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‘Born in the Canary Islands’. Por Eduardo García Rojas

 

 

 

Pierdo la mochila donde llevaba la muda de ropa en Los Rodeos pero me doy cuenta cuando estoy volando por los cielos y suelto una maldición que se me escapa de entre los dientes mientras la azafata reparte los periódicos locales.

El trayecto apenas dura una media hora y cuando el aparato toma tierra y por fin podemos quitarnos los fastidiosos cinturones de seguridad que no sé hasta que punto pueden contribuir a salvarte la vida si el avión se parte en dos en el aire o en tierra, espero pacientemente una guagua que me lleve a la capital grancanaria mientras el aplastante calor africano achicharra mis huesos y me hunde en una agradable tarumba tropical.

La guagua me deja en la capital y con las manos metidas en los pantalones llego hasta la pensión y tras dejarme claro el de la recepción que todo está correcto, subo a la habitación donde tomo una ducha y me tumbo en la cama observando la camisa y los pantalones colgados de la puerta del baño y los zapatos tirados a un lado y los calzoncillos en el otro.

Hago tiempo pero me dejo dormir y cuando abro los ojos son como las cinco de la tarde y salgo a comer antes de que comience el concierto.

El bocata de pata no está nada mal y la cerveza se desliza fresca y amarga por mi agradecida garganta.

Pregunto a una pareja dónde está el sitio en el que va a tocar el del Born in USA y la pareja me lo indica, aunque cuando me dejan solo no sé si se han explicado bien porque callejeo sin rumbo fijo, entrando y saliendo de las mismas calles. Al final, como pasa siempre, llego al lugar del concierto donde una larga fila de gente espera obedientemente a que abran las puertas y noto –como una corriente eléctrica– el nerviosismo que sacude a la masa hasta que por fin nos movemos y avanzamos como tortugas.

Estoy de pie y descubro que tengo un par de llamadas perdidas en el móvil pero se tratan de números sin identificar así que los borro y justo en el momento en que se borran de la pantalla del teléfono suena el rasgueo de una guitarra y la gente ruge y ruge Boss y yo en ese mismo momento abro los ojos y descubro que continuo en Santa Cruz de Tenerife y que todo lo anterior ha sido un maldito sueño y me insulto a mi mismo, diciéndome cosas como que te den…

Aunque me lo tomo a broma pero eso no quita que me haya perdido el concierto de Bruce Springsteen. Uno de los pocos que puede quitarme de la cabeza la depresión que infla mi cabeza  y que me dé terror lo que le pasa a los griegos y que efectivamente hoy mismo, mientras subía la cuesta, me diera cuenta que estoy en crisis, que estamos en crisis.

Lo comento con un amigo al que es probable que le pulvericen una piedra del riñón un día de estos y yo le respondo, o más bien me respondo porque la respuesta no va dirigida a él sino a mi mismo que si hay algo extraño en toda esto, en asistir al final de un sueño, en ser protagonistas del maremoto que se nos viene encima es que por una vez me siento protagonista de un momento que es histórico. Que hace Historia.

La Historia, cuya ola cuando haya pasado solo dejará ruinas a nuestro alrededor, y que suele olvidarse de individuos como quien ahora les escribe porque es un secundario sin apenas línea de diálogo.

Eso no quita, sin embargo, que tenga la sensación de estar observando el final de un ciclo y que me pregunte, mientras observo las ventanas de los edificios que me rodean, si tendré algún día el valor de tirarme de alguna de ellas.

Mejor seguir con los sueños. Pero es que últimamente hasta los sueños que tengo me están resultando delirantemente realistas.

Probablemente sea signo de los tiempos.

O la de ser un protagonista –anónimo– de la Historia.

Saludos, esto se parece cada vez más a una ruleta rusa, desde este lado del ordenador.

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