OPINION. ¡No más Strudel, Angela! Por José Alberto Díaz-Estébanez León
Europa no aguanta más la dieta alemana. Nadie duda que Alemania es el “gran timonel” económico de la vieja Europa, y hasta hay quien dice que la victoria y dominio que no lograron en dos guerras mundiales lo van a conseguir con la gran crisis económica. Son exageraciones, claro está, pero reflejan un hartazgo cada vez más generalizado en donde el miedo –auténtico pánico al crack financiero que nos arrastre a todos- ha guiado las recetas de todos los países para seguir, una veces a regañadientes y otras con verdadera convicción, la directriz alemana basada casi exclusivamente en la austeridad, saneamiento financiero de la “podredumbre” acumulada durante largos años de bonanza económica y malas prácticas, y sobre todo reducción del déficit público a toda costa.
Y la receta en sí misma no está mal, porque todo ello no sólo es conveniente, sino absolutamente necesario… pero insuficiente. Ese “a toda costa” es el problema. Esa pequeña coletilla es la que asfixia la capacidad de recuperación. Porque si antes teníamos un coche sobredimensionado y despilfarrador que malgastaba gasolina a chorros, se puede y se debe intentar racionalizar el consumo de carburante cambiando a otro motor que se ajuste a las posibilidades y necesidades actuales, lo que no se puede pretender es dejar de poner gasolina de repente (y mucho menos sin cambiar para nada el motor).
Sencillamente, la receta no puede ser la misma para todos, porque todos no tienen el mismo problema. Los objetivos pueden ser comunes, las líneas generales y los compromisos, también. Pero el problema no es igual para los países que tienen el 6% de paro que para los que cuadruplican esa cifra hasta rozar la cuarta parte de su población activa. Si los “ajustes” (bendita palabra que nos permite obviar el odioso vocablo de “recortes”) son tan duros que paralizan por completo el motor público, tampoco se ve en el horizonte la menor capacidad de resucitar el motor de la iniciativa privada (no sólo no se incentiva, sino que se aumentan los impuestos), no se inyecta liquidez por incapacidad de una política monetaria valiente que vaya más allá de ir tapando los agujeros cada vez más grandes de los bancos (y de paso llenar unos cuantos bolsillos), y además de todo ello se liquida la capacidad de consumo de la mayor parte de la población (y a los pocos que “pueden” se les mete el miedo en el cuerpo para que no “quieran”)… pues, sencillamente, no hay salida.
Hasta la muy ortodoxa (y poco sospechosa de locuras keynesianas) Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, ha empezado a reclamar –con más voluntad que éxito, también es verdad- un aumento del fondo de rescate, mayor capacidad de maniobra del Banco Central Europeo y la posibilidad de “eurobonos”, si se quiere evitar que países como Italia o España cuyas economías “son fundamentalmente capaces de afrontar sus deudas, se vean ahogados por unos costos de financiación anormalmente altos, con consecuencias desastrosas”. Poca gracia le hizo a la todopoderosa Angela Merkel que, naturalmente, le mandó otra buena dosis de rico “strudel”: más pastel alemán que sacia el apetito inmediato, llena la boca y pesa en el estómago.
Los liderazgos absolutos conducen al pensamiento único y la pretensión de una Europa uniformizada. Necesitamos a Alemania, sí, pero una Alemania europea, no una Europa alemana, como el nuevo Sacro Imperio Romano Germánico. Sarkozy ha pasado de aquel pensamiento de “reformular el capitalismo” expresado hace tres años, a “Miniyó” de Merkel en las cumbres recientes. Gran Bretaña debate su huída al rancio y tradicional aislacionismo con regocijo de los euroescépticos. Italia ha sustituido el liderazgo histriónico de Berlusconi por la tecnocracia pura y dura de rostro amable. Durao Barroso, como presidente de la Comisión Europea, parece que manda menos que la UGT con Franco.
¿Y Rajoy? Pues Rajoy acaba de llegar, es gallego (lo cual es todo un signo de identidad más que un lugar de nacimiento), y en el panorama europeo está más preocupado ahora mismo de recomponer la maltrecha imagen española de la esperpéntica última etapa de Zapatero, que en reclamar siquiera tímidamente lo que España necesita: flexibilidad en el objetivo de déficit y/o en el tiempo para cumplirlo, y cobertura financiera europea para no estar al albur de los mercados, las agencias de calificación y los listillos especuladores de siempre. Las dietas pueden purgar un cuerpo enfermo, pero no se puede dejar de alimentarlo. Alguien tiene decirlo, pero hacerlo no gritando como un histérico a punto de ahogarse, ni un loco quimérico que pretenda lo imposible, sino con razones, argumentos y credibilidad para buscar aliados y decir: “¡No más strudel, Angela! ¡no podemos más!”














Pero que hablas tu Jose Alberto de crisis cuando eres el que mas cobra en ese Ayuntamiento, incluso mas que el alcalde. Ponte a trabajar de una vez en ese Ayto y dejate de hablar de paro que no te mereces el trabajo que tienes.
Estimado Pedro Izquierdo: veo que tu análisis está lleno de argumentos, de razones y de datos, además de ser enormemente positivo en tus aportaciones sobre el tema. Así da gusto. (por cierto, y si me permites un consejo, infórmate un poco mejor sobre lo que dices, porque no se aproxima ni lejanamente a la realidad). Un saludo.