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A Josep Maria Berenguer, fundador de ‘El Víbora’. Por Eduardo García Rojas

Ha pasado el tiempo pero todavía recuerdo cuando llegó a mis manos el primer número de la revista El Víbora y su apuesta por el comix para supervivientes. Aún debo de conservar el ejemplar en algún lugar de mi desordenada biblioteca, pero no ha habido manera de encontrarlo para reproducir el editorial el que su editor, Josep Maria Berenguer, anunciaba los ¿principios? de una revista cuya portada estaba dibujada –creo recordar– por Nazario y que a partir de ese momento trastocó mi manera de ver y entender los comics.

Fui leal a El Víbora, que en un principio iba a salir al mercado con el explosivo nombre de Goma 2, durante su primera etapa, aquella que recorre los turbulentos años ochenta con una visión descarnada pero también festiva de la vida. Quiero pensar que fue su ciclo más undeground, también el más políticamente incorrecto de su carrera hasta desaparecer en 2005 convertida en otra cosa. En una revista en la que apenas se podía rastrear el contenido canalla y subversivo de sus números iniciales aunque, pese a todo, aún contara con destellos que obligaba a su manada de lectores a seguirla si bien no con la periodicidad de antaño, a leerla casi a escondidas la encontraba olvidada en algún lado.

El Víbora original, el que nace en 1979 y continúa con un cohete su trayectoria durante los ochenta, contribuyó a que mirara el mundo de otra manera, y que descubriera que el tebeo, el colorín, la historieta podía narrar historias subterráneas de este territorio del que formo parte y que se llama Expaña.

Gracias a sus páginas, y a la dirección de Berenguer, descubrí a Max y su endiablado Peter Punk o a su contestarlo Gustavo. También el perturbador erotismo de Anarcoma, escrito y dibujado por Nazario, o las historias negras, con cierto aliento poético a lo David Goodis, creadas por Alfredo Pons, fallecido el 23 de abril de 2002, lo que me hace pensar que quizá el maestro de la línea chunga espere a Berenguer en algún lugar de ese territorio donde ya no existe ni el bien ni el mal para irse juntos de fiesta… Sin olvidar, claro está las geniales cafradas de Miguel Gallardo y Juan Mediavilla; del desarmante Martí, cuyos dibujos estaban tan notablemente influenciados por Chester Gould, el creador de Dick Tracy, y responsable de una de las series que, para quien les escribe, se convirtió en uno de los iconos de la revista, Taxista, entre otros grandes sin olvidar, claro está, las creaciones de los estadounidenses Robert Crumb y Gilbert Shelton, responsable de esos locos adoradores de la marihuana que son The Freaks Brothers y del descacharrante ¿súper héroe? Superserdo, entre otros muchos.

Berenguer, personaje que sin su trabajo la historia del underground en este país no hubiese sido la misma, logró impregnar a la revista de su personalidad antes de que dejara descanar el proyecto en otras manos quizá porque supo darse cuenta al finalizar los años ochenta que las cosas estaban cambiando y no precisamente para mejor.

A él, y al fantástico grupo de guionistas y dibujantes con los que supo rodearse, le debemos el primer especial de la revista –más tarde una colección paralela de monografías salvajes–  en la que se tomaba con mucho humor y por lo tanto muy en serio el asalto del coronel Antonio Tejero al Congreso de los Diputados en febrero de 1981, así como que a través de El Víbora se hablara siempre con tono políticamente incorrecto de sustancias psicoactivas, el ejército, la religión y la policía. También, que se tratara por primera vez el travestismo y la homosexualidad sin falsos victimismos, y sí como una defendible opción sexual más.

Con la muerte de Berenguer desaparece un agitador que quizá fue inconsciente de la labor que estaba desarrollando entre sus lectores, pero estoy seguro que colaboró bastante para que muchos de ellos hoy vean las cosas de otro color y desde otra perspectiva. También, que se hagan preguntas. Una de las cuales me asalta mientras estoy repasando los tebeos de la primera etapa de la revista.

¿Hubiese tolerado la sociedad en la que nos hemos convertido la feliz anarquía que inicialmente se desplegó a través de las páginas de El Víbora?

Probablemente no.

Y es que ya ni se respeta a los clásicos.

Saludo, fundido a negro, desde este lado del ordenador.

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