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Entrevista a Jesús Melgar, periodista: «Sólo valoramos las cosas, cuando carecemos de ellas» (I). Por Gorka Zumeta

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Cuando llegué a Madrid, a comienzos de los 90, procedente de Radio San Sebastián, me encontré en Gran Vía 32, la sede central de la SER, con un colectivo de profesionales que imponían sobremanera. Allí estaban Julio César Iglesias, Carlos Herrera (con ‘Las Coplas de mi SER’), mi paisano Iñaki Gabilondo, José Antonio Naranjo, Concha García Campoy, Javier Rioyo, Lorenzo Díaz y en informativos Fernando González, Antonio Jiménez, Luis Rodríguez Olivares, Gerardo González o Javier Roch, entre otros muchos nombres. Mi sensación era haber llegado al parnaso de la radio de finales de los 80 y principios de los 90. Me consideraba un auténtico privilegiado. Muy malo había que ser para que, siquiera por ósmosis, no aprovechara mi cercanía con ellos. Sin embargo, el trato personal, el recibimiento a aquel joven donostiarra que llegaba de provincias con la boca abierta, fue excepcional. Uno de aquellos grandes nombres que tuve la suerte de conocer en mi camino iniciático fue Jesús Melgar, que estuvo al frente de ‘La Ventana indiscreta”. Su enorme y natural afabilidad rompía todas las barreras y facilitaba la relación que hoy, muchos años después, hemos recuperado felizmente.

Jesús Melgar lleva muchos años en primera fila (Foto Onda Cero Radio)

-Empezaste en una emisora pequeña, Jesús, en SER Algeciras. ¿Es una buena escuela para aprender el oficio?

-Sí, comencé de la mano del director “putativo” de mi carrera, el incombustible Sergio González Otal. Imagínate, con 14 años y toda la ilusión del mundo encima, para mí fue un juguete de los dioses.

-Tres adjetivos para definir la radio en tu opinión.

-Cercana, fluida, cómplice.

-Una de tus etapas más apasionantes fue junto a Jesús Quintero en ‘El Loco de la Colina’,  primero en RNE y luego en la SER. ¿Hoy se podría volver a hacer ese programa? O el tiempo ya pasó…

-Fue un programa hijo de su tiempo. En América, tuvieron su “Wolfman Jack” que emitía desde un punto desconocido para todos. Aquí, El Loco te hablaba junto al oído desde una colina y te transmitía su “tempo” y clima. Fue una radio hippie, muy de Jack Kerouac. Creo que ahora sería necesaria más ingenuidad para despertar aquella complicidad.

-Recuerdo la entrevista de Gabriel Celaya y Amparitxu Gastón, su mujer, en que terminaron achispados. ¿Qué más recuerdas del anecdotario de este histórico programa?

-Sobre todo la peregrinación de bohemios y últimos románticos que tenían como meta los estudios donde hacíamos el programa. Era el reflejo del espíritu ácrata que se percibía, con toda la ilusión,  en el nacimiento de una democracia  desconocida por las nuevas generaciones.

Una simpática fotografía que certifica la realidad del ambiente

que refleja la radio.Carlos Herrera al frente, de camino al Rocío, con Melgar, Naranjo y Caraballo

(Foto Onda Cero.es)

 

-¿Cómo se logra crear esa atmósfera con los invitados y la comunión con el oyente?

-Ralentizando el tiempo. La sintonía de Pink Floyd era un buen preludio para entrar en situación. Y a partir de ahí, con el perfecto dominio de los silencios de Quintero, mientras medio país se sentaba en el estadio futbolístico y vibraba con la radio regañona de José María García, el otro medio se acostaba en nuestro diván de psicoanalista y disfrutaba con la terapia de nuestras músicas con mucho compás y pocas baterías.

-Años más tarde, a comienzos de los 90 tú mismo asumiste la noche en la SER en ‘La Ventana Indiscreta’, donde yo te conocí. ¿Cómo fue esa aventura?

-Un gran honor sustituir al querido Julio César Iglesias. Una aventura que duró cuatro años que me hizo confirmar de nuevo que la radio de noche está formada por más espíritu que técnica. Una de mis mayores satisfacciones es que los oyentes llegaron a bautizar a muchos niños con mi nombre.

-¿Cómo terminó?

-Fue un fin de ciclo. Después de una temporada que me sustituyó Marta Robles, Gemma Nierga llegó con las llamadas telefónicas de la audiencia.

-Una de tus facetas menos conocidas es la de corresponsal de guerra… recuerdo una intervención tuya con Iñaki Gabilondo en que le contabas el primer bombardeo de Bagdad. A pesar de los ‘truenos’, saliste a la terraza a grabar el sonido. ¿Qué hay en el periodismo y en la vocación que te hace olvidar hasta el apego a la vida?

-En mi caso, además de un irrefrenable espíritu aventurero que me ha seguido durante toda mi vida,  mucho de locura e inconsciencia. Sobre todo, cuando entras a contar la primera guerra del Golfo “camuflado” como productor musical, porque era la única manera de que te dieran el visado para entrar.

-Irak, Jordania, Kuwait, luego Ruanda, con el conflicto entre Hutus y Tutsis, aquí te tocó, imagino, uno de los episodios más duros de tu vida, personal y profesional: ver morir a una niña en tus brazos.

-Es cierto: sólo valoramos las cosas cuando carecemos de ellas. Cuando estás ante un campo con 200.000 refugiados, improvisado con cañas y trozos de plásticos,  sin luz, agua, ni los más mínimos servicios higiénicos, con enfermedades contagiosas asolando al personal aún más que las razzias con machetes de los enemigos, te das cuenta de que aquí, en este planeta, algo nos falla. Especialmente cuando sabes que una simple píldora habría salvado de la muerte a una niña con la edad de tu hija que, ante tu impotencia, muere en tus brazos.

Continúa…

 

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