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CINE. «No Habrá Paz para los Malvados». Ron y Pólvora.

Manuel E. Díaz Noda.-

Pocos directores en nuestro país saben moverse entre el cine de género y el cine de autor con tanta soltura como Enrique Urbizu. Abonado a los patrones del thriller y el cine policiaco con sabor cañí, su último trabajo, “No Habrá Paz para los Malvados”, nos devuelve a un cineasta de pulso firme y discurso austero, que prefiere dejar que el espectador saque sus propias conclusiones, sin tener que llevarle de la mano por la película, explicándole cada giro de trama o cada movimiento que hacen sus personajes.

Enrique Urbizu se dio a conocer en 1991 con su opera prima “Todo por la Pasta”, una cinta de acción desmedida y con un ritmo endiablado, que supuso un notable cambio de registro a Antonio Resines (hasta aquel momento encasillado en papeles de españolito medio en pleno proceso de transición) y se sumó al llamado Boom del Cine Español que se produjo en aquella época con la llegada de otros cineastas como Alex de la Iglesia, Alejandro Amenábar, Juanma Bajo Ullóa o Julio Medem. A lo largo de su carrera, Urbizu ha tocado otros géneros, como la comedia (“Cómo Ser Infiel y Disfrutarlo”, “Cuernos de Mujer”), el terror (con el episodio “Adivina Quién Soy” de la serie “Películas para no Dormir”) o el drama (“La Vida Mancha”), pero ha sido en thrillers con espíritu de western moderno como “Cachito”, “La Caja 5007” o esta “No Habrá Paz para los Malvados”, donde se le ha notado más cómodo a la hora de establecer su discurso. 

Urbizu es director de trabajar con un equipo habitual y, en ese sentido, a lo largo de su filmografía ha contado con dos actores fetiche, Antonio Resines (quien con “Todo por la Pasta” y “La Caja 507” le debe dos importantes personajes en su carrera) y, más recientemente, José Coronado (quien ha trabajado de manera notable en los tres últimos largometrajes del director). Coronado ha sido uno de esos actores que han sabido mejorar con el paso de los años, marcado por un físico a la espera de aquellos papeles que verdaderamente le permitieran trascender su imagen de galán. Atrás queda su fama gracias a su beso con Isabel Pantoja en “Yo Soy Esa” o su papel televisivo en la serie “Periodistas”, incluso esa imagen pública del actor, en boca de todos debido a sus romances con otras actrices y artistas de renombre en nuestro país. Tras interpretaciones como las ofrecidas en “Anita no Pierde el Tren”, “La Caja 507”, “La Vida de Nadie”, “La Vida Mancha” o “El Lobo”, José Coronado se ha ido descubriendo como un interesante actor de carácter, algo que llega a su culmen con el Santos Trinidad de “No Habrá Paz para los Malvados”.

La película se nos presenta como un policiaco de ambiente turbio, donde nuestro protagonista es un corrupto agente de la ley, alcoholizado y violento, que en una noche de borrachera asesina a bocajarro a tres personas en un burdel. Esto empezará a desvelar una trama más compleja y peligrosa, donde el antihéroe encontrará una oportunidad para redimirse. Sin embargo, esto es sólo la superficie de un guión que aboga por la sutilidad y los patrones del género para acercarnos a una realidad más cercana y  ponzoñosa. Urbizu es cineasta de héroes solitarios, con una mirada crítica a la burocracia que ralentiza y ahoga los problemas urgentes de nuestra sociedad, dando alas en muchas ocasiones a los corruptos (los malvados) para aprovecharse de los inocentes. Ya sucedía en “La Caja 507” y vuelve a ocurrir aquí. La imagen que da la película de las fuerzas de la ley como organización es deplorable. Un agujero negro donde los intereses partidistas, la falta de comunicación entre departamentos y la ineficiencia de la burocracia se convierten en difíciles obstáculos para subsanar el crimen y la corrupción.

Dentro de esta organización, Urbizu ensalza la labor de los verdaderos profesionales, aquellos que siguen creyendo en la ley, que se rigen por sus normas y que intentan llegar a soluciones sin salirse del sistema. Se trata por regla general de personajes idealistas (Leiva, interpretado por Juanjo Artero) o inocentes inexpertos (la joven juez Chacón, interpretada por Helena Miguel, o el compañero de Santos, Rodolfo, interpretado por Rodolfo Sancho). Éstos tarde o temprano se encuentran con el muro del sistema que les impide avanzar en sus pesquisas, o al menos, hacerlo de manera ágil.

Frente a ellos se encuentra Santos Trinidad, un policía desencantado, desterrado a un puesto donde está completamente desaprovechado, y que demuestra su desprecio por el sistema autodestruyéndose lentamente. Se trata de un personaje bebe de fuentes del cine clásico. Hay en él un algo del Clint Eastwood de “Harry el Sucio” y del Gary Cooper de “Sólo ante el Peligro”. Su apariencia física ya resulta una carta de presentación que nos define a un personaje adusto y claramente individualista, con un código de honor propio que él mismo es el primero en abandonar cuando le interesa, pero que la final acaba demostrando una coherencia y un sentido de la justicia que los demás han abandonado u olvidado.

Por último, frente a todos ellos se encuentran los malvados, aquellos que viven al margen de la sociedad, en los rincones más putrefactos y oscuros de la ciudad, donde llevan a cabo sus actividades ilegales, utilizando cada subterfugio para controlar desde las sombras el dinero sucio que se genera en nuestro país, o en ocasiones, planear el caos y la destrucción. La peculiaridad es que los malvados de Urbizu no son villanos de una película de James Bond, son personajes que esconden perfiles terroríficamente reales. Si bien en pantalla resultan bidimensionales, porque ese es el juego que le gusta al director, el trasfondo está tremendamente documentado y en muchas ocasiones responde a hechos verídicos. Si en “La Caja 507” aquella historia de venganza escondía una denuncia de lo que más tarde se llamó “El Caso Malaya”, aquí la trama de suspense se erige sobre los cimientos de las conexiones entre el narcotráfico colombiano y el terrorismo islámico. De esta manera, el espectador puede salir de la sala después de haber disfrutado de una intriga narrada de manera poderosa por el pulso seco del director, o puede ir más allá y asociar lo que ha visto en pantalla con tragedias recientes en nuestro país. 

 

Sea cual sea la opción escogida, podemos definir a “No Habrá Paz para los Malvados” como una excelente película, donde las únicas pegas que le podemos poner son las deficiencias de algunas interpretaciones (especialmente frente al espléndido trabajo de Coronado) y un inadecuado y chapucero uso de la música de Mario de Benito, que en muchas ocasiones se nos antoja innecesaria y hasta molesta.

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