FIRMAS

Culpables por error. Por José Oriol

Somos en cada momento aquello para lo que estamos determinados. Las circunstancias ambientales, tanto como  nuestro medio interno, construyen las condiciones marco desde las que tomamos las decisiones. Con ellas y desde ellas hacemos lo que podemos para sentir algo de libertad.

Muchas personas tienden a pensar que el ambiente condiciona severamente el modo en que se desarrolla su vida, pero pocas advierten la influencia de lo que ocurre en su interior. Es más, pocas saben que sus decisiones y actuaciones son, en muchas casos, la consecuencia directa e invisible de lo que ocurre en su cuerpo.

Esas transformaciones químicas, hormonales u orgánicas, que se corresponden a lo que llamamos sensaciones y estados de ánimo, ocurren de tal modo que pasan desapercibidos a la persona en las padece. De ahí, que determinadas reacciones a una situación puedan resultarles sorprendentes.

Sin embargo, seguimos encontrado motivos para sentirnos insatisfechos con nosotros mismos, cada vez que reaccionamos de modo imprevisto y especialmente si es de modo poco correcto o inadecuado. En esos casos tendemos a asumir toda la responsabilidad de lo que ha pasado y llegamos a sentirnos culpables de no haber actuado bien.

Imaginemos un conferenciante que debe dar una charla ante un público muy exigente. Seguramente se esforzará en prepararla bien, pero a poco que se descuide durante su almuerzo y coma un poco más de lo necesario por efectos de los nervios ante el acto, puede sufrir una digestión pesada. Una sensación de incomodidad le acompañará el resto de la tarde ejerciendo una influencia sutil, silenciosa y persistente sobre su forma de hablar, que puede dar al traste con su intención de pronunciar una conferencia ágil y amena. Y lo que es peor, puede no ser consciente y asumir la culpabilidad, o atribuir a la presencia del gerente de la empresa la dificultad que ha experimentado para expresarse frente al público.

De ahí la tesis que vengo a defender; las personas carecemos del control total de nuestra  actuación en la mayoría de las situaciones. Tan solo nos esforzamos por darle una dirección para conseguir unos objetivos, negociando con el enorme conjunto de fuerzas presentes. Unas procedentes del contexto y la corriente principal de los acontecimientos y otras de las circunstancias orgánicas y químicas del  propio cuerpo. Por tanto, las personas muy pocas veces somos enteramente responsables del modo en que actuamos.

Y sin embargo y a pesar de lo evidente que resulta esto, las personas que nos observan tienden a hacernos responsables exclusivos del resultado producido, tanto para el éxito como para el fracaso. Esto es lo que predice el Error Fundamental de Atribución, descrito por un psicólogo social llamado Lee Ross allá en los años 70, quien comprobó de modo experimental que cuando un grupo de  personas actúan como observadores de un sujeto metido en una situación, tienden a interpretar el resultado final como una consecuencia directa de las características del sujeto antes que de las características de la situación.

Se nos olvida con mucha facilidad que la conducta de las personas es el resultado imprevisible de un conjunto de fuerzas presentes en un momentos dado, algunas evidentes y otras ocultas. Y no el producto directo de la voluntad del individuo como a todos nos gustaría.

 

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