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‘Veneno’ con el sello de Digital 104. Por Eduardo García Rojas

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Si algo caracteriza los trabajos realizados por la productora Digital 104 es su empeño en ser coherentes. En los cortometrajes que hasta ahora he podido ver del grupo –Algo que aprender (2009); Como siempre (2010); Ridícula (2011) y Veneno (2012), de María Eugenia Arteaga, Jairo López, Domingo J. González y Jonay García, respectivamente–  he detectado la intención de que sus productos tengan el sello de Digital 104,  lo que hace  bastante difícil valorar sus resultados de manera independiente porque quien ahora les escribe ha encontrado en esas cuatro experiencias una unidad como colectivo que se me antoja como lo más interesante y atractivo de la apuesta siempre arriesgada que están desarrollando por el cine en Canarias.

Veneno, corto que se estrenó el miércoles 28 de marzo en TEA Tenerife Espacio de las Artes ante una sala repleta de un público entusiasta y entregado, bebe así de todos los recursos que están diferenciando a esta pequeña productora de otros trabajos que se están rodando a este lado del Atlántico como son, entre otros, su respeto y  preocupación por el aspecto formal. Elementos que los alejan de otros cortometrajes rodados en las islas que pretenden camuflar sus taras promocionándose –con el beneplácito de algunos– como audaces experimentos cinematográficos.

No, afortunadamente en los cuatro cortometrajes que he podido disfrutar de Digital 104 hay intenciones de contar historias. Historias que van desde una curiosa reflexión sobre la erótica del deseo en la pareja (Algo que aprender); la dramática toma de contacto con la realidad de una generación satisfecha y aburrida (Como siempre); la soledad (Ridícula) y ahora, con Veneno, la enfermedad y la venganza.

La particularidad de esta última, Veneno, es que se trata de una cinta presuntamente de género. Pero más que un título de ciencia ficción y terror, de una curiosa incursión en los territorios del fantástico que peca, sin embargo, de no cerrar todas las puertas que deja abierta en su relato.

Y si bien entiendo que el fantástico es un género que no exige dejar todos los cabos atados, y que incluso uno de sus mayores atractivos es, precisamente, el de suscitar preguntas porque hay elementos que mejor dejar a la imaginación de espectador, sí que reclamaba que el motivo, lo que dispara lo extraño, lo inquietante, se sugiriera con todas sus letras.

Es decir, su intención o intenciones.

Pese a esos interrogantes, pese a esa sensación de que la historia de Veneno demandaba más consistencia para justificar ese final que se quiere sorprendente, el cortometraje me ha parecido un producto digno y profesional. Un trabajo, ya lo apuntábamos al principio de este post, que lleva el sello de Digital 104.

Y lo lleva.

Lo lleva porque durante su visionado me asaltó las mismas sensaciones que me han transmitido los otros tres cortos del grupo. Esa sensación de que más que un cortometraje lo que estoy contemplando en pantalla podría ser el episodio de una serie de televisión cuyas claves podrían resolverse (o complicarse) en el capítulo de la semana siguiente.

Veneno cuenta la historia de un hombre que, por circunstancias que aún se me escapan,  debe cuidar de una paciente adolescente que sufre una extraña enfermedad. El hombre se queda a su cuidado en un hospital cuyas salas, salvo en las que él actúa como celador,  han sido abandonadas, lo que desata que se teja una relación casi paternal entre el cuidador y la niña, personaje que se pasa más de la mitad del corto atada a una cama mientras contempla dibujos animados en un pequeño aparato de televisión.

No voy a revelarles, claro está, lo que enciende el fogonazo que desata los acontecimientos, pero sí que puedo resaltar que su realizador, Jonay García, consigue algo muy difícil en este tipo de cine, y es el hecho de que lo que me está contando –pese a que la historia apenas lo esboce–  logre que me interese e inquiete por la adolescente y que por lo tanto me revuelva incómodo en la butaca escuchando sus desgarradores gritos mientras suena fuera de campo la musiquilla de los dibujos animados.

Veneno consigue así turbar, molestar e irritar, pero es una turbación que no se asocia –a la ¿enfermedad?–  de la niña.

Se trata de todas formas de un corto que respira en algunos de sus momentos. Y que consigue –no sé si por intuición, aunque probablemente dé igual–  conmoverme sin que sepa muy bien la razón. Y que esta historia, cuya reflexión final  parece de una enojosa y, si se me permite, desarmante puerilidad extrema, contenga una serie de elementos que bien macerados podrían haber enriquecido las expectativas que se intuyen –solo se intuyen– en algunos de sus momentos.

Con todo, Veneno emite cierta congoja y a ratos inquietud.

Pero sobre todas las cosas deja ver el oficio de una productora que, si se preocupara más en cuidar sus emociones y sobre todo a tener muy claro que es lo que se quiere contar, superaría lo que todavía es un lastre para que los aficionados al cine que se rueda en Canarias nos lo tomemos con la seriedad que se merecen.

 Saludos, estad atentos, desde este lado del ordenador.

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