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Así nos castiga la nostalgia… Por Eduardo García Rojas

Paseo por la XXIV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y me encuentro con amigos y conocidos que de otra manera sería imposible que los viera en una ciudad pradójicamente tan pequeña.

La Feria, que desde hace unos años ha recuperado la espléndida superficie del Parque García Sanabria para instalar sus casetas y carpas, continúa pareciéndome sin embargo la misma de siempre aunque estos días, y gracias al buen tiempo y el Parque García Sanabria, la presencia de público es animada e incluso más nutrida que la de los dos primeros días de otras ediciones.

Ignoro si el volumen de ventas ha resultado satisfactorio para los escritores, editores y libreros.

Pero la gente sube y baja. Baja y sube.

Hay un poco de todo: cazadores solitarios, parejitas con niños, abuelos, jóvenes y matrimonios donde cada uno va por su lado. Respiro el olor de las flores y escucho muy por encima de la megafonía el canto inquieto de los pájaros.

Me detengo en una caseta donde un escritor espera con resignada paciencia a que alguien se acerque y compre su libro para poder firmarlo. Mis ojos tropiezan con los del escritor y me dejo arrastrar por la marea de paseantes.

Un librero me comenta bastante cabreado que los de Lemus han instalado una caseta donde venden libros de saldo a precios que oscilan entre uno y tres euros. Encuentro ahí, en la caseta de Lemus que, según me comentan, ha roto el protocolo de la justa competencia entre libreros, Todo Marlowe (RBA), de Raymond Chandler. Y si bien tengo todo Marlowe en volúmenes separados me hago con él porque solo significan tres enfermizos euros…

En esta caseta tengo que darme de codazos con los vecinos de al lado para ganar mi espacio vital.

Por seis euros me llevo cuatro libros, entre otros el de Chandler.

Un poco más arriba, una ONG vende libros siempre y cuando se adquieran por el dinero que quieras dar por ellos. Descubro varios ejemplares de mi querida colección Reno en una caja de cartón y encuentro una entrega de la serie Carson Napier de Edgar Rice Burroughs mientras un hombre canoso a mi lado le pregunta a la voluntaria por obras de William Shakespeare.

Tiene suerte, de otra caja de cartón saca como ocho tomos encuadernados en tela y editados posiblemente mucho tiempo antes de que viera la luz quien ahora les escribe. La mujer se los entrega al hombre canoso, quien suelta un nervioso “ta bien” y se los lleva.

No sé cuándo da a cambio. Pero se los lleva. Llevárselos se los lleva.

Ahora estoy hablando con un conocido que tiene cara de cocodrilo. Y más tarde con un amigo que me invita a una cerveza en la terraza del Reloj de Flores donde llora en una de las mesas de al lado un bebé.

Me fijo en el trenecito del Parque y de como a paso de tortuga hace su recorrido. Está lleno de pasajeros. La mayoría niños.

– Este Parque tiene su encanto.- le suelto convencido al amigo. El amigo, tras limpiase un bigote de espuma debajo de la nariz me da la razón.

– ¿Qué te parece la Feria?- pregunta y yo respondo encogiéndome de hombros.

– Ta bien.

Dejo a mi amigo en la carpa principal mientras por megafonía habla una italiana. Me quedo con su elora por ahí, elora por allá.

Se está haciendo tarde así que aprovecho para dar un último paseo por las casetas.

Investigo y observo a precios prohibitivos –pese al descuento– cosas interesantes que descarto atendiendo al estado de salud en el que se encuentra mi bolsillo actualmente.

Doy media vuelta para iniciar la retirada pero me cuesta salir de esta pequeña y sin embargo amniótica Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

Con todos sus defectos es un oasis y me hace tontamente feliz

Así nos castiga la nostalgia.

Me detengo ante un expositor, leo títulos y ojeo varios ejemplares en rústica. De pronto me tropiezo con la mirada resignada del escritor que todavía espera pacientemente a que algún lector compre su libro y se lo firme.

Me encojo de hombros.

– Ta bien.- responde.

– Ta bien.- repito mientras dirigo los pasos a una de las salidas del Parque García Sanabria.

El García Sanabria que es hoy, y más que nunca, el pulmón verde de esta capital de provincias.

Saludos, estoy respirando, desde este lado del ordenador.

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