FIRMAS Salvador García

Un sinsentido. Por Salvador García

No había llovido y para una vez que lo hizo con cierta intensidad, el sábado pasado, los trastornos en algunos sectores de la ciudad, han sido notables. Se cumple el dicho una vez más: nunca llueve a gusto de todos. Y lo que todos, de alguna manera, agradecerían, se convirtió en clara insatisfacción, cuando hay viviendas dañadas, garajes inundados y hasta interrupción del suministro del servicio de agua potable.

 Si las causas de lo ocurrido son, por ejemplo, un error en la planificación de la red de alcantarillado y las previsibles deficiencias en el mantenimiento, es difícil aguantar sin más, resignarse, a limpiar y esperar a que se seque. Ni siquiera otro dicho, no hay mal que por bien no venga, es motivo para tranquilizarse, a la espera de que no se repita: se supone que una inversión millonaria en infraestructuras de saneamiento debería traducirse en un  correcto funcionamiento y se da por hecho que se abona una tasa para la prestación de un servicio, precisamente en circunstancias como las que concurrieron.
Pues no, ni lo uno ni lo otro. Lo peor es lo segundo: se está cobrando por algo que no funciona. “Mi no comprender”, por emplear una expresión benevolente. Pero alguien debería pedir responsabilidades, además de las explicaciones que desde la Administración habría que dar para informar, tranquilizar y prevenir, especialmente a los afectados.
Es natural el malestar vecinal. En la parte alta de la ciudad, por ejemplo. Ya puestos, preguntamos y cuentan que una de las instalaciones, consistente en machacar los detritus solidificados de forma cíclica con el fin de que se disuelvan. Dicen que acceder a tal maquinaria es complicado y que, según parece, nunca ha funcionado. Cualquiera sabe si, en consecuencia, está en condiciones de hacerlo.
Como otras veces, medidas provisionales que igual se convierten en definitivas, como es frecuente que suceda en el Puerto de la Cruz. Una de ellas, siempre según versión vecinal al borde del desespero y de la indignación, consiste en la colocación de un globo que tapona la conducción de aguas pluviales, causante del desaguisado. A la espera de unas obras que, aparentemente, solucionarían la disfunción de forma definitiva. Aunque esta apreciación habrá que colocarla entre comillas pues si las conexiones a la red general, por las razones que sean, son dificultosas -menos para abonarlas- los riesgos de inundaciones o desbordamientos siguen latentes.
Con razón alguien habló de un sinsentido. Y que en alguna red social se multiplicaran las protestas teñidas de cierta impotencia. Pero, como otras veces, el “dejar pasar” será consecuencia de la pasividad. Y difícilmente se promoverá una mínima vertebración para poner fin a cierto estado de cosas. No para pedir imposibles ni exigir más allá de lo que se abona.
Hasta que vuelva a llover. Y se repitan los daños, los apuros, los quebrantos. Y la historia.
Condenados a repetirla, como reiteraba alguien desde su atalaya edilicia.

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