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Miedo y desconcierto: ‘La lista’, de Juan Bosco. Por Eduardo García Rojas

Levántate.

Lo arrastraron al sótano de la mansión. Lo sentaron en una silla con las manos atadas a la espalda y lo torturaron hasta que dijo cuanto sabía.”

(La lista, Juan Bosco)

Leo La lista (Principial de los libros) primera novela del también cantautor Juan Bosco y las conclusiones que saco son contradictorias. Como duendes caprichosos que me dictan a un lado y al otro de los hombros esto es lo que hay y esto es lo que no hubo.

Me cuesta así mucho esfuerzo describir las sensaciones que como lector he sacado de este título cuyo mayor lastre quizá sea sus ambiciones. Su necesidad por dejar constancia escrita de un periodo ignominioso de nuestra Historia pero también por reivindicar a un puñado de héroes que sin épica pero sí mucho valor fueron capaces de sacar fuerzas de sus entrañas y enfrentarse al miedo.

La lista es una novela histórica y un retrato, en ocasiones algo notarial, de lo que significó la Guerra Civil y la postguerra en La Orotava, Tenerife.

Estructurada en 42 capítulos que se desparraman por algo más de cuatrocientas páginas, la primera experiencia literaria de Bosco –con todos sus peros– es un entrañable y emotivo homenaje a esos hombres y mujeres que pese a las adversidades y al fantasma de la represión se convirtieron en ciudadanos ejemplares en unos tiempos donde ser ejemplar era sinónimo de muerte.

Quizá sea éste, a mi juicio, lo mejor de este relato excesivo en páginas así como la capacidad del escritor para describir el sórdido ambiente de una villa, como fue La Orotava, dividida entre los de siempre y los que quisieron hacer Historia.

Pueblo chico, infierno grande.

Pueblo marcado por familias de rancio y casposo abolengo cuyo linaje les ha enseñado a ver como insectos a los que tienen debajo y que se aferran, por miedo también, a que permanezca inalterable el mismo estado de las cosas.

Aterrados a todo lo que huela a cambio.

Viento de transformación ante los que reaccionan fomentando lo que solo conocen: la salvaje represión.

El miedo.

La lista es así una novela sobre el miedo. El miedo de unos y el miedo de otros que Juan Bosco no termina de cerrar de manera adecuada abrumado, quiero pensar, por el periodo histórico en el que desarrolla su historia.

La novela peca, en este sentido además, de un número excesivo de páginas que demandaba afeitado, rasurado para afinar un relato que, finalmente, sabe a desigual. Que da la sensación que perdió la brújula en momentos perfectamente prescindibles y que en algunos casos provoca –fue mi caso– cierto sonrojo vergonzoso en algunas de sus partes.

Con todo, La lista es una novela valiente. Y que se lee muy bien pese a esos capítulos que no aportan nada al buen curso del relato.

Lo mejor, reitero, es la capacidad que tiene el autor para describir la vida en un pueblo que se ha enquistado en un sistema de castas donde es imposible crecer si no se forma parte de tan honorable sociedad.

También se agradece por parte de su autor –aunque mucho me temo que fallido– el intento de que sus protagonistas no caigan en el burdo maniqueísmo.

La lista drena así su solidez al presentar a aristócratas y falangistas como demonios perversos cuya infancia se vio castigada por otros demonios igual de perversos y a los héroes como una serie de hombres y mujeres honestos y con buenas costumbres.

Bosco, sin embargo, recula y quizás consciente de que su relato se escora demasiado del lado de los buenos presenta a un camisa azul con conciencia.

Pero es un personaje al que apenas explora y que parece que está ahí para facilitarle la operación que van a desarrollar los buenos en la segunda mitad de la obra.

Este personaje, para mi clave por su dimensión de héroe pero sobre todo de traidor a los que presuntamente son los suyos, se pierde en las emotivas páginas finales de un libro que no procura segundas ni terceras lecturas en el imaginario del lector porque da la sensación que a su autor tiene bien claro quienes fueron los buenos de La lista.

Y si bien los buenos de su historia son buenos de verdad, los malos –el yang–  parecen demasiado malvados y por lo tanto muy típicos y tópicos.

Juan Bosco, afortunadamente, corrige el desacierto en las conmovedoras y realistas últimas páginas de su novela en las que describe como hacen “desaparecer” a un grupo de buenos en un lugar indeterminado de Las Cañadas del Teide.

Como lector siento la tensión del momento.

La pólvora que flota en el aire y la crisis histérica que sufre un soldado incapaz de continuar con lo que está haciendo.

Ser un verdugo.

El protagonista de La lista es un fraile –que no sacerdote– salesiano que es destinado al colegio San Isidro del valle de La Orotava.

Lucas, que así se llama, es un hombre cultivado pero inocente que pronto se dará cuenta de donde ha ido a parar. Acaricia con las manos el miedo.

El miedo de su congregación, el miedo de la gente del pueblo, el miedo ante esas tristemente célebres Brigadas del Amanecer que a altas horas de la noche visitaban a hombres y mujeres hostiles al nuevo régimen y de los que más tarde no se volvería a hablar.

Ni a ver.

Desaparecidos.

Una lista con ochenta nominados a “desaparecer” llega a sus manos. Lo que le hará cuestionar a Lucas muchas cosas, también a descubrir el amor y de lo que es capaz de hacer cuando el sacrificio llama a su puerta.

No, no se trata de una novela religiosa –aunque tiene su pálpito–  pero sí, quiero entender, de un contenido y ocasionalmente furioso ajuste de cuentas con una villa, La Orotava, que pudo haber cambiado el signo de la historia de este país “si en junio del treinta y seis aquel tipo hubiera disparado el arma contra el general Franco. Pero no lo hizo, y por eso la noche era ahora una consecuencia de aquel desconcierto.”

Y eso es lo que concluyo tras leer La lista.

Puro, descarnado desconcierto.

 Saludos, una víctima más, desde este lado del ordenador.

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