Juan Velarde

DESDE MI ESCAÑO. No podemos fiarnos ni confiarnos. Por Juan Velarde

Llámenme pesado, plomizo, plúmbeo, machacón, insistente, pero al final la realidad que nos quieren pintar desde ciertos ámbitos al socaire del comunicado de ETA es más falsa que el beso de Judas o que un billete de seis euros. Los criminales, para nuestra desgracia, siguen a lo suyo, a conseguir la independencia y no van a cesar en su intento hasta conseguirla. Esto es así, o ellos o nosotros, pero no puede haber término medio, que además, dicho sea de paso, sería absurdo porque no existe, que yo sepa, una secesión a medias, a no ser que montemos algo similar en España a la Commonwealth, pero no parece que éste vaya a ser el caso.

Los ejemplos a favor de quienes mantenemos la tesis de que este anuncio de la ETA resulta engañoso son innumerables y aún no ha transcurrido una semana. Desde Bildu, por ejemplo, ya se piden elecciones anticipadas en el País Vasco porque entiende la formación proetarra que se ha desvirtuado la democracia al no estar representada en la Cámara regional lo que entiende por la izquierda abertzale. Por otra parte, tenemos al director de Berria, Martxelo Otamendi, reclamando un homenaje para estos jóvenes (y no tan jóvenes) valerosos que han dado su sangre o su libertad por Euskal Herria. Se refiere, claro está, a los presos etarras, a los fallecidos o a los que aún siguen purgando sus penas en la cárcel. A los otros, como despectivamente les gusta decir a estas personas, o sea, a las verdaderas víctimas, ni media línea para pedir perdón.

Por eso, aun a riesgo de que nos tachen de cansinos, de que digan que siempre estamos con ‘y vuelta la burra al trigo’, lo cierto es que no podemos fiarnos de las intenciones de unos sujetos que han patrocinado un estado de terror a lo largo de más de cuatro décadas, que jamás ha habido un atisbo de misericordia, que les ha dado lo mismo ver como una víctima inocente abría un buzón para coger una carta bomba que iba dirigida a otra persona, que no les ha conmovido ver como una niña de apenas 14 años perdía las piernas en una explosión. Los hechos son incuestionables, qué duda cabe.

Además, lo peor de todo es ver a una parte de la sociedad vasca que ha somatizado estas tesis de la equidistancia, de que todos son víctimas, de que en todo caso el único verdugo es el Estado policial y represor, de que no se pedirán disculpas porque los suyos (los de la ETA) ha caído, pese a que ni han sido tantos ni tampoco han tenido que pasar por el drama y la angustia de largos secuestros o con retenciones con fecha de caducidad (ejecuciones como la de Miguel Ángel Blanco). Y es una pena, de verdad, porque el País Vasco es una delicia de lugar, excelentes gentes y sólo está el pero de esos cuatro matarifes que han conseguido, tal vez por ciertas dejaciones, mangonear al resto de la sociedad.

juanvelarde@gmail.com

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