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César, un grande. Por Salvador García

Ahora que siguen corriendo malos tiempos para el medio radiofónico, será bueno glosar la figura de César Fernández-Trujillo, un ‘todoterreno’ de voz inconfundible que aportó lustre a la radiodifusión insular en los distintos destinos en los que hubo de trabajar, siempre con modestia y siempre con clase, la clase de los elegidos, de los mejores, de aquellos que hacen de su propia trayectoria todo un magisterio.

César ha sido la mesura ante el micrófono. Incluso en los momentos más vibrantes de una transmisión deportiva, ya fuera de fútbol, baloncesto, automovilismo o boxeo. El oficio de locutor de radio ha tenido en él un auténtico paradigma. Ya fuera leyendo las noticias de un informativo, o las esquelas y las farmacias de guardia, ya fuera entrevistando a algún invitado o estableciendo la conexión telefónica con alguien en la distancia, ya fuera enfatizando un mensaje publicitario, siempre supo imprimir la cadencia adecuada. Cuando ya en su madurez hizo de presentador de actos de todo tipo, de festivales, de galas, de espectáculos interminables por escenarios y pueblos de las islas, volcaba toda la experiencia atesorada en los estudios y así cosechaba los resultados: seriedad, austeridad y exactitud. Por eso todo el mundo le quería y le quiere.

Lo de ‘todoterreno’ no es una exageración. Al revés, hoy hay que ponderar como se merece quien hacía todas las cosas hasta redondear el producto final: buscar, concertar, gestionar, grabar, autograbar, ganar confianza… hasta salir al aire. Luchando contra imponderables de todo tipo y contra el reloj, en la mayoría de las ocasiones.

Compartimos afanes y quehacer en Radio Popular de Tenerife. El provenía del mundo publicitario y de Radio Juventud de Canarias, otra gran escuela. La suya fue una generación extraordinaria de profesionales que se abrieron paso -hay que entender las limitaciones de entonces- desde los ángulos deportivos. Pero qué radio tan digna aquella, hecha a base de guiones y de rigor en la expresión y la dicción. Y allí, en la emisora diocesana, descubrimos a un hombre bueno, polifacético, entero, atento y capaz de enseñar corrigiendo sin sobresaltos ni exabruptos. Qué importantes César, aquellos cometidos de entonces, reflejados también en las numerosas transmisiones que compartimos, en uno de los viejos fosos del Heliodoro o en campos peninsulares de aquel penoso peregrinar por las categorías inferiores, donde estoicamente hubo que soportar gritos de ‘¡platanito!’ y ‘¡a tercera!’. Jamás se descompuso, pese a que algún árbitro se empeñara. Aprendimos mucho a su lado, dentro y fuera de los estudios. Hasta descifrar aquella singular caligrafía suya.

Una madurez como la de César no se podía desperdiciar y por eso, mediados los años noventa, otro veterano distinguido, José Antonio Pardellas, lo incorporó a Radio Isla, la emisora que ahora cierra. Fernández Trujillo prosiguió, sin perder frescura ni agilidad, con su estilo austero y con su modulación exacta para dar cuenta de la actualidad, para rememorar momentos históricos y para aportar ese toque clasicista que tanto se echa de menos. Quedaba, claro, donde siempre había.

César, grande. Una personalidad radiofónica.

 

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