Salvador García

Guardar la formas. Por Salvador García

El día en que Mariano Rajoy dio a conocer la composición de su gobierno, se limitó a leer nombre, apellidos y carteras. No admitió preguntas y se marchó en su primera comparecencia como presidente. Las primeras decisiones del ejecutivo, pocas fechas después, que tenían mucho que ver con subida de impuestos y recortes, tuvieron que ser explicadas por la vicepresidenta. Casi cien días después de aquella primera espantada presidencial, tres de sus ministros -entre ellos, la propia vicepresidenta- abandonaron la sala de prensa del palacio de La Moncloa por la puerta trasera, evitando el contacto con los periodistas presentes y pretextando prisas, después de haber intentado desgranar el alcance y los contenidos del anteproyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado, considerados como el mayor ajuste de la democracia española, con una reducción superior a los veintisiete mil millones de euros.

En el progresivo desgaste que se contabiliza en los primeros cien días del gobierno Rajoy es probable que se consigne una política de comunicación poco afortunada. Es normal y no es la primera vez que a un ejecutivo, de cualquier signo ideológico, se le atribuyan deficiencias a la hora de que sus decisiones sean adecuadamente proyectadas y visualizadas. Los críticos, en los márgenes de modulación que se quiera, aprovecharán para desgranar esas ciento y una excusas con las que justificar el por qué no se llega, el por qué no se percibe mejor la obra de gobierno. A lo peor, es que no hay tal obra o que en poco más de tres meses es imposible desarrollar un plan de comunicación -dando por hecha su existencia- a plena satisfacción.Es probable que al Gobierno tampoco le preocupen mucho estas cosas teniendo en cuenta su batería de aliados mediáticos que, por muy mal que vayan las cosas y por mucho rechazo social que inspiren las determinaciones, siempre tendrán una herencia desgraciada o un argumento recurrente al alcance para desviar la atención y seguir contando las excelencias contra viento y marea. Lo hacen ahora: imaginemos cómo sería si soplaran vientos bonancibles y favorables.

Pero, en cualquier caso, las formas, las formas reprochables, esas que no se hubieran perdonado a gobernantes de otro signo. Si tan importantes son en política, sin tan exigentes se es con quienes no las guardan o no las respetan, hay que criticarlas. Eso de que el presidente no explique la fusión de algunos departamentos o cuáles son las bases para desarrollar otros apartados de sus propósitos ya aprobados en la investidura fue una mala señal. Se lo dijimos, mientras escuchábamos en directo la comparecencia, a un apreciado y experimentado contertulio radiofónico que tampoco daba crédito a la espantada.

El pasado viernes, con un país entero aguardando los resultados de un consejo de ministros que prestaba la primera aprobación a las cuentas públicas del Estado, con más subida de impuestos, con una amnistía fiscal, con más reducciones, con la introducción de un copago, la vicepresidenta y dos ministros se marcharon por la puerta de atrás, literalmente, físicamente. Por una puerta camuflada, cuentan. Hablan los asistentes de intervenciones largas de los ejecutivos, de explicaciones confusas, de carencia de documentación y hasta de un ‘powerpoint’ saturado de números y de difícil visibilidad. Con razón quedaron muchos brazos en alto que intentaron inquirir datos y esclarecer planteamientos.

No pudo ser. El ministro canario, José Manuel Soria, fue el primero en marcharse, acaso porque debía tomar el avión. Y la vicepresidenta Sáez de Santamaría y el ministro Montoro siguieron sus pasos. Quedan tiempo, foros y comparecencias para explicar lo que sea menester, se habrán dicho o habrán seguido las indicaciones de los expertos.

Pero allí, en Moncloa, quedó una sensación de vacío e irrespeto considerable. Muy similar a esas convocatorias en las que no se admiten preguntas. El Gobierno debe ser consciente de que no guardar las formas también contribuye a su desgaste.

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