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PSICOLOGÍA. Smartlive. Por José Oriol Rojas Martín

Todos esos jóvenes que han perdido la infancia sin haber alcanzado aún la madurez, nunca más podrán ser llamados «adolescentes».

Uno de los grandes debates abiertos en nuestra sociedad, es el sentido que la educación actual necesita para dar a los jóvenes la herramientas adecuadas para la vida. Un debate que no se logra cerrar porque para unos se debe educar en conformidad al mundo que tenemos, mientras otros creen que debería hacerse para el mundo que podríamos tener. Sin embargo, unos y otros omiten consultar a los propios jóvenes.

Tanto docentes como políticos afirman conocer la clase de educación necesaria para ajustarlos al mundo y hacerlos útiles a la sociedad, pero todas las reformas educativas chocan con su resistencia, en forma del llamado «fracaso escolar», en el mejor de los casos y de la hostilidad violenta, en el peor.

Y paradójicamente nunca ha estado el proceso del aprendizaje tan sistematizado como ahora, ni se ha contado con tantos recursos. La escuela ha pasado de una educación basada en la imposición a una basada en la seducción. Del ordeno y mando en blanco y negro de la tabla de multiplicar, al profesor-histrión armado de una pizarra electrónica con números de colores, más preocupado de los procedimientos que de los contenidos. Y con todo, los resultados no mejoran, al menos desde el punto de vista de los que han diseñado el sistema educativo y los resultados que esperaban obtener con él.

Aún así, el «efecto Flynn», predice que cada generación aumenta su Coeficiente de Inteligencia (CI) con respecto a la anterior, de modo que los hijos acaban siendo más inteligentes que los padres y los alumnos más que los profesores. Debido, según explica Flynn, a cambios en la dieta, socioculturales, económicos y  tecnológicos, pero sobre todo a los cambios en la concepción de la inteligencia que cada época sostiene. Efecto que, según todo indica, se constata cada vez a más temprana edad, de forma que padres y profesores son superados antes por cada generación.

Este salto adelante nunca se ha hecho tan evidente como ahora, pues se trata de una época de cambios drásticos incluso para los jóvenes, que sin pretenderlo han empezado a estar en condiciones de enseñar cosas a sus padres, dado que han sido ellos los más interesados en las posibilidades y aplicaciones de la nuevas tecnologías y los que con más rapidez las han incorporado a su vida cotidiana.

De ahí la tesis que vengo a defender, que no es otra que dada la emergencia de las nuevas tecnologías y su carácter cambiante, los adultos se encuentran desorientados, y en su mayoría, carentes de la formación necesaria para poder educar en su uso, de forma que los jóvenes han encontrado un espacio en el que desenvolverse con total autonomía, tanto para comunicarse como para adquirir información. Las redes sociales, internet, y los smartphones, han llegado a ser espacios de aprendizaje y relación social que carecen de regulación y supervisión por parte de los adultos y profesores.

Resultando tan confusa la situación, que en el mejor de los casos, la actuación del colegio se limita a prohibir la  presencia de los smartphones (teléfonos inteligentes) durante el horario escolar, dando lugar a una extraña contradicción. Los padres compran y autorizan el uso de sofisticados dispositivos inteligentes que los profesores prohíben, mientras ambos omiten regular su uso y aprovechar sus posibilidades educativas.

Un modo de actuar difícil de entender para los jóvenes,  que se les lleva a creer una de dos cosas. Por un lado, que están capacitados para gestionar ese mundo por sí mismos, sin correr ninguna clase de riesgos, lo que es profundamente falso, o por otro, que los aparatos son inocuos para su salud, cualquiera que sea su uso y aplicación, como si se tratara de  tecnologías carentes de valores o de efectos nocivos.

Así las cosas, los jóvenes han encontrado un espacio en su vida carente de regulación y supervisión, en el que son más competentes que los adultos, y por tanto, en cierto sentido, nada adolescentes. Un espacio de independencia, privacidad y adultez que defienden fieramente y que a la fuerza está resultando educativo en un sentido que los adultos aún no podemos prever.

Tanto, que si alguna vez, alguien les preguntara por la clase de educación que desean recibir, probablemente responderían blandiendo su teléfono y diciendo que quieren ser los artífices de su educación, que la quieren inteligente y sobre todo relacional y colaborativa

En resumen, somos testigos de los procesos que están redefiniendo el concepto de adolescencia y de cómo los jóvenes empiezan a estar preparados para participar en la elección del sistema en el que quieren ser educados.

www.oriolrojas.com

 

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