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CINE. «The Artist». That’s Entertainment!

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Manuel E. Díaz Noda.-

Durante un siglo y al grito de “That’s entertainment!” (“¡Eso es el espectáculo!”), la industria del cine de Hollywood ha utilizado lo que comenzó como un espectáculo de barraca en una de las industrias más lucrativas y queridas por el público en todo el mundo. En estos 100 años de existencia, el cine ha pasado por diferentes fases en su evolución. Ha alternado etapas de progreso con otras de recuperación nostálgica, ha implementado nuevas tecnologías que le han hecho avanzar en el uso de la imagen, el sonido y los efectos especiales, pero también ha permanecido fiel a su querencia por elementos tan primitivos como una historia o unos personajes. La gran pantalla se ha convertido en un nuevo púlpito, donde relatos que van más allá de lo mundano han inspirado a generaciones de espectadores y les han hecho soñar con hazañas bizarras, amores imposibles y utopías sociales basadas en conceptos tan trasnochados en nuestra realidad como el honor, la ética o la justicia. El cine se ha convertido en una moderna Shangri-La, una tierra de felicidad permanente, aislada del mundo exterior, donde sus habitantes han alcanzado un estado de inmortalidad y esplendor negado y ansiado por el común de los mortales. Sin embargo, este paraíso idealizado cuenta también con sombras, ángeles caídos y pecados capitales. De eso habla, “The Artist”, la película-fenómeno de este 2011.

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Michel Hazanavicius es un cineasta francés formado en la televisión a lo largo de la década de los 90, que logró dar el salto al mercado cinematográfico internacional gracias al éxito de su díptico sobre las aventuras del agente secreto OSS 117 (“OSS 117. El Cairo, Nido de Espías” de 2006 y “OSS 117. Perdido en Río” de 2009), un sosías de James Bond con toques del Jean Paul Belmondo más rocambolesco, al que daba vida Jean Dujardin. Con estas películas, el cineasta ya demostró su tendencia al pastiche postmoderno, imitando con meticulosidad los patrones del género de espionaje, para parodiarlos con aguda ironía, pero también con nostalgia y cariño. Esta misma fórmula la ha repetido con mayor éxito en la película que aquí nos ocupa, reincidiendo con su actor fetiche, Dujardin, y su esposa y musa Bérénice Bejo (a la que conoció en el rodaje de “OSS 117. El Cairo, Nido de Espías” y con la que ha tenido dos hijos). Otros colaboradores indispensables en esta arriesgada aventura han sido el director de fotografía Guillaume Schiffman y el compositor Ludovic Bource.

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“The Artist” nos traslada al Hollywood de finales de los años 20, en pleno momento álgido del cine mudo, pero también ante un periodo de cambios radicales marcados por el Crack del 29 y la llegada del sonido, dos factores que llevaros a la ruina y el olvido a algunas de las estrellas más rutilantes del panorama cinematográfico. Nada de esto es nuevo, ya que hay multitud de película metafictivas que nos han trasladado a este periodo y han tratado estos mismos temas (“El Crepúsculo de los Dioses”, “Cantando bajo la Lluvia”, “Buenos Días, Babilonia” o “Chaplin”, por mencionar algunas); sin embargo, la peculiaridad radica en que Hazanavicius lo ha querido hacer replicando algunas de las características del cine de los años 20, es decir, en blanco y negro, sin diálogos, ni efectos de sonido (sólo existen en la película dos breves secuencias en las que se emplean estos elementos), con actores gesticulantes y sobreactuados o con ratio de imagen cuadrado. Todo un riesgo, sin duda, para los tiempos que corren. Eso sí, en este sentido el cineasta también ha sido un tanto tramposo, ya que la película ha sido rodada en digital, manteniendo los 24 fotogramas por segundo y con una cuidada fotografía, alejados de los fotogramas tintados y la velocidad de proyección de 16/20 fps propios de la época. Tampoco la música, tan relevante en la cinta, se ajusta a las partituras de esta época (ideadas, por otro lado, para ser interpretadas en directo en la sala), sino que homenajea a lo que autores como Max Steiner o Franz Waxman llevaron a cabo a los largo de las décadas de los 30, los 40 e incluso los 50. Y es que el guiño cinéfilo de Hazanavicius abarca mucho más que el periodo del cine mudo para convertirse en un canto a la industria del Hollywood clásico en general, con citas directas a películas como “La Marca del Zorro” (la versión de 1920, protagonizada por Douglas Fairbanks), “Ciudadano Kane”, “El Crepúsculo de los Dioses”, “Cantando bajo la Lluvia” o “Vértigo”, pero obviando la influencia de relevantes movimientos vanguardistas como el expresionismo alemán, una omisión incomprensible viniendo de un cineasta europeo (lo más cercano podría ser la película de espías que rueda George Valentin, un guiño al cine de folletín, como los “Fantomas” de Louis Feuillade o “Spione” de Fritz Lang, pero también a los seriales cinematográficos producidos en Hollywood durantelos años 30 y 40, a mayor gloria de personajes procedentes del comic o de la literatura pulp como Superman, Flash Gordon, Dick Tracy o Fu-Manchú).

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Gran parte del éxito de la película recae en el apartado interpretativo. La labor de Jean Dujardin es, sin duda, excepcional, construyendo un personaje a medio camino entre Douglas Fairbanks y Gene Kelly que se convierte en el epitome del galán clásico (atractivo, corpulento, elegante, carismático y con un punto de divismo que lo coloca por encima del común de los mortales). Su George Valentin cae en los mismos errores que muchas estrellas del Hollywood de la época, que no se tomaron en serio la llegada del sonido hasta que se vieron relegados por una nueva generación de actores. En el caso de nuestro protagonista no se alude a ningún handicap vocal o algún marcado acento europeo (una de las principales causas del fracaso de estrellas mudas a la hora de dar el salto al sonoro), sino más bien a un problema de orgullo y ceguera artística, encaprichándose en producir con su propio dinero el canto del cisne del cine mudo, mientras el público ya se ha dejado seducir por las películas habladas. El contraste lo marca el personaje encarnado por una desbordante y deliciosa Bérénice Brejo, Peppy Miller, una joven aspirante a actriz, quien se incorpora a la industria justo en ese momento de tránsito, escalando rápidamente al estrellato ante la falta de artistas en este nuevo Hollywood. En ella podemos encontrar ecos de los orígenes de leyendas del cine como Joan Crawford, quien en sus primeros años supo alternar con soltura el melodrama y la comedia musical hasta convertirse en una de las grandes divas del cine. Entre ambos personajes se genera una relación romántica con tensión sexual no resuelta debido al desequilibrio constante entre las posiciones sociales y artísticas de ambos personajes. En un primer momento, Valentin es una estrella demasiado rutilante para una advenediza como Miller (aparte de estar casado, pero eso nunca se presenta como un obstáculo insalvable para el actor), mientras que, después, su caída en desgracia le aleja del cada vez más fulgurante esplendor de la actriz. Aquí podemos encontrar de nuevo un guiño al Hollywood dorado real, concretamente a John Gilbert y Greta Garbo, cuya relación llenó páginas y páginas de la prensa amarilla, sentenciada por las fluctuaciones en el estatus profesional de los dos artistas en una época en la que tanto la vida profesional como la personal de las estrellas eran propiedad exclusiva del estudio.

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La pareja estelar de “The Artist” está magníficamente acompañada por un excelente grupo de secundarios, en su mayor parte, actores estadounidenses que han ayudado a estimular la carrera internacional de la película, especialmente en Estados Unidos. Dentro de este apartado encontramos a intérpretes de carácter como John Goodman, en el papel del ambicioso, pero también de buen corazón, Al Zimmer, jefe del estudio donde trabajan Valentin y Miller, quien, pese a sus ínfulas de Louis B. Mayer, acaba siempre cediendo ante las exigencias de sus estrellas; Penelope Anne Miller, quien interpreta a Doris, la esposa del protagonista, cada vez más distanciada de éste y su mundo de candilejas (a destacar las espléndidas escenas de los desayunos de la pareja, heredada de “Ciudadano Kane”); o James Cromwell dando vida a Clifton, el leal chófer de Valentin y su único y verdadero amigo; fabulosa es también la escena del casting de Peppy Miller, con una breve pero encantadora aparición de Malcolm McDowell. Sin embargo, los verdaderos robaescenas de la película son Uggie, Dash y Dude, los tres Terriers encargados de interpretar a la mascota de nuestro héroe, a medio camino entre Asta (el perro de Nick y Nora Charles en “La Cena de los Acusados” y sus secuelas) y el Milú de Tintín.

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La falta de diálogos convierte a la partitura musical en la única voz de los personajes. Ludovic Bource ha creado para esta película una composición ligera y dinámica, que al igual que la imagen o los personajes homenajea a los orígenes de la música para el cine. Hay que recordar que el cine mudo nunca fue silente (como reza la terminología anglosajona), sino que siempre contó con acompañamiento musical. Sin embargo, el proceso de definición de la función de la partitura junto a la imagen necesitó de una gestión larga y no fue hasta la llegada del sonoro que se estableció el patrón que (con sus variantes y evoluciones) se ha seguido utilizando desde entonces. Es por esto que no es difícil identificar entre los acordes de la banda sonora referencias a compositores como Franz Waxman (concretamente a “El Crepúsculo de los Dioses” en la obertura), a Erich Wolfgang Korngold y Max Steiner (con la música de “A Russian Affair”, la película dentro de la película con la que abre la historia) o a Bernard Herrmann (en los periodos más dramáticos de la depresión de Valentin). Además Bource localiza la acción musicalmente en ese intervalo entre finales de los 20 y principios de los 30 con el empleo del mickeymousing para describir a los dos protagonistas, con guiños a las composiciones de Charles Chaplin para sus películas o Carl Starling para las “Silly Symphonies” de Disney o las “Looney Tunes” de la Warner. Además se utilizan temas prexistentes como la canción “Pennies from Heaven” interpretada por Johnny Burke o el “Jubilee Stomp” de Duke Ellington. De esta manera se logra dos importantes objetivos: el primero ofrecer un acompañamiento dramático a lo largo de toda la película sin desfallecer ni perder efectividad, manteniendo al espectador cautivo a través de la música; y el segundo, evitar a toda costa caer en la parodia o la autocomplacencia. La música de Bource es mimética y humorística en su mayor parte, pero nunca a costa de sus referentes o intentado situarse por encima de ellos, sino de manera elegante, directa y respetuosa. Sólo existe un momento en el que esto se rompe y la utilización de la música resulta chirriante, el clímax final con el tema “Scene D’Amour” compuesto por Bernard Herrmann para “Vértigo”. Aquí lo que podía haber sido un momento de gran impacto emocional acaba resultando anticlimático debido a la falta de sincronización entre imagen y música.

 

“The Artist” es una cinta valientemente anacrónica, no por su recuperación de los estereotipos del cine mudo, sino por su apuesta por un tipo de cine que busca la empatía del espectador, que éste sienta y se emocione con los personajes que ve en pantalla. En estos tiempos donde el fotorrealismo digital de películas como “Avatar” es capaz de ofrecernos imágenes sintéticas absolutamente verosímiles pero inertes, donde los estudios saturan las salas de cine con el nuevo sistema estereoscópico intentando reconquistar a los espectadores con fuegos de artificio, o donde “el más difícil todavía” ha elevado al cine a unos niveles de exageración y despropósito con el fin de superar la anterior proeza visual, olvidando el tratamiento de personajes, resulta enriquecedor que una obra se atreva a recordar que más allá del artificio (y en “The Artist” lo hay y mucho), el verdadero secreto del éxito de una película sigue radicando en unos personajes sencillos y cercanos y una historia emotiva que conecte con el público. Sin esa catarsis, no hay diálogos, montajes trepidantes o efectos especiales explosivos que valgan.

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