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PSICOLOGÍA. Contra la depresión, ‘comun-unión’. Por José Oriol Rojas Martín

Algunos autores llaman «pérdida de la legitimidad» a la autoexclusión que las personas hacemos en determinados momentos de la vida…

Tras la máscara de tristeza e impotencia, la persona deprimida suele ocultar una concepción muy pertinaz y virulenta sobre sí misma. La profunda convicción de que no es aceptable y de que es incapaz de resolver problema alguno.

Resulta curioso como algunas llegan a esta conclusión, y a la de merecer un severo castigo, cuando una situación, normalmente ajena a su control, los supera. La teoría de que son los únicos responsables, está tan arraigada en nuestra cultura (individualista) que los atrapa en un pozo, más profundo cuanto más van trabajado en él.

El deprimido no hace otra cosa que agrandar su dolor cuanto más solo se le deja, pero la idea de individuo autónomo prevalece sobre la noción de comunidad y se espera que cada cual se las «ventile».

No es que el dolor ajeno nos sea indiferente sino que lo hemos  patologizado. Hemos aprendido a mirar para otro lado, y a delegar la responsabilidad en las instituciones que han asumido la «curación» de las diferentes formas de tristeza. La psiquiatría, diseñada para reducir el dolor es eficaz, sin percibirlo, en la perversa tarea de acallar todos los problemas que la supuesta sociedad individualista del bienestar produce.

Esa es la razón por la que la persona deprimida queda aislada, agrandando la brecha que percibe entre ella y el mundo, gracias a la marginalidad de ser un enfermo, que debe ser tratado con medicamentos y a veces, hospitalizado por su propio bien.

Sin embargo y por otra parte, en los grupos humanos bien integrados, la solidaridad orgánica suele venir a resolver el problema. La comunidad se abalanza sobre el excluido para reafirmar su sentido de pertenencia, valía y aceptabilidad. El grupo lo arropa y lo protege, hasta que nuevamente alcanza el confort personal necesario para continuar en sincronía con su grupo, sea cual sea su modo habitual de participar. Todo ello en virtud de esa suerte de empatía que hace infeliz al que presencia la infelicidad de otro.

Por eso, y esta es la tesis que vengo a defender, cuando una depresión comienza, se pueden amortiguar sus efectos buscando el consuelo de los demás, su protección y apoyo. Regresando a la comunidad para reinsertarse en su núcleo y compensar los efectos negativos del individualismo, asumiendo la necesidad básica y primera de todo ser humano de pertenecer a un grupo y vivir en sincronía con él.

Igualmente, si la depresión se ha desarrollado ya, la mejor estrategia es recurrir a un psicólogo para que cree, de modo técnico y científico,  ese entorno reparador que supone estar en contacto con otra persona dispuesta a cuidar. Y no esperar que los fármacos hagan todo el trabajo.

En esta época de profundas transformaciones y necesitamos revisar conceptos básicos, como la idea de «comunidad», «red social» o «con-viviencia»,  y darles un sentido más amplio y rico que el dado por Facebook o Twitter.

La eficacia de la comunidad para curar la depresión y preservar la salud está ampliamente investigada y documentada, pero mientras discurra en entornos virtuales se tratará de encuentros con una capacidad sanadora limitada. Un simulacro de comun-unión que alimenta pero no sacia.

www.oriolrojas.com

 

 

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  • ¡¡Cuanta razón se desprende de este trabajo!!. Felicito a Blogoferoz por la serie de artículos de contenido piscológico y humano que el autor ha ido publcando semana a semana y que, sin dudarlo, enganchan . Por favor, que no se acaben.