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As times goes by… Por Eduardo García Rojas

Si hay una película que de verdad disfruta de la categoría de culto es Casablanca. Y no porque sea un título raro e inalcanzable para la mayoría de los espectadores sino, precisamente, porque se trata de un filme cuya leyenda ha generado una especie de religión a su alrededor.

Es muy difícil sustraerse a la extraña magia que emana de esta película. Para unos es el papel que consagró a Humphrey Bogart en el cine, la historia que supo sacar de las entrañas del actor su rudo romanticismo de héroe fogueado en la barra de un bar.

Para otros, es la cinta donde Ingrid Bergman además de su extraordinaria belleza, hace posible que los escépticos nos creamos que una mujer así es capaz de hacer saltar en trizas el corazón de un hombre que tuvo que haber nacido rey.

Casablanca, que cumple este 2012 de ajustes presupuestarios setenta años, son muchas más cosas. Entre otras tantas cosas, un extraordinario reparto de secundarios (Claude Rains, Peter Lorre, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Paul Henreid), un cineasta más que potable de nombre Michael Curtiz y una historia de amor imposible en tiempos de guerra que todavía vive porque sus adoradores que son legión no se cansan de rendirle pleitesía, de orar en silencio la grandeza de una película a las que las circunstancia ha transformado en mito con el paso de los años.

¿Quién no recuerda Casablanca?

Podrá pasar el tiempo pero siempre nos quedará París.

O asistir, irónicamente al final, al comienzo de lo que promete ser una gran amistad.

O a Sam cantar con voz estrangulada As times goes by.

O a los clientes del bar, de pie y emocionados, entonar La Marsellesa en una de las escenas más propagandísticas de una película que no deja de ser eso: propaganda camuflada bajo una tierna e imposible historia de amor.

Se ha escrito mucho, y se continuará escribiendo mucho más de Casablanca. Una película que además de tener la capacidad de reconocerse más como película y no como la ciudad marroquí que es donde se desarrolla la historia, tiene ese algo que la hace irrepetible y única. En una de las joyas de la corona de todos aquellos que se consideran cinéfilos.

A mi, que creo que el papel más grande de Bogart son los que interpretó en El último refugio, El tesoro de la Sierra Madre y En un lugar solitario, cintas en las que explotó cinismmo pero ambién una feroz vena romántica de solitario empedernido; y que aún se estremece de deseo al recordar a una magnífica Ingrid Bergman en Stromboli (1950) de Roberto Rossellini, admite, reconoce que Casablanca es un punto y aparte de la historia del cine.

Un título que flota en el espacio como si se tratara de un astro que no ha perdido su luz. Un producto, en definitiva, singular que por una u otra razón late con vida propia ajeno al paso del tiempo.

Por eso, reitero, si hay una película de culto esa es Casablanca.

Es una sublimación del cine de antes.

Una rigurosa cinta rodada en blanco y negro y en estudio que hace todavía desee tomarme copas y más copas en la barra del Rick’s Café Américain a la espera de que suene el piano de Sam e interpreta la melodía maldita. Esa canción que destapa los hermosos recuerdos traicionados que deseamos olvidar.

Me imagino vestido con un impecable smoking de chaqueta blanca mientras no dejo de fumar y beber. Detengo el cigarrillo ante un cenicero atestado de colillas de tabaco turco cuando escucho las primeras notas de As time goes by…

Y tras girarme en la butaca y verla ahí, apoyada en el piano, volver a la cruda realidad y darme cuenta que esa especie de callejón de las almas perdidas que es el Rick’s Café Américain solo es el escenario de una película que Woody Allen contribuyó a convertir en leyenda en su todavía maravillosa Sueños de un seductor (Herbert Ross, 1972), título que como habrán observado cumple ahora cuarenta años.

Y todo esto por una película cuya mayor grandeza es que continúa siendo demasiado falsa, artificial, y por lo tanto tan cinematográfica.

Y el cine es eso: lograr que una mentira se convierta en leyenda.

Y Dios, como gritó a los cuatro vientos Blake Edwards, “un formidable escritor de gags”.

Así que, Avemaríapurísima, récenme veinte veces Casablanca que el reino de los cielos será nuestro.

Saludos, que así sea, desde este lado del ordenador.