FIRMAS Marisol Ayala

El autismo de Tomy cumple 40 años. Por Marisol Ayala

Tomy ya es grande. Hace nada ha cumplido 40 años. Es tan grande en lo físico como su madre en lo moral, en lo honesto, en lo tenaz. Flory Díaz es una mujer admirable que ha luchado lo indecible por sacarlo adelante y de quien nunca escucho un reproche, un cansancio, una mala cara, un mal gesto. Solo de vez en cuando le escucho un “y ahora, a descansar un poco…” y se tiende. Apenas puede en lo físico con el Tomy corpulento y cariñoso que con un abrazo la tambalea. Para que a Tomy le diagnosticaran su autismo Flory tuvo que viajar en 1974 a Francia; en España, ojo al dato, los médicos sólo reconocían que el niño tenía un comportamiento “extraño” por eso su madre recelosa de los centros especiales de la ápoca le edificó en casa un mundo tan feliz como disciplinado.

El chico tiene desde entonces una vida llena de actividades propias de su padecer que Flory lleva a rajatabla. Tomy es un hombre feliz, fue un niño feliz y tiene vocación de ser feliz en su mundo porque en casa le han blindado de una sociedad que en los primeros años de su vida le hubiera condenado sin piedad a vivir en maltrechos centros sin medios ni conocimientos, es decir, tratado como en la ápoca se trataba a éste y otros enfermos incómodos, molestos.

La historia de Tomy es apasionante porque es una lucha que él en su mundo ni conoce ni le importa pero la heroína es mamá Flory a la que nadie ha podido vencer; se bien de su actividad en un pequeño mundo que se ha construido para mantener su cabeza entretenida cuando Tomy descansa. Cuando en 1972 el vino al mundo ella era una mujer joven llena de vida y proyectos y hoy es una mujer jubilada con el agotamiento propio de la edad y las secuelas del esfuerzo físico y psíquico de tantos años. Tomy había tocado inesperadamente en la puerta de su vida cuando Flory estudiaba Filología Inglesa y el portal de su vida se abrió de par en par.

Un matrimonio fugaz le dejó un único recuerdo grato, su bebé. La llegada de Tomy iba a dar un vuelco espectacular a su existencia. Aconsejo al lector que no pierda de vista que esta historia arranca en los años setenta, tiempo en los que España vivía en un atraso brutal. La joven estudiante llevaba al niño al instituto y entre clase y clase lo atendía. No se despegaban uno del otro pero pronto Flory comenzó a observar en Tomy actitudes extrañas, raras…Cuando lo dejaba en la cuna hacía gestos raros, como mirarse las manos durante largo rato o hacerlas girar una y mil veces. Tampoco sabía qué le hacía llorar ni qué le hacía reír. Flory cuenta que en su desconcierto por saber qué le ocurría llegó a pensar que su hijo era sordo, ciego o mudo porque le hacía ruidos y no se inmutaba; le llamaba y no contestaba y si le mostraba un juego de colorines, ni los miraba. Flory entró en una carrera de descartes intentando averiguar qué le pasaba pero no obtenía resultados. Encima los médicos le decían que era un niño saludable pero no era cierto; ella sabía bien que su niño tenía comportamientos que los galenos no percibían. En una ocasión un psiquiatra le hizo algún estudio y concluyó con un impreciso “éste niño puede tener· “algo…”, pero no pronunció un diagnóstico.

Con esa angustia alguien le recomendó un psiquiatra en Bilbao y allá se fue Flory con el niño en brazos. Tras estudiar someramente a Tomy se sentó frente a la madre y sentenció: “Tú lo que tienes es un loco: Eres una mujer joven. Ingrésalo en un centro y vive la vida”. Ella se enfadó tanto que no le pagó la consulta, dio un portazo y desapareció. Precisamente en Bilbao alguien le habló a su vez de Ajulia Guerra, un psiquiatra vasco, exiliado en San Juan de Luz que gozaba de gran prestigio.

“Cuénteme qué observa en el niño…”, la interrogó. A los pocos minutos le dijo que saliera a dar un paseo y le dejara solo con el bebé. La mujer no sabía que estaba a punto de escuchar por primera vez una palabra con la que viviría toda su vida. “Bien… su hijo es autista y eso no se cura”, le dijo. “Debe recibir educación especial; tengo un centro en Bruselas, si quiere lo deja allí te vuelves a Las Palmas y vienes a verlo cada poco tiempo”. Pero Flory no fue capaz de separarse de su hijo que por entonces tenía tres años. “No pude…”, contaba emocionada hace poco.

Alguien le dio un consejo propio de la época teniendo en cuenta la ausencia de información sobre cualquier enfermedad neurológica entre las que está encuadrado el autismo: “Mételo en un colegio con chicos normales y no le digas a nadie que es autista; si lo matriculas en otro será perjudicial para él”. Dicho y hecho pero claro el comportamiento de Tomy puso de manifiesto que precisaba otro tipo de atenciones. De esa época tiene recuerdos dolorosos y alegres; los primeros guardan relación con la indiferencia con la que su hijo la recibía hasta que un día, ¡uf!, se llevó la alegría de su vida: “Le dije los cariños que todas las madres le decimos a los hijos en la puerta del colegio pero esa vez salió corriendo y me abrazó. Fue muy emocionante”.

Por entonces la situación laboral de Flory era complicada y de no haber sido por su padre que le ayudó a cuidar al chico se le hubiera complicado más aún, pero acabó buscando un centro especial para ingresarlo y que recibiera el aprendizaje adecuado. Le hablaron de uno que llevaban unos sacerdotes en La Palma y allí ingresó a Tomy mientras ella trabajaba en Gran Canaria y viajaba cada quince días para verlo. En una visita Flory observó en el chico ya adolescente huellas de maltrato. Cómo sería que el niño casi pierde parte de la cara al golpearse incontroladamente con el grifo del agua. Terrible.

Hasta aquí hemos llegado porque, a partir de ese momento, la vida de Tomy cambió y Flory tomó una sabia y dura decisión. Decidió pues que lo que estaba pagando en centros de dudoso funcionamiento lo invertiría en ayuda educativa en casa para que lo atendieran y, a su vez, tener la seguridad de que el buen trato y el mimo estaba garantizado. Así, desde hace ya casi 20 año.

Me parece de justicia recordar a mujeres anónimas y valientes que aunque no mencionamos nunca existen, están ahí. Flory es solo una de ellas.

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