pintarse la cara si quiere». Aquellas palabras tranquilizaron a Adolfo. «Es que yo quiero ser artista», le dijo a Salomé que le abrazó con ternura. «Claro hijo, claro».

La casa olía a jazmín y todo estaba en su sitio. El tambor de la lavadora giraba y no era miércoles. El teléfono sonó y Salomé se encargó de contestar.
– Don Adolfo ha cerrado su despacho. Lo siento mucho -se excusó ante Adelardo Morán, un conocido arquitecto que se había metido en un lío de contratos y buscaba la ayuda del abogado. Durante la última semana, Salomé había tenido que ir despidiéndose poco a poco de los clientes. No entendía que extraña fuerza le había empujado a quedarse a vivir en aquella casa para ayudar al hombre al que tanto odiaba. Tal vez, era esa sensación de desamparo y abandono que había envuelto a Adolfo sin que él se diera cuenta de ello, convirtiendolo en un ser indefenso, perdido en un laberinto de recuerdos y olvidos. Ahora entendía sus desórdenes y despistes, los botes de leche abiertos y el mando congelado.

En los días sucesivos, Adolfo disfrutó con su nueva ocupación de artista. Se le veía pletórico actuando delante del espejo del baño o frente a la nevera. Por fin, había cumplido su sueño. Salomé le aplaudía a cada momento, con cada gesto que él hacía, como si ella sola fuera todo su público y, con los aplausos, quisiera devolverle los años de sueños perdidos. Empezó a llamarle William, el nombre que él siempre quiso tener. Cuando se cruzaban en el pasillo, Adolfo levantaba la cabeza y Salomé la bajaba acompañada de una genuflexión. “Buenos días caballero”, le saludaba. Durante las siguientes cuatro semanas, fue el hombre más feliz del mundo.

Cada día más, Adolfo iba perdiendo un poquito de todo, pero había encontrado lo que más deseaba en el mundo: el sueño que nunca pudo hacer realidad: ser artista. Salomé le ayudó a ello y una noche de abril le regaló la oportunidad de recibir un Óscar por su trayectoria profesional sobre los escenarios. La ceremonia tuvo lugar en el salón.

Aquella noche fue especial. Rodó la mesa del comedor hacia un lado y preparó un pequeño escenario con luces de colores, flores y globos brillantes. Incluso, colocó una alfombra roja para su «llegada». Fue un momento lleno de emoción e ilusiones y los dos estuvieron bailando toda la noche hasta que Adolfo, ya cansado, se sentó en el sillón y se quedó dormido. Salomé supo entonces que ya no volvería a despertar.
Se agachó a su lado, le cogió la mano y la besó. Él se perdió para siempre en su laberinto.

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