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CINE. «Criadas y Señoras». Tres Grados de Separación.

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Manuel E. Díaz Noda.-

INTRODUCCIÓN

“Criadas y Señoras” nos devuelve un tipo de cine hollywoodiense comercial y amable, pero no por ello menos reivindicativo, en la línea de títulos como “Paseando a Miss Daisy” o “Tomates Verdes Fritos”. La convulsión social experimentada en Estados Unidos durante los años 60 se ha convertido en uno de las principales fuentes de inspiración para la industria del cine, y en esta ocasión, a partir del material original de la novela homónima de Kathryn Stockett, se ha querido abarcar diferentes niveles de segregación dentro de una misma historia. El origen de la película se debe al reencuentro de la novelista con el actor Tate Taylor, amigo de la infancia de ésta, quien enseguida se sintió cautivado por la historia de la novela, especialmente por su carácter nostálgico que le retrotraía a su niñez y su educación a cargo de diferentes niñeras. Existe por lo tanto un cierto componente autobiográfico tanto en la novela como en la película, lo que ayuda a darle una mayor autenticidad y cercanía. Fue esto precisamente lo que motivó a Tate Taylor a escribir el guión y lo que sirvió de detonante a los productores, especialmente Chris Columbus, para encargarle la dirección de la película.

GRADO 1. DISCRIMINACIÓN RACIAL

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El primer punto sobre el que se sustenta la cinta es la denuncia del racismo y, en cierta forma, la prolongación de la esclavitud en Estados Unidos a través de la situación del servicio de ayuda doméstica integrado por mujeres de raza negra en la Norteamérica de los años 60. Esto queda patente desde el principio de la cinta, cuando la protagonista, Aibileen (Viola Davis) comenta que siempre supo que su destino era ser criada, ya que ese había sido el trabajo de su madre y, previamente, su abuela que era la esclava de la casa. Pese a la abolición de la esclavitud, y a las puertas de los cambios sociales que proclamaban defensores de los derechos sociales como Martin Luther King o Medgar Evers, en la película se ilustra a la perfección la clara línea divisoria que separaba a negros y blancos en la sociedad, ejemplificada por algo tan aparentemente trivial, pero también bochornoso y humillante, como la colocación de un baño fuera de la casa para que las criadas no utilizaran el principal. El miedo de la población negra a traspasar los límites que le habían impuesto los blancos también queda reflejado en la cinta, sobre todo en las reticencias de Aibileen y Minny (Octavia Spencer) a participar en el libro que narra sus experiencias. Un miedo que se subraya localizando la acción en las mismas fechas del asesinato real de Medgar Evers (12 de junio de 1963). Esta línea divisoria es bilateral, afectando también a los blancos que intentan tener un acercamiento con la comunidad negra, como es el caso de la otra protagonista, Skeeter (Emma Stone), quien es vista con desconfianza por sus amigas de la infancia por defender los derechos de los negros o compartir con ellos espacios destinados exclusivamente para las criadas, como la cocina. El principio de la película marca el regreso de Skeeter de la Universidad a su casa familiar, lo que la presenta como un personaje más abierto que los demás, con una visión moderna de la integración (en ocasiones quizás demasiado moderna, pudiendo perfectamente pasar por un personaje actual).

GRADO 2. DISCRIMINACIÓN SOCIAL

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La principal herramienta esgrimida por este microcosmos de la sociedad sureña para fundamentar y perpetuar la segregación racial es la discriminación social. Abolida la esclavitud, ésta se vio perpetuada con trabajos miserables y bajos ingresos, que mantenían a la sociedad negra hacinada en guetos y dependiente de su servidumbre a la sociedad blanca para poder llevar comida a su familia. Esto implicaba, además, sacar a las niñas de los colegios en cuanto tenían edad para trabajar en las casas de los blancos, por lo que la falta de educación ensanchaba la separación social entre las dos razas. En “Criadas y Doncellas”, la clase alta está formada íntegramente por los personajes blancos, mientras que los negros representan a la clase baja, no mostrando la cinta ningún escalafón intermedio. Lo que sí encontramos son repudiados sociales, como el caso del personaje de Celia Foote (Jessica Chastain), alguien ajeno al núcleo social, pero que accede a éste al casarse con uno de los jóvenes prohombres del pueblo, encontrándose con el rechazo de las otras mujeres. La otra repudiada es Skeeter, cuyas ideas feministas e integracionistas la van alejando de sus amigas de la infancia, especialmente de Hilly Holbrook (Bryce Dallas Howard), la abeja reina de la colmena. Tanto Celia como Skeeter se han desprendido de los prejuicios raciales (la primera fue criada con otros valores, mientras que la segunda ha pasado cuatro años fuera, adquiriendo otra perspectiva del mundo) por lo que su relación con Aibileen y Minny es más abierta, cordial y natural.

GRADO 3. DISCRIMINACIÓN DE GÉNERO

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“Criadas y Señoras” es una película protagonizada exclusivamente por mujeres. Los personajes masculinos que aparecen son mínimos y muy secundarios. Sin embargo, el peso del machismo en esta sociedad es determinante en el tratamiento de los personajes. Ambos bandos se ven afectados por el predominio masculino en la sociedad y ven frustrado su desarrollo vital por el espacio que los hombres les han dejado. De todo el conjunto de personajes sólo Skeeter ha tenido la oportunidad de estudiar, tiene aspiraciones profesionales (aunque en el periódico local sólo le permiten encargarse de la sección de consejos para el hogar, un apartado sólo desempeñable por una mujer, aunque, como es su caso, no tenga conocimiento alguno al respecto) y no se siente especialmente motivada a cumplimentar el ritual social del matrimonio. Esto la convierte en una extraña en este microcosmos, siendo presionada desde diferentes frentes para que renuncie a sus ideas subversivas y se amolde al canon social. La discriminación por género obliga a las niñas de raza negra a dedicarse a pronta edad a continuar con la labor de sus madres, pero tampoco las blancas tienen un panorama mucho más abierto. Ellas pasan de la pubertad a casarse y tener hijos, dos responsabilidades para las que no están preparadas, negándoseles también tener otro tipo de ambiciones en la vida. El concepto de maternidad pasa a ser un elemento fundamental dentro de la historia, por como el cuidado de los niños es delegado a las criadas. Esto queda ilustrado perfectamente en otra de las subtramas de la cinta, la que concierne a Aibileen y Lilly Leefolt (Ahna O’Reilly). La segunda es todavía una niña inexperta, incapaz de afrontar la responsabilidad de ser madre, acentuada además por el hecho de tener una hija que no se ajusta a los cánones de belleza de esa sociedad. El apego materno-filial que se crea entre la niña y la criada, y la afirmación de que, a pesar de esto, al crecer esas niñas pasan a perpetuar los mismos prejuicios racistas de sus padres biológicos se convierte en una de las ironías más dolorosas de la película (y uno de las más extrapolables a la sociedad actual, donde podemos ver cómo esa misma situación se perpetúa con inmigrantes latinoamericanas o tailandesas, por ejemplo).

EVALUACIÓN FINAL

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“Criadas y Señoras” ofrece una cuidada factura, extraordinarias interpretaciones por parte de todo su elenco, una fotografía preciosista y bien trabajada, un excelente ritmo de montaje y sabe aunar con precisión emoción y discurso. Todo está perfectamente medido y, dentro de las características de este tipo de películas, no podemos anotarle ninguna falla especialmente notable. Como indicábamos la semana pasada con “La Voz Dormida”, se trata de cine de discurso y sabe ejecutar sus resortes de la manera adecuada para llevar al espectador por el camino que requiere la historia. Sin embargo, fuera de su fórmula, si hubiese sido enriquecedor el haber contado con una perspectiva menos maniquea de los personajes y esa bilateridad social. Tate Taylor obvia por motivos puramente discursivos la existencia de una clase media-baja blanca, y carga mucho las tintas en la descripción caricaturesca del grupo de jóvenes señoras blancas, especialmente en el personaje de Hilly Holbrook, hasta el punto de convertirla en una especie de Cruella De Vil racista. Un tratamiento más complejo y menos estereotipado de los personajes hubiese permitido también llegar a las mismas conclusiones y la película se hubiese visto beneficiada en todo su apartado dramático. Por otro lado, el personaje de Skeeter resulta demasiado moderno para la época resultando un tanto inverosímil alguien con la mente tan abierta y unos objetivos reivindicativos tan marcados en la sociedad blanca de los años 60, sobre todo después de haberse criado y educado con esa mentalidad segregacionista. Es cierto que su función es servir de conexión entre la sociedad de la época y el espectador actual, pero más bien parece una especie de Marty McFly femenino que ha viajado en el tiempo y se escandaliza por unos prejuicios que la sociedad moderna ya ha ido dejado atrás (aunque, desgraciadamente, no erradicado).

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