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CINE. «Un Dios Salvaje» / «Un Método Peligroso». La Admirable Madurez de Dos Cineastas.

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Manuel E. Díaz Noda.-

INTRODUCCIÓN

En una cartelera dominada por los estrenos de “La Saga Crepúsculo. Amanecer. Parte I” y “El Gato con Botas”, resulta refrescante encontrar el sello de dos cineastas de la experiencia y la personalidad de Roman Polanski y David Cronenberg, quienes lejos de encasillarse en un estilo predefinido después de una filmografía tan extensa, consiguen que su discurso siga manteniéndose fresco e inesperado. Resulta llamativo que dos autores a los que siempre se ha vinculado con una narrativa morbosa y desmedida hayan coincidido este mes en presentarnos sendos trabajos de marcada austeridad y discreción en su planificación, dejando el principal peso de la cinta en manos del texto, la escenografía y los actores: “Un Dios Salvaje” y “Un Método Peligroso”.

DOS CINEASTAS

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Son muchos los elementos que pueden vincular las filmografías de Polanksi y Cronenberg. Ambos son conocidos por su preferencia por personajes de psicología estriada (“Repulsión”, “El Quimérico Inquilino” / “Inseparables”, “Spider”), ambientes lúgubres, retorcidos y perversos (“La Semilla del Diablo”, “El Pianista” / “El Almuerzo Desnudo”, “Promesas del Este”), referencias sexuales basadas en el sadomasoquismo y la sumisión (“Lunas de Hiel”, “La Muerte y la Doncella” / “Videodrome”, “Crash”), un sentido del humor subversivo e irreverente (“Callejón Sin Salida”, “El Baile de los Vampiros” / “El Almuerzo Desnudo”, “eXistenZ”) y con una escenificación de la violencia que fluye de lo físico y explícito a lo más primario e irracional (“Chinatown”, “La Muerte y la Doncella” / “Cromosoma 3”, “Un Historia de Violencia”). Los dos han jugado con las claves de la industria, disfrazando de películas de género títulos que buscaban trascender los estereotipos hollywoodienses (“Frenético”, “El Escritor” / “La Zona Muerta”, “La Mosca”) y cuando público y crítica creían tenerlos acotados en unos parámetros determinados, no han dudado en salirse del patrón sin perder por ello un ápice de personalidad o coherencia artística (“Tess”, “Oliver Twist” / “M. Butterfly”). Es por esto que dos títulos como “Un Dios Salvaje” o “Un Método Peligroso” resultan a un mismo tiempo excepcionales y congruentes con la trayectoria de sus creadores. El primero conecta con los orígenes en el teatro del absurdo de la carrera de Roman Polanski, además de ajustarse a su gusto por la desarticulación de los arquetipos sociales; el segundo, al igual que sucediera en 1993 con “M. Butterfly”, viene a confirmar que el discurso de David Cronenberg es más profundo que ese regusto malsano por el cuerpo humano y sus mutaciones que ha caracterizado a sus títulos más representativos.

FUENTES TEATRALES

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Siguiendo con las coincidencias, nos encontramos con que ambas películas parten de sendas obras de teatro y que, en ninguno de los dos casos, sus directores han querido esconder estos orígenes, manteniendo en gran medida los diálogos y el tono del texto dramático. La francesa Yasmina Reza, autora también de la célebre “Arte”, presentó “Un Dios Salvaje” en 2007, donde seguía ahondando en su idea de la destrucción de la cultura oficial, las falsas jerarquías sociales y las relaciones humanas. Con un argumento de partida sencillo, casi anecdótico, en el que dos matrimonios de clase acomodada se reúnen para hablar civilizadamente de la pelea que han tenido sus hijos, la autora se dedica a ir eliminando capa por capa todos los artificios y las hipocresías con las que el ser humano ha ido adornando la civilización en busca de una convivencia cordial. A lo largo de una hora y cuarto, vamos viendo como los protagonistas van cambiando de alianzas, a medida que los vínculos entre ellos se van enrareciendo. La unión de los dos matrimonios da paso a una lucha de clases y superioridad cultural, para posteriormente pasar el testigo a una guerra de sexos, hasta depurar finalmente en un individualismo primitivo y sin salida. La película se ajusta fielmente al texto original, introduciendo simplemente un prólogo y un epílogo en absoluto gratuitos, además de optar por la versión estadounidense de la obra, que cambia la ambientación parisina por un piso en Brooklyn (aunque paradójicamente la cinta se rodó en París).

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Por su lado, “Un Método Peligroso” parte del interés del dramaturgo y guionista Christopher Hampton (“Las Amistades Peligrosas”, “Expiación. Más Allá de la Pasión”) por las figuras de Sigmund Freud y Carl Jung, que desembocó en 2002 en la obra “The Talking Cure”. Al igual que hiciera en su momento con “Las Amistades Peligrosas”, para escribir esta obra, Hampton se basó en gran parte en la novela de John Kerr “Un Método Peligroso”, así como en la correspondencia que durante años intercambiaron los dos padres del psicoanálisis, indagando también la influencia que generó entre ellos la figura de Sabina Spielrein, primero como paciente de ambos y posteriormente también como psicoanalista. La obra no pretende en ningún momento profundizar en las teorías del psicoanálisis, pero no duda en reflejar en ellas a sus ideólogos primigenios, exponiendo sus propios conflictos y la singularidad de sus personalidades. Todo ello ambientado en una Europa en pleno proceso de cambio, no sólo por las implicaciones de estas ideas en el pensamiento moderno, sino también por la cercanía de la Primera Guerra Mundial, todo un cisma en la Historia que marcó la violenta personalidad del Siglo XX.

INTERPRETACIÓN

Como decíamos antes, ambos cineastas depositan una gran confianza en el trabajo de sus actores protagonistas, de ahí que nos encontremos con un reparto de intérpretes excepcional. Al fin y al cabo se trata de dos historias regidas por la personalidad de sus protagonistas, y tanto Polanski como Cronenberg son conscientes de que nada debe distraer la atención del espectador sobre ellos.

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En el caso de “Un Dios Salvaje”, esta predominancia de los personajes queda marcada por el mero hecho de contar tan sólo con cuatro protagonistas atrapados en un único espacio, como si de “El Ángel Exterminador” de Buñuel se tratara. Jodie Foster, como Penelope Longstreet, representa la hipocresía de nuestra sociedad y su obsesión por lo políticamente correcto, aunque en su interior reside una convicción de superioridad intelectual y de faro moral, además de la necesidad de controlarlo todo, reconocible en su obsesión liberal por Darfur, su fetichismo por sus libros de arte o su ciega inflexibilidad acerca de la culpabilidad del niño que agredió a su hijo. John C. Reilly interpreta a su marido, Michael Longstreet, cultural y socialmente inferior a su esposa, quien durante gran parte de la película opta por comportarse de manera sumisa y pusilánime, hasta que el dios salvaje va desnudando su verdadera personalidad, egoísta, violenta y machista. El otro matrimonio está formado por Alan y Nancy Cowan, interpretados por Christophe Waltz y Kate Winslet. Él, abogado de éxito, es el miembro dominante de la pareja y el principal contrincante contra el idealismo de Penelope. Alan se presenta como un personaje amoral, desapegado emocionalmente de su mujer y su hijo y obsesionado con su trabajo. Su carácter autoritario y despótico le convierte en el personaje aparentemente más sincero de la obra, no dudando en evidenciar en todo momento la falsa moralidad y la hipocresía de la reunión. Sin embargo, toda esa seguridad acabará derrumbándose cuando su propia esposa destruye su tótem de poder, un teléfono móvil. Por su parte, Nancy Cowan se presenta como el personaje más débil del cuarteto de protagonistas, sumisa ante su esposo, es la encargada de atender las cuestiones domésticas de la pareja, de ahí que, al igual que Michael, inicialmente se presente con una personalidad conciliadora, intentado limar las asperezas de la situación y del choque de personalidades entre Penelope y su marido. Paradójicamente, pese a este carácter débil, es ella quien va a atacar de manera más íntima a los dos personajes dominantes de la trama, Alan y Penelope. Al primero, metiendo su móvil en un jarrón con agua, a la segunda, vomitando profusamente sobre sus libros de arte.

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Entre los cuatro actores se establece una química especial, conscientes todos ellos de que la obra está concebida para su lucimiento conjunto. En este sentido, cada uno de ellos se va pasando el testigo de manera generosa y cordial, desplegando su capacidad en aquellos momentos en que su personaje debe tomar el protagonismo, pero regresando a un segundo plano de buen grado cuando le toca el turno al compañero, apoyándolo para enfatizar su trabajo. Los cuatro sacan partido al tono grotesco y excesivo de la cinta y no dudan en desmelenarse con su interpretación, desarrollando a lo largo del metraje una actuación cada vez más histriónica que subraya la progresiva “desnudez” de su personaje. Resulta también llamativo como, especialmente en el caso de ellas, se produce una autoparodia de la imagen pública real de los intérpretes. Jodie Foster parece reírse de su fama de actriz culta, comprometida y combativa, mientras que Kate Winslet rompe con su imagen de actriz británica de cuidadas maneras y curtida en dramas de época protagonizando el momento más escatológico de la película, así como soltando procacidades a destajo en el clímax final de la película.

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Al contrario que Polanski a sus actores, Cronenberg pide a sus intérpretes una gran sobriedad. Salvo los ataques de histeria de Sabina Spielrein (que el mismo director ha definido como una versión edulcorada de la realidad), todos los actores ofrecen un trabajo frío, distante y desafectado que contrasta con la ferocidad y los conflictos internos de sus personajes. El protagonismo de “Un Método Peligroso” nos presenta un interesante trío intelectual entre Jung, Freud y Spielrein, interpretados por Michael Fassbender, Viggo Mortensen y Keira Knightley. Como indicábamos antes, aquí lo principal no es reflejar el proceso de desarrollo de las tesis psicoanalíticas, sino confrontar a los personajes con su propia criatura para evidenciar sus monstruos internos. Sabina Spielrein es la que menos esconde su verdadera naturaleza, protagonizando el momento más “cronenbergiano” de la película, ese prólogo de la película donde el personaje sufre un ataque de histeria que la obliga a deformar su cuerpo debido a los espasmos. A través del tratamiento con Jung y tras la aceptación de su propia sexualidad, se irá encauzando física y psicológicamente hacia los patrones normativos de la sociedad aunque sin llegar a perder nunca cierta deformidad física, como si fuera una “psicatriz” o una letra escarlata que la marca como una paria. Freud, por su parte, es un personaje definido por diferentes máscaras. Su imagen autoritaria y su prepotencia hacia quienes le critican esconden sus inseguridades, agudizándose en su relación con Jung, al que acoge como discípulo mientras se somete a su dictado, pero al que repudia y ataca en cuanto empieza a cuestionar su autoridad. Este miedo hacia su colega queda evidenciado cuando se niega a contarle un sueño y, por lo tanto, exponerse emocionalmente ante él. Otra máscara del personaje va relacionada con la sexualidad, insinuándose en la película que su obsesión por vincular toda lectura psicoanalítica con el sexo deviene de su propia represión. Por último, Jung se convierte en el personaje más contradictorio de la cinta, un verdadero monstruo con piel de cordero, que se autoengaña para justificar lo reprobable de muchas de sus acciones. La descripción que se nos hace de él nos presenta a un hombre elegante, educado, sobrio, en continuo control de sus emociones, pero al que su interacción con Sabina Spielrein, primero, y con Otto Gross, después, hace tambalear ese equilibrio que siempre se ha autoimpuesto. A lo largo de la película iremos conociendo mejor a este personaje y cómo moldea la realidad y las consecuencias de sus actos para dirimir responsabilidades en los demás. En este sentido, Jung es el protagonista cronenbergiano por excelencia de esta historia, como ya lo fueron en su momento Max Renn, Seth Brundle, los hermanos Mantle o René Gallimard, todos ellos pioneros que, en su viaje de exploración exterior, acabaron prisioneros de su propio subconsciente.

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Existen otros personajes secundarios de peso en la historia, como el ya mencionado Otto Renn (Vincent Cassel) o Emma Jung (Sarah Gadon). El primero se convierte en la antítesis de Freud, defendiendo unas tesis epicúreas y de liberación sexual que socavan las reticencias de Jung hacia su deseo por Sabina Spielrein y le incitan a liberarse en alas de una relación sadomasoquista. La segunda supone también el reverso de Sabina, ofreciendo una imagen de sumisión diferente. Mientras ésta busca en el sometimiento físico su propio placer sexual, la segunda, perfecta esposa, madre y señora de su casa, sacrifica su propia identidad por un convencionalismo social, soportando la indiferencia de su marido y su infidelidad pese a que es ella y el dinero de su familia lo que sostiene económicamente la carrera de Jung, ejerciendo su posición de poder únicamente en aquel momento en que ve peligrar el equilibrio de ese mundo de apariencias en el que viven.

DISEÑO DE PRODUCCIÓN

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Tanto en “Un Dios Salvaje” como en “Un Método Peligroso” encontramos un exquisito cuidado por todo lo referente a la escenografía, hasta el punto de que aspectos como los decorados o la caracterización de los personajes resultan más reveladores que sus propios diálogos. En la cinta de Polanski, el diseño del decorado corrió a cargo de Franckie Diago, ideando el apartamento ideal para un matrimonio de clase media-alta neoyorquino, con especial detalle en una serie de aspectos fundamentales para la trama: la selección de libros de arte expuestos sobre la mesa de la salita y el jarrón con los tulipanes amarillos. Al mismo tiempo, los cuatro personajes quedan perfectamente delineados con el vestuario escogido por Milene Canonero, desde el estilo alternativo de Penelope, hasta el femenino, pero frío conjunto de falda con rebeca de Nancy, pasando por el atuendo conservador de Michael o el elegante y distinguido traje con gabardina y bufanda de Alan.

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Por otro lado, Cronenberg reproduce con precisión los despachos reales de Jung y Freud o la Viena y la Suiza de la época, a través de la labor de dirección artística de Anja Fromm y los refinados decorados de Gernot Thöndel. El carácter controlador y detallista de los personajes queda reflejado en su entorno, así como en su escritura (el propio Viggo Mortensen estuvo ensayando la caligrafía de Freud para los momentos epistolares de la trama). Una vez más, la labor de vestuario corrió a cargo de la hermana del cineasta, Denise Cronenberg, quien también elaboró con cuidado la identidad de los personajes y sus características a través de sus ropajes. Cronenberg contrasta las diferencias económicas entre Freud y Jung por el tipo de ropa que utilizan, sobria y elegante en ambos casos, pero algo más ornamentada y pomposa en el caso del protagonista, frente a la austeridad de su mentor. En el caso de los personajes femeninos el vestuario marca diferentes matices sexuales. Sabina es presentada con ropas más sugerentes y telas transparentes, mientras que Emma Jung resulta más pudorosa al usar prendas adecuadas a la costumbre más conservadora de principios del Siglo XX, que cubrían su cuerpo desde el cuello hasta los pies.

CONCLUSIÓN

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Ante casos como los expuestos en este texto, uno no puede más que agradecer el regalo que supone poder disfrutar de la obra de autores tan personales y arriesgados que, como decía el propio Cronenberg en una entrevista reciente, no tengan miedo a “mostrar a gente interesante diciendo cosas inteligentes”. Para quien esto escribe, tanto “Un Dios Salvaje” como “Un Método Peligroso” entran de manera segura entre lo mejor que nos ha ofrecido este año 2011 y suponen un nuevo espaldarazo de confianza en el futuro de la filmografía de estos dos autores cinematográficos.

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