FIRMAS

La novela que pudo ser y no fue. Por Eduardo García Rojas

– “A mí, Sanjurjo no me inspira confianza. –afirmó Franco– Culpa suya fue, y no de otro, que el Rey abandonase el país. Le cabe la responsabilidad de haber dejado el Gobierno en manos de los republicanos. Nunca hay que huir sin lucha, nunca abandonar. El poder hay que conservarlo hasta la muerte.”

(El fulgor del barranco, Juan Ignacio Royo Iranzo)

Hace un tiempo dedicamos  un post a las novelas sobre la Guerra Civil española cuya acción se desarrollaba en Canarias. Asunto que tras su publicación generó un atractivo goteo informativo de lectores y amigos en el que me daban aviso de títulos que por desconocimiento se me olvidaron reseñar en ese artículo.

Entre otros se encontraba El fulgor del barranco (Editorial Benchomo, 2008), de Juan Ignacio Royo Iranzo, una novela que no llega a las 150 páginas y que tras su lectura, a la que he llegado gracias a la generosidad de ese inquieto Puck de las letras canarias que es el editor y también escritor Ánghel Morales, ha suscitado un conjunto de ideas revueltas en mi ya de por sí desordenada cabeza.

El fulgor del barranco comienza a finales de los años veinte del siglo pasado en Mogador, Marruecos, localidad en la que nace su protagonista, un personaje que por azares del destino termina en la capital tinerfeña sirviendo a una de las familias más ricas del archipiélago: los Camacho.

La acción brinca entonces a 1931, 1933, 1935 y 1936, años trascendentales para la historia de este país que algunos nos atrevemos a llamar todavía España, y finaliza el 17 y el 18 de julio con el pronunciamiento militar que dio al traste con el sueño para unos, pesadilla para otros que fue la II República española.

Tarea pues muy ambiciosa la que emprende Royo Iranzo en El fulgor del barranco, al intentar retratar con trazo demasiado ligero momentos cuyo peso histórico resultó tan importante para la España penínsular y sus islas.

Y ello partiendo de un relato que reunía suficientes atractivos si su autor se hubiera preocupado en darle consistencia, desarrollo, preocupación por retratar un periodo de nuestra historia cuyas heridas continúan abiertas porque, pienso, aún no ha habido un cirujano capaz de cerrarlas para que las generaciones posteriores podamos de una vez dormir en paz y liberados enfrentarnos de pie y con la cabeza despejada a los conflictos de nuestro tiempo.

Noto, pese a todo, a un escritor detrás de El fulgor del barranco.

La novela contiene momentos muy bien descritos, en los que se aprecia la capacidad de su autor para crear atmósferas y cierta sensación inevitable que sabe poner los pelos de punta.

Pienso, mientras escribo, en el diálogo que mantiene el protagonista con el alcalde de la ciudad, estando los dos presos antes de que los falangistas los hagan desaparecer en el mar.

“- Ya debían de haberme soltado. Es como si nadie pensase. No he cometido ningún delito. He sido alcalde durante dos meses y en todo momento intenté hacer respetar las leyes y velar por el orden.

El moro escuchó pasos que se acercaban por cubierta. La cerradura del candando giró.

– Por fin  nos dejarán libres.

– Sidi, esto no me gusta.”

Pero me sabe esbozo, a primer borrador de la novela que tuvo que ser.

Una novela que, entre sus muchas historias, como la de ese protagonista sin pasado ni futuro que solo puede vivir un presente al que el curso de los acontecimientos ha colocado en el lugar menos oportuno, pedía más desarrollo, más carne, más sustancia para conmover a un lector que, como quien les escribe, es lo primero que le pide a una novela.

Y que a mi juicio, Juan Ignacio Royo Iranzo, no supo armar en El fulgor del barranco. Título que, reitero, sabe a borrador. A esqueleto de lo que pudo haber sido y no fue.

Es probable, de todas formas, que su autor no quisiese escribir la novela que esperaba encontrar mientras avanzaba en su lectura. De hecho, admito que dejara resbalarla de entre sus dedos mientras la redactaba porque pensó que el conjunto comenzaba a resultarle demasiado grande.

Me quedo así con El fulgor del barranco con su espíritu pulp, de relato con nervio pero que pudo haber sido mucho más.

Está escrita con una distancia gélida que apenas reblandece la ironía gruesa que imprime en algunas de sus páginas porque detrás de lo que se lee en el relato no hay poso. Sustancia.

Novela que pudo ser y no fue, El fulgor del barranco narra, fabula entre otras cosas, en la intentona de atentado que un grupo de anarquistas de salón perpetró contra quien luego dirigiría los destinos de las Españas, Francisco Franco.

“- ¿Quiero que le cuentes lo que me has dicho sobre el general Franco. Dile que lo acompañas al campo de golf en coche.  Solo será un momento.

– ¿Para qué? ¿Por qué se interesa tu hermano? Me obligan a cargar con la bolsa de los palos. Y a mirar donde caen las bolas. No me gusta contarlo. Luego tengo que esperarles mientras ellos comen y yo paso hambre. ¿Qué le importa eso a nadie? Además, yo no deseo conocerle. ¿Dónde está? Solo me interesa pasear contigo, nada más.

Candita le soltó la mano para llevarse un dedo a los labios pidiéndole silencio. Señaló un biombo de cartón junto a la ventana.  Preguntó con voz solícita:

– ¿Estás ocupado, Vicente?

Oyeron un bufido como respuesta. Tras el biombo se escondía alguien. La muchacha lo retiró para descubrir a un hombre sentado que leía un periódico tras una pequeña mesa picada por la carcoma.

– ¿Qué quieres?– masculló.”

También, y quizá aquí radique lo mejor de esta novela que pudo ser y no fue, la visión que registra un testigo inocente y sin compromisos ideológicos al que se manipula para servir a los de siempre en unos instantes que han pasado a la historia como el amanecer de una España que hoy, tanto los que afirman que la defienden como los otros continúan empeñados en que permanezca viva pese a su olor a cementerio.

Leo así El fulgor del barranco con cierto agrado frustrado, preguntándome porqué Juan Ignacio Royo Iranzo no firmó la novela que pudo haber sido y no fue.

No le falta perspectiva y distancia, también un agradecido ánimo en desacralizar a quien más tarde fuera el caudillo de aquella España grande y libre como de los extremistas de izquierdas más preocupados en emborracharse para darse ánimos y tirarle bombas que no fueron más allá de petardos bullangeros.

Insisto por ello que El fulgor del barranco pudo haber sido pero no fue la novela de la Guerra Civil de un territorio chiquito, ombliguista y tan malvadamente tontorrón como es el que habito.

Saludos, Alá es grande y Mahoma ¿su profeta?, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario