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CINE. «Jane Eyre». Romanticismo Gótico Versión Indie.

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Manuel E. Díaz Noda.-

INTRODUCCIÓN

El estreno de una nueva adaptación de “Jane Eyre” de Charlotte Brontë nos devuelve una historia universal, aclamada como una de las más representativas novelas del romanticismo británico, además de un importante antecedente de la literatura feminista, con su denuncia de los diferentes niveles de confinamiento y discriminación a los que se veían sometidas las mujeres en el siglo XIX. En esta nueva versión, el director californiano Cary Fukunaga afronta el reto de actualizar una historia que ya ha sido llevada al cine en múltiples ocasiones, destacando las versiones de 1944 (“Alma Rebelde”, dirigida por Robert Stevenson, con Joan Fontaine y Orson Welles), 1970 (de Delbert Mann, con Susanna York y George C. Scott), 1996 (la miniserie para televisión que realizó Susanna White con Ruth Wilson y Toby Stephens) o 1997 (de Franco Zeffirelli, con Charlotte Gainsboug y William Hurt).

CLASICISMO

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“Jane Eyre” se publicó en 1847, siendo la primera de las novelas de las famosas hermanas Brontë en salir a la luz. Ese mismo año, Anne y Emily presentaban también “Agnes Grey” y “Cumbres Borrascosas”, respectivamente. Sin embargo de las tres fue el relato de Charlotte el que obtuvo una mayor aceptación por parte del público, aunque los vínculos y similitudes entre las tres obras son ineludibles. La novela que aquí nos concierte sigue la vida de una joven huérfana de carácter indómito, quien precisamente por esto es repudiada al internado de Lowood por parte de su tía política y tutora, la Señora Reed. Allí la dureza del centro intentará doblegar su carácter hasta convertirla en una persona introvertida y ausente, con su efímera relación con Helen Burns, una compañera de suplicios, y la Señorita Temple como únicos pilares de verdadero cariño y amor. Tras abandonar la institución logra un trabajo como institutriz en la mansión de Thornfield Hall, propiedad de Edward Rochester, un adusto y amargado personaje con el que poco a poco Jane irá entablando una íntima relación. Sin embargo, Thornfield es un viejo edificio, repleta de oscuras esquinas, secretos y fantasmas.

La novela de Charlotte Brontë comprende un amplio espectro de la vida de su protagonista, desde su infancia hasta su madurez, algo que se convierte en prácticamente inabarcable para los cánones cinematográficos. Es por esto que el libreto de Moira Buffini (“Tamara Drewe”), aunque infatigable en su respeto por la obra y los diálogos de los personajes, opta por centrarse en el periodo en Thornfield de Jane Eyre, haciendo referencia a otros acontecimientos de la novela de manera fragmentada. Buffini evita añadidos o variaciones a nivel argumental, así como la tentación de aportar una lectura postmoderna de la novela, pero sí se ve en la necesidad de alterar la linealidad del relato original. El episodio de la infancia de Jane con su tía en Gateshead Hall y su posterior reclusión en Lowood se reduce a breves flashbacks que sirven para establecer el carácter rebelde de la protagonista, así como su desventurada infancia, mientras que su relación con St. John Rivers y sus hermanas sirve de prólogo y epílogo, a modo de marco temporal dentro del cual se narra las vivencias previas de nuestra heroína y cómo acabó a las puertas de la casa del predicador. En este sentido, la película se apoya en el conocimiento previo que el espectador pueda tener de la novela. Aunque perfectamente comprensible para aquellos que no hayan leído la historia, tanto el director como la guionista asumen ese bagaje previo por parte del público objetivo al que va dirigida la película, lo que les permite abandonar en cierta forma las necesidades narrativas de la trama, para dejarse llevar por un acercamiento más impresionista y descriptivo de los personajes.

Jane Eyre

Dentro de los elementos clasicistas de la cinta debemos situar el respecto a los personajes y la loable labor de los intérpretes, especialmente los dos protagonistas, Mia Wasikowska y Michael Fassbender a la hora de recrear el hermético mundo interior de Jane Eyre y Edward Rochester. Se trata de dos personajes heridos, a los que sus infortunios les han ido aislando de lo que les rodea, de ahí que su relación romántica resulta muy difícil de traspasar a la pantalla por todo lo que conlleva de subtexto y silencios compartidos. En este sentido la película pasa a sustentarse en gran parte en la química existente entre los dos actores, entre los que se evidencia una conexión y una atracción cada vez que comparten escena. Gracias a este papel Wasikowska supera el listón marcado en la “Alicia en el País de las Maravillas” de Tim Burton, demostrando que se trata de una actriz de una considerable madurez interpretativa a pesar de su juventud, manteniéndose absolutamente sobria y distante durante prácticamente todo el metraje, pero sin caer en la artificialidad, rigidez o sosería, y marcando perfectamente la transición a los momentos de liberación emocional del personaje, sin que éstos resulten bruscos o inconexos. Fassbender, por su parte, reafirma su actual posición como uno de los actores más solventes y aclamados del panorama cinematográfico. En un año donde ya le hemos visto como Magneto (“X Men: Primera Generación”) o Carl Jung (“Un Método Peligroso”) y en el que ya se postula como fuerte candidato al Oscar por su papel en “Shame”, se ha atrevido con un papel tan difícil y poco agraciado como el de Edward Rochester, lidiando con esmero con el temperamento violento y amargado del señor de Thornfield. Es a través de la complicidad con Wasikowska que matiza el apartado emocional del personaje, sin caer en ningún momento, al igual que su compañera de reparto, en salidas de tono o histrionismos con los que podría haber visto tentado ante un papel de este calibre. De entre los actores secundarios es de justicia destacar también la excelente labor de Judy Dench, como la Señora Fairfax, el ama de llaves. Esta veterana actriz, de amplia experiencia teatral, aporta una gran presencia en pantalla a su personaje, aunando un importante componente emocional (es el mayor apoyo afectivo que tienen tanto Jane como Edward en la trama) con un lado tenebroso (como custodia de la mansión, no puede evitar contagiarse de ese halo siniestro inherente a Thornfield).

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A la hora de mantener la verosimilitud de la historia, esta nueva versión de “Jane Eyre” deposita mucha importancia a la escenografía de la película. La dirección artística de Karl Probert es tremendamente meticulosa a la hora de definir la personalidad de cada espacio, entablando comunicaciones directas con los diferentes personajes, especialmente en todo lo que se refiere a la recreación de Thornfield Hall. La mansión pasa a convertirse en un protagonista más, representado de manera externa por la Señora Fairfax y el espíritu velado de Bertha Mason, pero también con suficiente entidad como escenario, contrastando la inexorable y amenazante oscuridad del interior con la nebulosa luminosidad del bosque que la rodea. Todo esto contribuye a darle un tono fantasmal que la aísla del mundo exterior, como si fuera una especie de limbo en el que han quedado atrapados los personajes que pululan por ella. Como en toda película de época que se precie, también el vestuario, a cargo de Michael O’Connor, cobra una gran relevancia a la hora de acomodar a los actores en sus personajes, pero también para generar la debida ambientación temporal. Aquí se juega con el contraste entre austeridad y ostentación, siendo lo primero parte de las virtudes de los personajes positivos de la trama (Jane, St. John Rivers, incluso Edward pese a su posición social viste con gran sobriedad), mientras que lo segundo distingue a los más avariciosos y perniciosos (a destacar especialmente, pese a su breve papel, la Señora Reed encarnada por Sally Hawkins, ridículamente pomposa).

MODERNIDAD

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Como hemos visto, existe en la película una honda preocupación por mantener la fidelidad al contexto de la obra y sus personajes, sin embargo, esto por sí sólo no justifica una nueva adaptación de “Jane Eyre”, ya que la mayor parte de las versiones previas también habían optado por esta vía. En este sentido, si bien el sello de la BBC avala el clasicismo anteriormente comentado, estéticamente se impone el peso de la otra productora, Focus Features, una de las empresas líder del cine independiente más comercial, responsable de “Lost in Translation”, “Olvídate de Mí”, la más reciente versión de “Orgullo y Prejuicio”, “Deseo, Peligro”, “Expiación. Más Allá de la Pasión” o “Los Chicos Están Bien”.

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Precisamente debido a la alargada sombra de cineastas como Robert Stevenson, Delbert Mann, Susanna White o Franco Zeffirelli, a la hora de hacer suya la cinta, Cary Fukunaga necesitaba encontrar su propia visión de la novela y lo ha conseguido a través de su puesta en escena, donde sí se permite apartarse del academicismo de anteriores directores. Como hemos indicado, el guión de Moira Buffini opta por concretar el argumento al bloque central de la novela, manteniendo sólo pequeños flashes de otros apartados de la obra original que sirvan de apoyo para la continuidad de la historia. Esto permite al director prestar más atención al mundo interior de la protagonista y a la creación de ambientes. Si bien el personaje de Jane Eyre se mantiene distante del mundo que la rodea, la cámara se aproxima a ella en todo momento, con planos intimistas y de inspiración más pictórica que narrativa. De esta manera la versión de Fukunaga enfatiza los silencios y lo que dejan entrever los personajes por encima incluso de las acciones o los diálogos. Visualmente embriagadora, la cinta consigue así trascender su bagaje literario para narrar la historia a través de las imágenes.

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Para lograr esto el cineasta se ha apoyado especialmente en la dirección de fotografía, a cargo de Adriano Goldman (con quien Fukunaga ya había trabajado en su anterior película, “Sin Nombre”), y la composición musical, con una deliciosa partitura a cargo de Dario Marianelli (no por casualidad autor de la envolvente banda sonora de “Orgullo y Prejuicio” de Joe Wright). El primero apuesta por el naturalismo en la iluminación, evitando la luz artificial y apoyándose sobre todo para las secuencias de interior en el uso de velas, candelabros y chimeneas situadas dentro de la propia escena. Esto consigue dar a Thornfield un ambiente aún más gótico y tétrico, constantemente oculto entre sombras, de las que los protagonizas de guarecen con la ayuda del fuego. Esta oscuridad contrasta con las escenas de exterior, donde se enfatiza el espacio que rodea la mansión, estableciéndose un vínculo más estrecho entre la protagonista de la historia y la naturaleza. Pero incluso en este entorno natural, Goldman subraya también elementos de amenaza o suspense, como el inicio de la película, donde vemos el suplicio de Jane abandonada en tierra de nadie y atravesando un terreno agreste y hostil antes de obtener refugio en casa de los Rivers, o el primer encuentro con Edward Rochester, donde la fotografía adquiere un tono más ominoso, profetizando la llegada de un personaje oscuro y atormentado.

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La música apoya también estos elementos, poniendo voz a la protagonista en su deambular por el bosque que rodea Thornfield, así como marcando la presencia fantasmal de Bertha Mason o el vínculo romántico que se crea entre Jane y Edward. Destaca el uso de las cuerdas, especialmente el violín (magistralmente interpretado por el solista Jack Liebeck), así como la sutil presencia de la voz femenina (a cargo de Melanie Pappenheim) para definir a nuestra heroína. Como la fotografía, la partitura de Marianelli prefiere apostar por la sugerencia, y si bien debe tomar el protagonismo de muchas escenas, lo hace sin cargar las tintas en el apartado melódico. Una vez más la contención se convierte en el principal recurso de la película, reservándose un uso más efusivo de la música para contadas escenas, aquellas en las que también los personajes se liberan de sus barreras y se dejan llevar por sus emociones (la declaración de matrimonio de Edward o el clímax final). Aun así, incluso en estos momentos, Marianelli evita dejarse llevar por un derroche de afección que desequilibre la sutilidad del resto de la partitura.

CONCLUSIÓN

Pese a todos los esfuerzos, esta nueva versión de 2011 de “Jane Eyre” sigue teniendo que lidiar con el peso de tratarse de una enésima adaptación de la archiconocida novela de Charlotte Brontë, ya sea de cara a los admiradores de este clásico de la literatura o a aquellos espectadores que sienten reticencias por este tipo de películas de época por miedo a encontrarse con productos impostados y pretenciosos. Es cierto que, si bien se arriesga a soliviantar a los más puristas, rompiendo la estructura lineal de la obra o apostando por una estética menos academicista, su concienciada fidelidad con el relato hace que no aporte a nivel argumental ninguna sorpresa o innovación a aquellos que están más familiarizados con el libro o algunas de las múltiples adaptaciones precedentes. Esto no quita para que se trata de una versión exquisita, realizada con mimo y cuidado, una película preciosista y delicada donde la conjunción de la esmerada interpretación de los actores, una bellísima fotografía y una elegante partitura musical consiguen hacer las delicias del espectador atento y desprejuiciado.

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