Juan Velarde

OPINIÓN. La dictadura de los fuera de la ley. Por Juan Velarde

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De un tiempo a esta parte en España hemos invertido los términos de la normalidad. Me explico, hasta no hace mucho si alguien dejaba de pagar la hipoteca de su vivienda o era detenido por un delito flagrante, robo, tráfico de drogas o agresión en plena vía pública, venía la Policía y desahuciaba al moroso o esposaba al delincuente y se lo llevaba a la comisaría. Todo esto, que nos parecía lo más lógico y común del mundo, es decir que el que no se avenga a cumplir con las reglas del juego pague su justo castigo, ahora resulta que no, que ahora hay una serie de jugadores (de ciudadanos) que quieren cambiar las normas del tablero. Para esos subversivos, ahora la mala es la Policía y los buenos son los otros, los que se saltan la ley a la torera.

A mí me parece que, sin tener que aplicar métodos que traspasen la brutalidad, hay que empezar a ponerse firmes e impasibles con quienes están jeringando continuamente la acción de unos policías que cada vez que salen a la calle se sienten casi como delincuentes, con esa amarga sensación de creerse señalados por el resto de los ciudadanos. Aquí parece que hacer cumplir con el deber está ahora penado, que quita puntos y que pone a los agentes contra el mismísimo paredón.

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Estos últimos días hemos tenido constancia de que en Madrid se frenó el desahucio de una mujer que no podía hacer frente al pago de la hipoteca. Podemos debatir y convenir que las condiciones que imponen los bancos suelen ser bastante abusivas, que las entidades financieras aplican a la perfección una curiosa y peculiar ley del embudo, lo ancho para ellos… y lo estrecho también. Sin embargo, cuando uno se mete en la aventura de un crédito hipotecario sabe perfectamente a lo que se expone y firma hasta la mismísima sentencia de muerte de Manolete si así fuera menester. Pues, a pesar de eso, aquí se coacciona a policías y a una comisión de desahucio para evitar que se eche de la vivienda a la morosa.

Y ya puestos en esta oleada de despropósitos, en el barrio madrileño de Lavapiés se evitó por parte de estos grupúsculos la detención de un camello, de un toxicómano. Es decir, aquí una persona está traficando con la vida de los demás, por no decir directamente que los está llevando a la mismísima muerte y cuando viene la Policía a llevárselo, salen estos sujetos y se ponen chulos con los agentes. Y claro, pobre del policía que se atreva a pegar un porrazo. No, por supuesto, si al final la Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado están para repartir caramelos y para velar fiel y rigurosamente que no se cumpla la ley.

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