FIRMAS Juan Velarde

Cojera institucional con Titsa. Por Juan Velarde

¿Qué pasa con Titsa y los discapacitados, concretamente los que residen en Santa Cruz de Tenerife? Pues nada, que las competencias o incompetencias de las administraciones, pasándose la responsabilidad y la papa caliente de una a otra han dejado a ese colectivo al albur o al socaire de quedarse sin las ayudas prometidas al transporte.

En realidad, sí que estuvieron en peligro de desaparición (y de hecho aún lo están) ya que Titsa y el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife tuvieron que acordar deprisa y corriendo un “periodo transitorio” para el canje, que no se sabe hasta cuánto durará, de esos bonos para guaguas que antes sufragaba en parte el Cabildo de Tenerife, y que ahora deberá asumir el Consistorio capitalino y que, sorpréndanse ustedes, no tiene una partida presupuestaria para ello.

Manuel Francos, locuaz director de Comunicación de Titsa, llegó a reconocer en una entrevista a un periodista local que ni siquiera se había pensado en los discapacitados a la hora de este tipo de subvenciones y que, añado yo, entiendo que pensaría para sí el marrón curioso que le caía a la corporación de José Manuel Bermúdez, copresidida por Julio Pérez. Y es que la Casa de los Dragos arrastra unas deudas tremendas a las que apenas puede hacer frente y, de postre, le cae una nueva obligación para la que no hay o no había partida reservada, es decir, de chiste surrealista.

Se ha intentado tranquilizar de manera infructuosa a los discapacitados con una frase grandilocuente: «Estas ayudas serán transitorias», es decir que durarán en tanto en cuanto haya o exista dinero suficiente para cubrir este capítulo y en cuanto se evapore, desaparecerá. Por supuesto, ni que decir tiene que todo tipo de ayudas de carácter social duran lo que duran, menos que un caramelo a la puerta de un colegio o que un billete de 500 euros en plena vía pública. Vamos, que en cuanto nos queramos dar cuenta, esta gente va a tener que rascarse el bolsillo y, evidentemente, sufrir una merma presupuestaria de padre y muy señor mío, puesto que no estamos hablando de personas que, precisamente, naden en la abundancia.

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