Juan Velarde

OPINIÓN. Las redes (sociales) te enredan. Por Juan Velarde

Las redes sociales han supuesto un giro de tuerca en nuestras vidas. Hoy, a excepción de aquel entrañable ancianito de principios de la década de los noventa que siempre preguntaba al aventurero que acertaba a visitarle que si el Real Madrid había ganado otra vez la Liga o qué decía Franco de tal o cual cosa, todo el mundo tiene Internet y, por tanto, está conectado a cualquier red social, ya sea Facebook, Twitter, Tuenti o sitios webs más profesionales, pero que están menos saturados y, por tanto, la afluencia de información es por tanto menor.

Es evidente que hoy nos enteramos antes de cualquier noticia por este medio, aunque también es verdad que nos la pueden dar con queso, como le sucedió a más de uno hace unos días al dar por bueno el perfil de Cristóbal Montoro en Twitter y donde este ‘falso’ ministro (mejor dicho su cuenta) venía a decir que Hugo Chávez había fenecido víctima del cáncer. Un gol por toda la escuadra que podía haber colado fácilmente de producirse el tuit no a primera hora, sino a última, cuando las energías ya están más bajas que el Zaragoza en la tabla clasificatoria.

También las redes sociales nos permiten estar en contacto con familiares, amigos, compañeros de trabajo y hasta encontrar la pareja de nuestros sueños. Lo que hace años era pura entelequia, hoy es algo normal. De hecho, desgraciadamente, casi sucede lo contrario, que ya no se liga cara a cara, que resulta algo arcaico, casi como una reliquia de nuestros tatarabuelos. Si no estás en una red social, parece que no eres nadie, pero es lo que los tiempos marcan. Sin embargo, ni es oro todo lo que reluce ni todo el monte es orégano. Al igual que en el océano Índico, también hay piratas (y no precisamente con parche en el ojo o con cara de malo, que cantaría Joaquín Sabina) dispuestos al abordaje y al sablazo más o menos sutil.

Eso mismo fue lo que le sucedió a una mujer de Madrid que vio como perdía casi 700 euros de la manera más tonta posible. Enganchada perdidamente de un grancanario con el que hablaba a diario a través de Facebook, éste le contó la bonita historia de que quería conocerla, pero que, ¡mire usted por donde! no tenía suficiente dinero para viajar hasta la capital, que el sueldo de bombero no le llegaba. Pues bien, la dama, bien embobadita (por partida doble) no se le ocurre mejor idea que mandarle las perras para el pasaje (a ese precio casi vas en business), en vez de hacer lo contrario, ir ella a Gran Canaria. Y entre medias, un inciso, le había mandado por e.mail fotos y vídeos subidos de tono. Resultado, que el buen mozo no sólo no viajó, sino que además la bloqueó de todas las cuentas que él tenía abiertas y donde, obviamente, la tenía agregada como amiga.

 Ahora, esta mujer ha denunciado los hechos (bueno, en realidad ya lo había hecho, pero inicialmente se desestimó el caso, no sé si porque al juez podía darle la risa o porque el hecho en sí no era punible, al fin y al cabo envió el dinero por propia voluntad) y será un juzgado de Gran Canaria el que juzgue los hechos. En fin, no soy magistrado y, por tanto, poco o nada entiendo de leyes, pero esta señora no se merece compensación alguna, pero simplemente por ingenua. Y al supuesto estafador, pues nada, en todo caso, que las féminas siguientes que trate de sablear se anden con más ojo. Y es que las redes sociales, como no andes al loro, es decir que sepas darle el uso que corresponda, pueden enredarte y acabar siendo un apetitoso manjar para esos desalmados que pululan en el espacio punto.com.

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