FIRMAS Salvador García

Más humildad. Por Salvador García

Haría bien el Gobierno popular en hacer un ejercicio de humildad. Siquiera con gestos. Pero mucho más, con palabras. Con palabras que configuren un discurso normal, consecuente. Pese a la mayoría absoluta.

Porque, si a la medidas que tanto malestar y tanto rechazo despiertan, se unen manifestaciones o declaraciones que denotan prepotencia y soberbia, fruto precisamente de la ‘intocabilidad’ que dan las urnas, la antipatía y el ánimo crítico van a ser mayores. Ya lo verán.
En los ochenta, durante los gobiernos de Felipe González, algunos medios acuñaron esos conceptos y calaron, vaya que sí, pues bastaron algunas actitudes o gestos de representantes socialistas para que no sólo se magnificaran sino que propendieron a la generalización, cuajando así un estereotipo del que no se libraron en años. Otros políticos cometían actos y conductas similares, abusaban de su mayoría, pero sectores ciudadanos y aquellos mismos medios eran más condescendientes. Y hasta se refugiaban en su condición mayoritaria para justificar.
El ejecutivo de Rajoy, que tan mal empezó en los días finales del pasado año, ha enfilado la senda del aquí estamos y tiramos porque nos sigue tocando. Malo. Por sus acciones les conoceréis: rechazo a las ofertas de diálogo, dejar sin respuesta a peticiones de centrales sindicales, decidir todo lo contrario a lo que predicaban… Y ahora, todo eso adornado con declaraciones públicas indicativas de cierta prepotencia, de cierto aire aznarista, en realidad, del que siempre tuvo la derecha cuando ha gobernado, hasta hacer del gobierno una cuestión de mando.
No gusta que el presidente se ufane de los viernes, fecha de los consejos de ministros a los que la población teme y teme. Y el próximo más, como ha dicho, aunque sea al calor de los fieles y del rojigualdo. Como no gusta que Esperanza Aguirre, la presidente de la Comunidad de Madrid, se mofe de los sindicatos y para poner la guinda haga ‘autocrítica’ chistosa diciendo que le parecen insuficientes y lentas las reformas emprendidas por el gobierno de su partido que no le dijo a la ciudadanía, precisamente, que iba a acometerlas. Otros ministros, Montoro, De Guindos o Mato, y hasta la vicepresidenta Sáenz de Santamaría -no digamos Cospedal- han sacado a pasear sus denuestos que, vale, sí, forman parte de la pugna política, pero que, cuando se forma parte del gobierno deben atemperarse a favor de una dialéctica más institucional. Si es que se quiere ganar credibilidad, vamos.
Pero no parece ese el camino escogido, El ejecutivo se pierde entre improvisaciones, descoordinación y rectificaciones. Merma crecientemente la seriedad que algunos atribuían, aún sin conocer nada de su capacidad de gestión. Si, además de políticas restrictivas, de ese derribo de los pilares que situaban a la clase media española en niveles estimables de bienestar y a los más desfavorecidos en situación de atención, siquiera elemental o mínima, se añaden manifestaciones que bordean la altanería y hasta la chulería, que denotan la soberbia y la arrogancia, no está labrando buenos surcos.
¡Cómo sería si tuviera que transmitir buenas noticias! ¿Hasta dónde llegarían esas ‘cualidades’?
Más humildad, sí.

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