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CINE. «La Cosa». Enigmas de Otro Mundo.

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Manuel E. Díaz Noda.-

INTRODUCCIÓN

El estreno de “La Cosa” de Matthijs Van Heijningen nos ha devuelto una historia escrita en 1948 y que nos ha ido acompañando durante más de medio siglo, con adaptaciones cinematográficas que han llegado de manera casi regular cada 30 años. “¿Quién hay Ahí?”, “El Enigma de Otro Mundo” o “La Cosa”, nombres con los que se ha conocido este relato en sus diferentes encarnaciones, parte de una historia sencilla, pero que en esencia recopila los materiales básicos del terror, no sólo en cuanto a la presencia de un ente desconocido, sino también a la propia naturaleza humana.

EL ORIGEN: “¿QUIÉN HAY AHÍ?” DE JOHN W. CAMPBELL (1948)

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El origen del relato difícilmente hubiese podido tener mejor progenitor que John W. Campbell. Uno de los pioneros de la ciencia ficción literaria y responsable de su llamada Edad de Oro, Campbell ha sido durante todo este tiempo una figura ambigua, pero de innegable huella en el género. Como escritor (labor para la que también utilizaba el seudónimo Don A. Stuart) gozó de una gran popularidad durante los años 30 y 40, sin embargo ha sido su legado como editor de la prestigiosa revista Astounding Science Fiction el que aporta una mayor relevancia a su carrera en el terreno literario. A través de la página de esta publicación abrió el camino a grandes escritores como Robert A. Heinlein, Issac Asimov, Theodore Sturgeon, Alfred E. Van Vogt, Hal Clement, Jack Williamson, L. Sprague de Camp o Clifford D. Simak, e inspiró a millones de lectores. Campbell, por otro lado, es recordado como una figura un tanto perturbadora. Su labor como editor era tremendamente intrusiva en el trabajo de los escritores que publicaban en la revista, hasta el punto de marcar unas estrictas directrices a las que había que adscribirse si se quería entrar en su círculo de autores (despreciando en ocasiones a futuros literatos de renombre como Ray Bradbury). Por su parte Assimov llegó a emparentarle ideológicamente con la defensa de la superioridad de la raza aria y, a finales de los 40, colaboró estrechamente con Rob Hubbard en la creación de la Iglesia de la Cienciología. “¿Quién Hay Ahí?” es un relato que ejemplifica algunas de las directrices de Campbell, como la presencia de seres extraterrestres, tecnológicamente superiores al ser humano, pero incapaces de competir con estos en inteligencia, de ahí que siempre se impusiera el hombre en estas batallas por el predominio. El relato se publicó en 1948 y enseguida llamo la atención del director y productor Howard Hawks.

PRIMERA ADAPTACIÓN: “EL ENIGMA DE OTRO MUNDO” DE CHRISTIAN NYBY (1951)

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Si las décadas de los 30 y 40 supusieron la Edad de Oro de la Ciencia Ficción Literaria, los 50 lo fueron para la cinematográfica. Fue durante este periodo cuando florecieron algunas de las más importantes producciones de un género que hasta ese momento parecía más destinado a seriales y producciones de serie B. Títulos como “Cuando los Mundos Chocan”, “Ultimátum a la Tierra”, “La Guerra de los Mundos”, “Invasores de Marte”, “La Humanidad en Peligro” o “Planeta Prohibido”, entre muchísimas otras, pasaron a convertirse en metáforas de los miedos de la sociedad estadounidense tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría. El Comunismo y los peligros del poder atómico se transformaron en extraterrestres procedentes del espacio exterior y criaturas de gigantesco tamaño que venían a asolar la aparente paz que proporcionaba la sociedad capitalista a sus ciudadanos. El cine se convirtió por lo tanto en una medida de control y de construcción de paranoia social que avisaba a los espectadores de los peligros que acechaban más allá de los márgenes trazados. Fue en este contexto que Howard Hawks vio en el relato de John W. Campbell los ingredientes perfectos para crear una película de ciencia ficción donde la amenaza se mantiene siempre distante y en la que el verdadero conflicto está en qué actitud tomar ante ella.

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Hawks y su guionista, Charles Lederer, prescindieron de muchos elementos del relato original, como la capacidad de visitante de adoptar diferentes formas, así como los recuerdos y la personalidad de sus víctimas, y escribieron un argumento bastante sencillo y acotado. Un grupo formado por científicos y militares descubre en el Polo Norte una misteriosa nave espacial y a su congelado tripulante. Al deshacerse el hielo éste despierta y empieza a atacar a sus anfitriones, alimentándose de su sangre. Los científicos de la expedición descubren que su composición celular es similar a la de las plantas y que es capaz de regenerar sus órganos cercenados. Mientras los investigadores quieren controlar a la criatura para poder estudiarla, el destacamento militar prefiere atacar y destruir a la amenaza.

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La película se construyó en base a dos elementos principales, por un lado la interacción de los personajes, con esa fascinación por la camaradería masculina tan propia del cine de su productor; y por otro, la tensión y el suspense que se crea entorno a la presencia de la criatura. Lo primero se consiguió gracias a un conjunto de actores bien seleccionados, entre los que destacaba Robert Cornthwaite como el Dr. Carrington, obsesionado por estudiar al visitante hasta el punto de poner en peligro a sus compañeros, y Margaret Sheridan, como su ayudante Nikki Nicholson, una mujer fuerte, vivaz e inteligente, que no se deja achicar por ese entorno mayoritariamente masculino (características muy propias de los personajes femeninos del cine de Howard Hawks). Para lo segundo, paradójicamente, fueron decisivas las carencias económicas y técnicas de la producción. Tras muchos diseños y pruebas de maquillaje, al final se optó por un alienígena claramente inspirado en la Criatura interpretada por Boris Karloff en el “Frankenstein” de James Whale. A ninguno le convencía especialmente este diseño, especialmente al actor bajo el monstruo, James Arness, quien se sentía ridículo y avergonzado, y dado el trabajo que suponía de maquillaje, se optó por limitar mucho las apariciones de la criatura en pantalla y mostrarla casi siempre en la distancia para que no fuera claramente perceptible por el espectador. Esto acabó incrementando el nivel de tensión de la película y aportando al monstruo un halo de misterio mucho más aterrador.

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En un giro que ha producido mucho debate sobre la verdadera autoría de la cinta, Hawks cedió la dirección de la película a Christian Nyby, hasta aquel momento montador de algunas de sus películas, aunque el productor supervisó de manera cercana toda la producción. El resultado fue una película tan netamente hawksiana que todo el mundo vio a Nyby como un hombre de paja tras el que se escondía Howard Hawks. El hecho de que la producción posterior de Nyby como director fuera totalmente insulsa e irrelevante se ha convertido también en un argumento para los que defienden esta teoría, a pesar de que tanto productor, como director, como todos los miembros del reparto reiteraron en todo momento que Nyby fue el verdadero realizador de la película.

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“El Enigma de Otro Mundo” nos ofrecía una reflexión sobre el miedo a los descubrimientos científicos tras la bomba Atómica, dibujando a través de la figura del Dr. Carrington a los científicos como irresponsables llevados por su ambición de conocimiento, incapaces de tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Por otro lado, Carrington también representa a aquellos que defendían o eran permisivos con los comunistas en Estados Unidos, imperando finalmente la postura del grupo de militares, quienes escogen la eliminación de la criatura como única salida a los riesgos que suponía para la sociedad. Este estado de paranoia quedó perfectamente resumido en el monólogo final del periodista Ned Scott (Douglas Spencer), donde prevenía al mundo para que siguieran vigilando el cielo, una expresión que pasó a convertirse en un grito de guerra de la ciencia ficción de la época.

“El Enigma de Otro Mundo” se convirtió en uno de los títulos clave del cine de ciencia ficción de los años 50. Su influencia se puede rastrear en múltiples títulos posteriores, llegando incluso al estreno en 1979 de “Alien, El Octavo Pasajero”. Curiosamente, fue el estreno de la cinta de Ridley Scott la que permitió un resurgir del cine de invasores extraterrestres agresivos, abriendo en 1982 las puertas al siguiente título de nuestro monográfico, “La Cosa” de John Carpenter.

LA OBRA MAESTRA: “LA COSA” DE JOHN CARPENTER (1982)

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John Carpenter siempre se ha confesado admirador del cine de Howard Hawks (entre sus cinco películas favoritas podemos encontrar tres obras de este cineasta, “Río Bravo”, “Río Rojo” y “Luna Nueva”). De hecho, antes de convertirse en uno de los principales referentes del género fantástico moderno, su gran sueño era convertirse en director de westerns. Durante sus años de universidad, participó como guionista en el cortometraje “The Resurrection of Bronco Billy”, para el que también compuso la música y se encargó del montaje; en 1976 dirigió “Asalto a la Comisaría del Distrito 13”, relectura contemporánea de “Rio Bravo”; y en “La Noche de Halloween” podemos apreciar algunas escenas de “El Enigma de otro Mundo” emitidas por un televisor. Sin embargo, curiosamente, pese a este amor por el cine de Hawks, “La Cosa” no nace como un proyecto propio, sino como un encargo del productor Stuart Cohen, antiguo compañero de la universidad de Carpenter, con guión de Bill Lancaster. Esto no quita para que la película esté considerada como la obra más personal de su filmografía y su trabajo más representativo.

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Pese a la admiración que siente por Howard Hawks y la película de 1951, Carpenter se distancia de la versión anterior regresando al relato de John W. Campbell y rescatando elementos desechados, sobre todo la capacidad metamórfica del visitante y la desconfianza interna que se genera entre todos los protagonistas al no saber quién de ellos es La Cosa. Esta nueva versión no ataca al comunismo o a los terrores de la Era Atómica, sino que reflexiona sobre el individualismo y la alienación de la sociedad moderna. También hay quien ha querido ver en ella incluso una temprana referencia al SIDA y a la infección interna del organismo humano. En este sentido, además de “Alien. El Octavo Pasajero”, podemos encontrar parentescos de la cinta de Carpenter con otras producciones de la época, como las primeras películas de David Cronenberg (“Vinieron de Dentro de”, “La Mosca”) o “La Invasión de los Ultracuerpos” (también remake de un clásico de la Ciencia Ficción de los años 50, a su vez basado en una novela de Jack Finney). Pese a estas diferencias, en la versión de Carpenter seguimos encontrando un fetichismo muy cinéfilo hacia la versión de Howard Hawks, en detalles como la representación del momento en que la expedición de noruegos forman un círculo al encontrar la nave alienígena, la descripción de la camaradería existente entre ese grupo integrado sólo por personajes masculinos, o toda la puesta en escena de la película, clara, directa y sin artificios.

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“La Cosa” supuso la tercera colaboración de John Carpenter con el actor Kurt Russell, tras un biopic de Elvis Presley para televisión y la magnífica “1997. Rescate en Nueva York”. Esta relación fue muy positiva para ambos artistas, ya que para Carpenter supuso contar con una estrella de Hollywood en sus películas, mientras que Russell consiguió así una vía para distanciarse de su imagen de actor infantil. Por otro lado, entre ambos se generó una excelente química y Russell pasó a encarnar a la perfección al héroe Carpenteriano, un idealista reconvertido en individualista por su resentimiento contra la hipocresía de la sociedad. En “La Cosa”, Russell interpreta a McReady, un piloto de helicóptero que no pertenece ni al bando de científicos, ni al de militares de la expedición. El desapego hacia los otros le convierte en el personaje ideal para liderar la lucha contra la criatura, ya que no depende de lealtades como la amistad o la jerarquía del grupo.

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Todos los personajes de la película quedan perfectamente definidos por el director, a pesar de que sabemos muy poco de ellos o de su pasado. Carpenter va aportando pequeñas píldoras de información, creando sentimientos positivos y adversos hacia cada uno de ellos. Esto será decisivo una vez arranque la acción y cualquiera de ellos se convierta en objeto de nuestras suspicacias. De esta manera la sensación de suspense y claustrofobia será aún mayor, al llevar consigo de manera inherente un componente emocional. Este tipo de tratamiento de personajes bajo presión es una de las especialidades de Carpenter, al que le gusta colocar a sus protagonistas en situaciones sin salida aparente (“Asalto a la Comisaría del Distrito Trece”, “El Príncipe de las Tinieblas”, “Fantasmas de Marte”), sin embargo fue en “La Cosa” donde esta habilidad llegó a su máximo exponente.

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Un elemento inédito hasta entonces en la carrera de Carpenter fue lo explícito del terror que nos mostraba en pantalla. Hasta ese momento, su cine se había basado más en la sugerencia y la creación de ambientes. No hay más que recordar “La Noche de Halloween”, donde Michael Myers era presentado como una presencia fantasmagórica que rondaba a las protagonistas. Sin embargo, una de las principales apuestas de “La Cosa” estaba en mostrar en pantalla las transformaciones de la criatura. Para ello se contó con la labor de Rob Bottin, una joven promesa del maquillaje y la creación de animatrónicos, discípulo de Rick Baker, quien un año antes había desarrollado un extraordinario trabajo en la cinta de Joe Dante “Aullidos”. Bottin se implicó a fondo en la elaboración de la criatura, consiguiendo unos resultados extraordinarios, que permitieron a Carpenter hacer lo que Nyby no había podido hacer en 1951, colocar a la criatura en primer plano, permitiéndonos ver el proceso de transformación con todo detalle. Tal fue el nivel de trabajo que supuso la película, que Bottin tuvo que ser ingresado en el hospital debido a una extenuación extrema. No fue el único que vio su salud afectada por el rodaje de la película, el propio Carpenter se llevó la peor parte. Durante el rodaje de las escenas en exteriores no se puso ningún tipo de protector solar y el reflejo de la luz del Sol en la nieve le provocó un cáncer de piel que ha ido degenerando su estado físico desde entonces.

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“La Cosa” está considerada de manera unánime como la obra maestra de John Carpenter y es uno de esos escasos ejemplos en los que el remake consigue superar al original. Por otro lado, su éxito inspiró una serie de remakes de clásicos del cine de terror y ciencia ficción de los años 50, como la ya mencionada “La Mosca”, “Invasores de Marte” o “The Blob. El Terror no Tiene Forma”.

LA PRECUELA/REMAKE: “LA COSA” DE MATTHIJS VAN HEIJNINGEN (2011)

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Al igual que sucediera con “La Cosa” en relación a “El Enigma de Otro Mundo”, han tenido que pasar prácticamente tres décadas para que el cine volviera a acercarse al relato de John W. Campbell, aunque en esta ocasión, el punto de partida no es exactamente el relato sino directamente la película de Carpenter. “La Cosa”, en su versión de 2011, se presenta como una precuela de la película de 1982, narrando los acontecimientos previos a que la criatura llegara a la base norteamericana. Si en la anterior se nos esbozaba lo acaecido a la expedición noruega, aquí se pasa a desarrollar el descubrimiento de la nave extraterrestre, la recuperación de su tripulante y cómo éste se introduce dentro del grupo de científicos.

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La realización fue asignada a un joven y debutante director noruego, Matthijs van Heijningen Jr., quien desde un primer momento decidió que, para que la película funcionara, debía ser lo más fiel posible a la cinta de Carpenter, de manera que ambos títulos pudieran verse de manera continuada sin evidenciar un gran cambio estilístico. Heijningen convierte así a su película en un ente similar a la criatura que la protagoniza, capaz de asimilar la apariencia de su referente y replicarla de manera casi idéntica. La planificación, secuencias completas de la película, la descripción de los personajes y el diseño de la criatura remite completamente a la cinta de Carpenter, hasta el punto de que en muchos planos se podrían incluso confundir con la original. Esto actúa tanto a favor como en contra de la producción. A favor, porque sin llegar al nivel de maestría de Carpenter, la cinta tiene una factura notable y ofrece hacia la versión del 82 el mismo fetichismo cinéfilo que ésta le mostraba a la de 1951, especialmente en el tramo final, cuando consigue encajar dentro de su trama todos los pequeños detalles (un hacha clavada en la pared, un ser mutante calcinado, un helicóptero persiguiendo a un husky siberiano) que Carpenter había depositado en su película para esbozar qué había sucedido en el campamento. En contra porque el 80% de la cinta reitera situaciones y ambientes, resultando redundante y poco original para quienes conozcan la versión del 82.

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La principal diferencia entre las dos películas es que mientras Carpenter apostaba por la tensión y el suspense, Heijningen opta por la acción, consiguiendo una segunda mitad de la película trepidante. Siguiendo con las analogías del género fantástico, mientras que la cinta de 1982 aprovechaba el éxito logrado por “Alien, el Octavo Pasajero”, la precuela se acerca más al sentido de acción continua de “Aliens, el Regreso”. Una vez descongelada la criatura y superada la secuencia de identificación de la réplica, la trama no deja demasiado espacio para el suspense, encadenando un enfrentamiento tras otro con el visitante. En esto jugaron un papel destacado los especialistas en efectos especiales y maquillaje Alec Gillis y Tom Woodruff Jr., quienes recuperaron la herencia de Rob Bottin y le han sabido dar una extraordinaria continuidad, con un sentido de la fisicidad y la mutación de la criatura realmente notable. Para dar una mayor continuidad y libertad a la puesta en escena de las secuencias de transformación se ha priorizado el uso de efectos digitales, sin embargo, es en este apartado donde más se puede apreciar las limitaciones de la producción. Las imágenes infográficas de la Cosa resultan muy evidentes y, a pesar de lo sugerente del diseño de la criatura, el resultado queda inverosímil e impostado.

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A nivel interpretativo llama la atención la presencia de Ulrich Thomsen, como el Dr. Sander Halvorson (un personaje que recuerda, en su obsesión por estudiar a la criatura a cualquier precio, al Dr. Carrington de “El Enigma de Otro Mundo”), y Joel Edgerton como Sam Carter, un piloto de helicópteros norteamericano con un evidente parecido físico con MacReady; sin embargo, el verdadero protagonismo en esta ocasión recae sobre un personaje femenino, Kate Lloyd, interpretada por Mary Elizabeth Winstead. Los responsables de la precuela tenían claro que un protagonista masculino sería irremediablemente comparado con el papel de Kurt Russell, teniendo todas las de perder en la comparación, mientras que, con la elección de una heroína, el referente sería indirecto, tomándose como un homenaje a la Ripley de la saga “Alien”. En cualquier caso, pese a los esfuerzos de Winstead, Kate Lloyd queda lejos de ser un personaje memorable.

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Esta nueva versión de “La Cosa” evidencia también los problemas surgidos durante su postproducción, con continuos retrasos en su fecha de estreno hasta que el estudio la consideró lista para presentarla al público; su guión evidencia algunas incongruencias (¿cómo logran salir de la grieta los exploradores que descubren la nave alienígena?, si la Cosa no puede replicar materia inerte, como los empastes, ¿cómo consigue imitar la ropa de sus víctimas?); y, pese a sus esfuerzos, Matthijs van Heijningen Jr. no es John Carpenter. Sin embargo, carencias aparte, resulta un producto digno, entretenido, que trata con sumo respeto a su precedente y en ningún momento emborrona su recuerdo.

CONCLUSIÓN

El estreno de esta última versión de “La Cosa” se ha saldado con un (esperado) fracaso económico. La cinta se ha visto ampliamente superada en taquilla por otras producciones de terror estrenadas de manera simultánea como “Paranormal Activity 3”, por lo que no se espera que el estudio esté dispuesto a continuar la historia a corto o medio plazo. ¿Habrá que esperar otros treinta años quizás?

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