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Gran Hermano. Por Eduardo García Rojas

No acostumbro a ver la televisión por una cuestión de higiene mental. Prefiero encender mi gastado dvd y perder (o ganar, según se mire) el tiempo con una película aunque hay ocasiones en las que, por motivos varios, me encuentro contemplando la pantalla por, empiezo a creer, puro y descarnado sadomasoquismo.

El último castigo visual se lo debo a Gran Hermano, un concurso que lleva ya tantas ediciones como la serie Viernes 13 solo que si en las películas hay un único psicópata destripando a quien se le ponga por delante, en este certamen de encefalograma plano todos, absolutamente todos, son algo así como el mismo Jason pero sin su instinto asesino aunque sí depredador.

Contemplando el programa, y para dar ideas al Big Brother, se me ocurre que podrían poner como prueba a los concursantes la de leer un libro. Un libro con más de quinientas páginas en apenas tres días como máximo. La obra, que dejo a la elección de los responsables, podría ser de caza mayor o caza menor, y al final y en eso que llaman confesionario, acribillar a preguntas al chico o la chica sobre la lectura.

La cosa podría dar juego. Me imagino a unos acostados leyendo en la cama. A otros sentados en la taza del váter con la mirada atenta en las páginas del libro o en la cocina mientras hacen tiempo para que se caliente el agua de los espaguetis.

No sé a ustedes, pero a mi me fascina ver a alguien leer un libro. Procuro, además, intentar descubrir de que libro se trata mientras el desconocido o la desconocida está metido en ese mundo al que no tengo acceso. Me suele pasar cuando viajo en el tranvía, antes de que irrumpan en el vagón la gestapo de chaquetas rojas exigiendo el billete para clavarle una multa al listo la lista que viaja de gratis.

Esta misma mañana, sin ir más lejos, mi mirada tropezó con tres personas que leían libros ajenos a la penosa realidad que había a su alrededor. Los que no leían, o bien observaban por la ventana o enviaban mensajes por el móvil. Apenas vi a nadie con un periódico y mucho menos con una de esas tabletas que amigos y enemigos me restriegan por las narices como si quisieran decirme –sin decírmelo con palabras– te estás quedando anticuado.

Ahí no queda la cosa para quien se está quedando tan anticuado.

En el Gran Hermano veo y escucho alucinado como una chica suelta emocionada que entrar en el concurso ha sido lo mejor de su vida. “Cumplir el sueño de mi vida”, dice.

Intento entonces averiguar cuál fue el sueño de mi vida cuando tenía la misma edad que esa mujercita y automáticamente pienso: la colección completa de Tintín.

Gran Hermano hace que recuerde también la primera vez que leí 1984 de George Orwell, que fue precisamente en 1984. Tras 1984, devoré Rebelión en la granja y más tarde uno de los libros más emotivos escritos por un extranjero sobre la Guerra Civil española:  Homenaje a Cataluña. Hay una fotografía de miembros del POUM en la que se puede ver a Orwell al fondo. A mi esa imagen todavía me emociona. También porque fue en tierras de España donde ideológicamente se quebró el espíritu de este excelente narrador británico.

A Gran Hermano me suena también la campaña que le ha entrado al Partido Popular en la Cámara regional en cuanto a la cultura se refiere. Leo que el diputado Felipe Afonso El Jaber critica al Gobierno regional por destinar casi 80.000 euros al documental Cubillo, historia de un crimen de Estado.

Para El Jaber el documental ofende a muchas personas y censura que mientras que el autor del intento de asesinato de Antonio Cubillo le pide perdón, el segundo no hace lo mismo con sus “cientos de víctimas.”

Concluyo que El Jaber no ha visto todavía el documental.

Concluyo que la consejera de Cultura, Inés Rojas, tampoco lo ha visto cuando responde que este trabajo recibió 7,75 puntos sobre 10 de la (des)comisión audiovisual. Puedo entender, sin embargo, que Rojas asegure que este notable alto no se dio por razones “ideológicas.” Y que más allá del personaje y su aventura independentista, rota desde dentro y mucho antes de que fuera objeto del frustrado atentado, a mi juicio continua pareciéndome un título necesario para entender el pasado y presente de este archipiélago que vive todavía con tanto miedo.

Miedo ¿a qué?

Pues al Gran Hermano.

Circula en la red un vídeo en el que se puede observar al viceconsejero de Presidencia, Jorge Rodríguez, reclamar en un estado de digamos sospechosa alegría: “una, grande y libre Canarias.” Lo suelta en un acto homenaje a Secundino Delgado, de quien ahora se cumple el centenario de su fallecimiento.

Y comparto mi miedo, que es la mejor manera de aligerarte el miedo, al comprender que el Gran Hermano nos vigila a casi todos porque casi todos servimos, efectivamente, al puñetero Gran Hermano.

Saludos, está ahí ¡detrás!, desde este lado del ordenador.

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