Juan Velarde

Nuestra crónica negra. Por Juan Velarde

La crónica negra en España tiene varios casos sin resolver, pero hay dos que a la opinión pública preocupan especialmente, el de Marta del Castillo, con un cuerpo que aún no se ha podido recuperar y el de la desaparición de los dos niños de Córdoba. Su padre, principal sospechoso de que estos menores lleven casi tres meses sin poder estar con su familia, no está por la labor de colaborar con la Fuerzas y Cuerpo de Seguridad del Estado para que se pueda dar con el paradero de los chicos o, por lo menos, que digan dónde (Dios no lo quiera que sea así) los ha enterrado.

Estos dos sucesos vienen a poner sobre la mesa el debate de la flojedad de nuestro sistema judicial, siempre dentro de esas garantías que toda persona merece en cualquier caso, pero que se ha degradado y desfigurado tanto que parece que es hoy el presunto criminal el que tienen la sartén por el mango hasta el punto de que puede cambiar declaraciones a gusto de consumidor, como si eso no costase nada y, por desgracia, tiene un doble gasto. Por un lado, el económico, con la distracción de recursos humanos y materiales en busca de esas pistas que luego resultan falsas, y por el otro, el más importante, el aguante de unos familiares que ven como todo atisbo de esperanza se va derrumbando según van pasando las fechas.

Desde luego, resulta intolerable que un grupo de menores, en el caso de Marta del Castillo, hayan cambiado su declaración infinidad de veces, que hayan consentido el vadeo del río Guadalquivir o mover toneladas de porquería en el vertedero de Sevilla para al final reconocer que no estaba ni en un sitio ni en el otro. ¿Cuánto ha podido suponer el coste de esas acciones? Pues incalculable.

Y tres cuartos de lo mismo sucede con los dos niños desaparecidos en Córdoba. Su padre es incapaz de acordarse (voluntaria o involuntariamente) de dónde perdió a los pequeños. Los agentes han tenido que rastrear por mil rincones y no se ha tenido un resultado feliz. Podemos creer, aunque sea para agarrarnos a ese fino y endeble hilo de la esperanza, que el padre en verdad los ha perdido, pero cuenta bastante quedarse con esa teoría, máxime cuando ya han sido muchos testigos los que aseguran haber visto a esta persona con toda la tranquilidad del mundo el día de autos. Y está claro que si se te pierden dos niños uno no puede estar tranquilo, precisamente.

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