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Esto no es un puto chiste. Por Eduardo García Rojas

 

Debería usted reírse. Eso relaja y es tomarse las cosas en serio”

(Boris Vian)

 

Escucho con paciencia el monólogo que suelta un amigo a través del teléfono.

A ratos hago que lo escucho.

A otros dejo el teléfono a una distancia de unos diez centímetros de la oreja, lo que hace que escuche su perorata amortiguada aunque el tono de voz resulte tan alto que como olas que arrastra la marea hasta la orilla me lleguen palabrejas como:  Bankia, Gobierno de España, Canarias, Prima de riego, políticos, corralito y otras cosas de la que tanto se habla en estos días aciagos y que parecen que son piezas de un oscuro rompecabezas que solo tiene como objetivo confundirnos un poco más de lo que estamos.

No le digo al monologuista que busco escapatoria en mis paraísos artificiales, aunque aprecie últimamente que los dados de la desesperación son tan opacos que ya no vale la pena jugar en una partida en la que parece que todo se confabula para que no me concentre en ser yo mismo.

Es decir, que cada vez me cuesta más identificarme con mis lecturas escapistas, mi música y todas esas películas que hasta hoy han hecho que continúe abriendo el ojo cada mañana esperando, como la señorita Escarlata, que sea otro día…

Últimamente me miro en el espejo del cuarto de baño y hay demasiada resignación en el rostro que encuentro. Y tengo miedo de poner los pies en la calle porque el ambiente que respiro empieza a hacerse demasiado enfermizo y las malas noticias algo así como el pan nuestro de cada día.

Me encuentro en la Rambla de Pulido con un conocido que me suelta –casi como si quisiera él mismo darse cuenta de la realidad que le hace añicos la cabeza– que lo han puesto de patitas en la calle.

Más adelante, a la altura de la Plaza de los Patos, una amiga que viste de escandaloso rojo me escupe el mismo mensaje –“estoy en la puta calle”– solo que ella quiere, para volver a encontrarse, irse a la India.

Cuando nos dejamos, un tipo que podría ser yo me pide argo para comer y más allá, en un establecimiento que pertenece a una cadena de supermercados donde compramos los que aún podemos, un segurita me obliga a que deje la bolsa que tengo en una de las taquillas.

– Solo llevo libros.- Le informo al poli privado.

El segurita mira dentro de la bolsa antes de dejarme entrar aunque me quedo con su mirada rara.

– Pase, pase usté.- susurra mientras agita la mano preocupado. Casi como si temiera que los libros que llevo en la bolsa pudieran pudrir la botella de leche que he ido a comprar.

La cajera me pregunta si quiero una bolsa antes de teclear los productos de la compra y le digo que no mostrándole la que llevo encima. Me pide ver su interior.

Pone ojos raros mientras el segurita se acerca y vigila como instalo la leche, la margarina, el zumo de naranja y las galletas María entre Moll Flanders, Alabama Song y El escándalo.

– La vida es un escándalo.- me dan ganas de cantar.

Subo hasta mi casa con la bolsa de plástico y de pronto me pongo a reír. Una risa salvaje, diabólica, demasiado nerviosa para mi gusto.

Los que pasan a mi lado se quedan mirando a ese marciano descojonado. Tan descojonado que su risa desesperada quiero pensar que se parece a la del Joker.

Abro la puerta de casa y continuó riéndome.

Tanto, que me duele el estómago, lo que hace que suelte la bolsa y que la leche, la margarina, el zumo de naranja y las galletas María junto a los tres libros se desparramen por el suelo…

… Lo que me hace más gracia, así que la risa continúa y temo, entre carcajadas, que se me pare el corazón al sentir un dolor fortísimo en el pecho… Pero qué coño, continúo soltando la risa.

Una risa que no sé de donde sale pero que agita todo mi cuerpo que, alarmado, comienza a enviarme señales de alerta a un cerebro incapaz de parar la carcajada que sigo vomitando.

Al final me tranquilizo, aunque escupo algo de risa al llegar al cuarto de baño y lavarme la cara con agua fría.

Suena el móvil.

Es el amigo que suelta monólogos, así que dejo pasar la llamada.

Me siento frente al televisor mientras repaso la deuvedeteca.

Me topó con La última tentación de Cristo.

Pongo la película.

Y siento como la risa sale del estómago, cruza la garganta y rompe en mi boca…

No paro de reírme.

Casi me parto en dos con una película que de graciosa tiene poco.

Pienso, mientras el corazón vuelve a darme otro aviso en forma de puntadas, que igual lo que necesito es ver una comedia…

“Busca, busca rápido”.- me exige el cerebro bastante mosca mientras me doblo con tanto jajajajajajajaja

El regreso de la Pantera Rosa nunca falla…, pienso.

Cambio el dvd.

Suena la inolvidable banda sonora de Henry Mancini. Y descubro a Closeau.

Y dejo de reír.

Abruptamente.

Adiós al jajajajajajaja.

Porque me pongo a llorar.

Lagrimones gruesos.

Así que vuelvo a La última tentación de Cristo.

Y veo al Judas y al Cristo, y al Pedro, y a María Magdalena y me parto en dos porque la risa ya no es risa sino una portentosa cascada de carcajadas.

Suena el móvil y veo en la pantalla el número del amigo aficionado a los monólogos.

Dejo que suene el móvil.

Móvil que zumba y zumba.

Y yo ahí roto de tanta risa.

Tanta…

… Tanta risa.

Saludos, esto no es un puto chiste, desde este lado del ordenador.

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