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Tributo al magisterio elocuente. Por Salvador García

La tarde antes de morir, todos los encuentros de fútbol de la penúltima jornada del campeonato se disputaron a la misma hora. Las ondas despedían el singular aroma que los negocios y los intereses habían borrado, propiciando que la organización fijara horarios desiguales que a las emisoras y editores causaron no pocos trastornos en la programación y distribución de turnos para las respectivas coberturas. Las sintonías sonaron como en los mejores tiempos, ávidas, penetrantes. Los técnicos, afinando. Los locutores, en sus puestos, en los estudios y en las cabinas. Los comentaristas y los reporteros, con sus notas y sus inalámbricos, con sus móviles, a pie de cancha, cerca de los fosos o en los túneles de la zona mixta, desde algún balcón lejano, una techumbre o una posición insólita forzadas por las limitaciones de acceso impuestas para engrosar las cuentas de resultados que no entienden de emociones de aficionados en plena crisis. Los micrófonos, al unísono, esperando el gol, grito de pueblo. El vértigo de las conexiones, la ráfaga anunciadora, el bip-bip-bip de la suerte suprema, las descripciones veloces, la noticia de un cambio, de un lance, la carrera por todos los estadios, las voces que la corren y la multiplican… Esa tarde, esa tarde volvió a ser la tarde de radio futbolística, la tarde de los transistores emitiendo a la vez la magia inigualable.

Por unas horas, por una vez en la temporada, todo parecía como siempre, como lo hemos vivido propios y ajenos, como lo hemos sentido los profesionales y los que en casa, en el coche, al aire libre, en el trabajo, en el mismo campo, o donde sea, seguíamos el curso de la vibrante jornada, con auriculares o sin ellos, con muy variados sistemas de reproducción para hacer honor, claro, a las nuevas tecnologías.

Vibraron las coordenadas de Tablero Deportivo, Carrusel, Tiempo de Juego, Radio Estadio… Las cadenas radiofónicas, a plenitud: esas rondas, esos goles en directo, esos repasos interrumpidos por alguna novedad, esos apremios… Eso sí que es, para quien quiera tópico, riguroso directo. La tensión de la cancha trasladada al dial en un sin igual espectáculo radiofónico.

Permitan que lo diga: César Fernández Trujillo debió ser muy feliz esa tarde. Con todos esos ingredientes, dispersos y desagregados durante casi un año, después de la sequía y los condicionantes del negocio y del derecho a la información. Él vivió en primera persona esas emociones, esa concentración para dar paso o relatar una jugada en el margen de tiempo disponible. Es más, seguro que seguía atentamente toda la emisión con ganas de comentarla. La radio, por si no lo saben, conquista para siempre.

Pero no hay felicidad completa y cuando el libro ya estaba editado y en circulación y cuando todo estaba programado para que le acompañáramos, junto al autor, su hijo, César Fernández-Trujillo Castro, el amigo, el compañero, el profesional -en todo, excelente- nos dijo adiós.

Pero él nos quería a todos alegres, de modo que evoquemos su personalidad como realmente era, que igual sigue rondando en el “platillo volante”. La personalidad que ha quedado ajustadamente plasmada en los siete capítulos y las ciento sesenta páginas de Amigos oyentes, el título del libro que, enmarcado en la colección Ruidos, de Ediciones Idea, hoy nos honra introducir.

De verdad que la desaparición de César padre no acentúa la sensibilidad de la interpretación de este volumen que viene a describir una trayectoria existencial y profesional merecedora de ser recordada. Empezando por el principio: al fondo de la portada hay una radio y delante de la radio, con uniforme de faena, micrófono en ristre, el de Radio Isla, su último destino, el gesto adusto, su gesto, está César. Sólo falta, caramba, una música, una sintonía, cualquiera de las que manejó en la multitud de programas que condujo y realizó, primero en Radio Juventud y luego en Radio Popular de Tenerife. Hasta servirían aquellas marchas americanas, ¿recuerdan?, que antecedían a las transmisiones deportivas de la época.

Pero no se preocupen, porque en las páginas de Amigos oyentes encontrarán la voz de César Fernández Trujillo. Su hijo, en un tributo desapasionado, encomiable hasta donde la mesura caracteriza su ejercicio periodístico, como si fuera la principal virtud heredada, se ha preocupado de alargarla, desgranando los matices de su singularidad en cada una de las épocas y de las facetas trabajadas. Claro: como que ha querido hacer bueno el refrán: de padres cantores, hijos jilgueros.

Por eso, pidámosle prestado a Pedro Pablo Sacristán un breve cuento titulado Mi papá está muy ocupado. Dice así:

El papá de Alberto era un hombre importantísimo y muy ocupado que trabajaba tantas horas, que a menudo debía trabajar los fines de semana. Un domingo Alberto se despertó antes de tiempo, y al escuchar que su papá abría la puerta de la calle para salir hacia la oficina, corrió a preguntarle:

– ¿Por qué tienes que ir hoy a trabajar, papi? Podríamos jugar juntos…

– No puedo. Tengo unos asuntos muy importantes que resolver.

– ¿Y por qué son tan importantes, papi?
– Pues porque si salen bien, serán un gran negocio para la empresa.

– ¿Y por qué serán un gran negocio?
– Pues porque la empresa ganará mucho dinero, y a mí es posible que me asciendan.

– ¿Y por qué quieres que te asciendan?
– Pues para tener un trabajo mejor y ganar más dinero.

– ¡Qué bien! Y cuando tengas un trabajo mejor, ¿podrás jugar más conmigo?

El papá de Alberto quedó pensativo, así que el niño siguió con sus preguntas.

– ¿Y por qué necesitas ganar más dinero?
– Pues para poder tener una casa mejor y más grande, y para que tú puedas tener más cosas.

– ¿Y para qué queremos tener una casa más grande? ¿Para guardar todas esas cosas nuevas?
– No hijo, porque con una casa más grande estaremos más a gusto y podremos hacer más cosas.

Alberto dudó un momento y sonrió.

– ¿Podremos hacer más cosas juntos? ¡Estupendo! Entonces vete rápido. Yo esperaré los años que haga falta hasta que tengamos una casa más grande.

Al oír eso, el papá de Alberto cerró la puerta sin salir. Alberto crecía muy rápido, y su papá sabía que no le esperaría tanto. Así que se quitó la chaqueta, dejó el ordenador y la agenda, y mientras se sentaba a jugar con un Alberto tan sorprendido como encantado, dijo:

– Creo que el ascenso y la casa nueva podrán esperar algunos años.

Es una breve y atinada reflexión para preguntarnos por qué estamos haciendo las cosas y cómo utilizamos nuestro tiempo. Trabajar en domingo (o el sábado, para los efectos: lo mismo), unos teóricos beneficios, una responsabilidad, unas esperanzas, unos proyectos, la duda consecuente, el impulso, la decisión sobrevenida y la fractura de los esquemas. Que esperen. ¡Cuántas similitudes, cuántas concomitancias!

Porque uno recuerda al César adolescente, de pantalón corto, acompañando a su padre, pendiente de él, de su trajín y de su relato vibrante en solitario o al alimón con quien les habla en el inhóspito foso del Heliodoro que no albergaba más que un cajetín donde reposaba el viejo teléfono de manivela desde el que se conectaba con la emisora para enviar la señal al aire. Cuando llovía o regaban en exceso, habríamos de remangarnos los pantalones. Porque se encharcaba, claro.

Una vez, terminado un encuentro frente al filial del Athletic Club, se sentó allí Javier Clemente y cuando lo hizo, exclamó:

-¡Pero cómo es que podéis relatar desde aquí!

Aquel adolescente seguía los pasos del radiofonista y se asustaba, naturalmente, cuando las iras del respetable más cercano volaban sobre el foso. Era la vocación que no esperaba, era experimentarla con quien mejor podía guiar los pasos.

De aquellos tiempos, el autor de este libro aprendió muy bien la máxima: con el oyente había que establecer una amistad. En todo momento. Por muy adversas que fueran las circunstancias. Era un primer saludo, un nexo con el que, básicamente, se labraban otras cualidades, el respeto y  la cercanía, por ejemplo, válidas para ganar confianza y credibilidad, para dirigirse a un público que está expectante, que aguarda la información, que sigue el curso de una confrontación deportiva, que quiere detalles y algún comentario para hacerse su propia composición y evaluar sobre la marcha.

De ahí que aquella despedida de Radio Popular, más que eso, fuera toda una declaración de principios. Es el documento -reproducido en páginas 116 y siguientes- que revela el compromiso ético del comunicador. Consigo mismo, con su audiencia. Es acaso la prueba del nueve del magisterio elocuente de César, de ahí el valor de su inserción en el libro que desgrana la trayectoria existencial y profesional de César Fernández Trujillo, tan rica, tan llena de actividades y de opciones que el autor desmenuza con testimonios de compañeros y amigos, con los del propio César narrando, en primera persona, sus vivencias, sus querencias y sus impresiones.

“La profesión va por dentro”, dice uno de los subtítulos que, en cierto modo, viene a significar un interesante alegato sobre el periodismo y la radio de nuestros días, en el que se alude a la formación y el desenvolvimiento de quienes se sienten atraídos por el medio.

La máxima, Amigos oyentes, era empleada a menudo por aquel locutor sobrio y austero. En las transmisiones y en los programas. Es algo más que un apelativo, es un apotegma, que sirve, vaya que sí, para titular este volumen y para ajustarse a la personalidad del profesional polifacético, desgranada sin alharacas en páginas atinadamente secuenciadas, desde los escarceos, desde las conversaciones amistosas al calor de un “platillo volante” convertido a veces en singular oráculo, desde la chispa teatral y la navegación publicitaria -porque en ese mundo, a qué sí, hay que navegar- hasta las andaduras radiofónicas, alguna escarpada y otra con la que acreditar el dicho: la veteranía es un grado.

Andaduras que se vieron suplementadas, a propósito, por aquella incursión televisiva, Pueblo a pueblo, que nos deja el testimonio audiovisual de un César maduro profesionalmente, recorriendo la geografía insular, la misma que ya conocía de cuantiosos escenarios e innumerables fiestas en las que fue introductor de música, belleza, pregones, arte y las más diversas atracciones. Vestido para la ocasión, daba igual en la convocatoria folklórica o carnavalera, allí impregnaba su estilo elegante, allí destilaba su dicción exacta y su expresión pausada.

Hubiera sido injusto y no se entendería muy bien que la vasta trayectoria de César se hubiera quedado sin esa aparición en la televisión, de ahí que el capítulo sexto de la obra propicie un mejor conocimiento de ambas facetas.

El siguiente, por cierto, nos presenta al profesional que no se detiene, que está bullendo ideas y emprende, no importa la edad, aquellas iniciativas que ponen a prueba su propia capacidad creativa. La Biblioteca Sonora, que tiene varias entregas y que contó con el apoyo de la Sociedad Insular para la Promoción del Minusválido, minuciosamente descrita por César hijo, es otra prueba indubitada de la máxima antedicha, del compromiso amistoso que adquiere así otra dimensión.

Y luego, otro proyecto, el Archivo Sonoro, que vamos a reivindicar esta noche, aquí y ahora, para que alguien tome el relevo de César padre y haga que cuaje, en este tiempo de tribulaciones mediáticas, una aspiración necesaria que ha de contribuir al enriquecimiento de la identidad canaria y de su acervo social e histórico, siquiera para hacer justicia a nuestro pretérito imperfecto.

Ya saben: César Fernández Trujillo nos quería a todos alegres. Los que lean Amigos oyentes saldrán estimulados pues, sin ser una obra lacrimógena ni tampoco lisonjera, descubrirán aristas de su personalidad y contrastarán su estatura profesional. Entenderán el por qué de ese título tan llano, de ese formulismo que, por mucho que se utilice, no riñe con el buen gusto y el respeto. Sabrán que la audiencia es cosa siempre seria y que, o se la trata así de bien desde el principio, con ánimo lealmente amistoso, o no se gana.

Con Amigos oyentes, el tributo de un hijo que está a la altura, se cumplirá el dicho de Bob Marley: “No olvides tu historia ni tu destino”. Sin pretensión extravagante, César, los que nos quedamos aquí, te seguiremos admirando.

Porque recordaremos a quien estaba delante de la radio, uniforme de faena y micrófono en ristre.

La radio de César, la radio de todos nosotros.

Amigos oyentes: lean y pasen las páginas. Les gustará.

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N.  del E.: estas líneas de Salvador García se pronunciaron en la presentación del libro Amigos oyentes, que relata las vivencias personales y profesionales del periodista y presentador César Fernández-Trujillo de Armas, que falleció repentinamente el pasado 6 de mayo. El texto del libro ha sido escrito por su hijo, el también periodista César Fernández-Trujillo Castro.

 El acto, que fue conducido por el escritor, periodista y ex delegado del Gobierno en Canarias Salvador García Llanos, encargado de hacer la presentación del volumen, con su disertación «Tributo al magisterio elocuente», aquí publiada, se convirtió en un auténtico homenaje a una de las voces más reconocidas de la radio isleña. La obra, publicada por Ediciones Idea, se compone de 156 páginas, donde el propio César rememora los principales episodios de su vida profesional.

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