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Marcos Guimerá Peraza. Por Eduardo García Rojas

Entrevisté en dos ocasiones a Marcos Guimerá Peraza. La primera de ellas fue en su domicilio, a propósito de la publicación de un nuevo libro que su autor, generosamente, me dedicó y con el que pude mantener una larguísima conversación que por culpa del los límites de espacio que exige el periódico, tuve que cortar en su mayor parte. Pese a todo, el señor Guimerá Peraza tuvo la gentileza de llamarme al día siguiente para darme las gracias por el trabajo realizado y por reproducir con exactitud sus palabras.

Durante la entrevista que sostuve con él, hablamos de muchos asuntos aunque quise incidir en la que, a mi juicio, es su obra mayor, El pleito insular (1808-1936). De todo ello se da fe en la entrevista, aunque no de las sensaciones que me asaltaron cuando le proponía las preguntas y él las respondía con una humildad que todavía me desarma. En un momento, e ignoro las razones, terminamos hablando sobre la Guerra Civil, donde combatió como soldado nacional.

Me hizo un gesto amargo con la mano para que dejara de asaetearlo con cuestiones sobre aquel periodo de la historia porque, me confesó, no le gustaba recordarlo. “Mucho dolor, demasiadas muertes…” susurró con los ojos empañados en lágrimas.

Desvié las preguntas hacia esa Canarias que tan bien conoció a través de sus libros. Y se me fue el tiempo mientras el señor Guimerá Peraza me daba un emocionado recuerdo a mi padre, que había fallecido recientemente y a quien, me confesó, intentó iniciarlo en el mundo del piragüismo.

Más tarde, y con motivo de la concesión del Premio Canarias en la modalidad de Patrimonio Histórico en 2002, lo llamé por teléfono para recabar unas primeras declaraciones sobre el galardón y de paso darle mi enhorabuena. Se acordaba de mi. O más bien recordaba quien era yo: El hijo de Amós.

Con Marcos Guimerá Peraza muere una forma de entender la isla, las islas cuya memoria tiene que ser reivindicada con la justicia que se merece. No basta decir que fue un intelectual de los de antes, tampoco un hombre de bien. Con Guimerá Pereza desaparece una visión de Canarias con la que mantengo muchos puntos en contacto. Por un lado, tremendamente generosa, también preocupada por su pasado porque es la única manera de tomarse en serio su futuro.

El señor Guimerá Peraza estaba hecho de otra pasta. Como de otra pasta estaban hechos todos los que como él contribuyeron a que nos tomáramos un poco más en serio en unos tiempos donde nadie quería que nos tomáramos en serio. Representa, además, el espíritu de una ciudad como es Santa Cruz de Tenerife que hoy ha perdido el rumbo y su necesaria mirada hacia atrás. Incapaz de escuchar el sabio consejo de sus venerables ancianos.

He sentido la pérdida de Marcos Guimerá Peraza.

Y la siento porque con él muere uno de los últimos anclajes que me unían a la ciudad donde nací, crecí y en la actualidad resido.

Quiero pensar que mi padre, allí donde se encuentre, lo estará esperando con los brazos abiertos pese a que, ideológicamente, fueran tan contrarios.

Pero era gente de otra pasta.

Profundamente humanista. Apasionados lectores. Generosos con los suyos.

Muchos mejores, sin duda, que nosotros.

Saludos desde este lado del ordenador.

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