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EL ESCOBILLÓN. Confesiones de un lector justificado. Por Eduardo García Rojas

Tuve la suerte de nacer en una familia en la que se quiere a los libros. De hecho, recuerdo mi infancia rodeado de libros. Observo, ahora que hago ejercicio de memoria, a mi padre acostado leyendo. A mi hermano sentado en el sofá del comedor, leyendo también. A otros de mis hermanos con un libro bajo el brazo y a mi madre, después de dar de cenar a toda la jauría, relajándose con un libro entre las manos.

Mi primer acercamiento al mundo de los libros resultó por lo tanto natural e inevitable. Siendo el más pequeño de los varones me limité a imitar lo que hacían los grandes. Mi hermana, que vino justo detrás, hizo exactamente lo mismo. Coger un libro.

Entre las muchas cosas que quería hacer de pequeño estaba, además de la de ser astronauta, la de encender la luz de las habitaciones de la casa (daba saltos con la esperanza de llegar al interruptor y encender de un tortazo las lámparas que colgaban del techo para luego repetir la operación y apagarlas) y abrir los libros que me encontraba mientras intentaba descifrar aquellas letras que nada me decían porque por aquel entonces aún no sabía leer ni escribir.

Lo más cercano que hacía era colorear (y bastante mal, por cierto) los cuadernos de dibujo que me regalaban por mi santo o por mi cumpleaños, aunque casi siempre terminaba por roer como un ratón los creyones dejándome un gusto a madera en la boca que desde entonces asocio con mi infancia.

No he sabido retener en mi memoria las primeras clases a las que asistí siendo un parvulario y en las que esforzados maestros (no profesores) se empeñaron en que me iniciara en el mundo de las letras. Conservo algunos cuadernos de aquella época y de tanto en tanto me gusta pasar sus hojas no sé si en busca de aquel niño que comenzaba a entrar en un universo al que, posteriormente, le debe tanto.

Contemplo las vocales trazadas por esos dedos que ahora pulsan el teclado del ordenador y no termino por reconocerme en las A, E, I, O, U que, imagino, con tanto esfuerzo copiaba de la pizarra. Con las consonantes me he quedado un buen rato paralizado estudiando como me complicaba la vida con las B y las G.

El escritor y premio Nobel de Literatura John Steinbeck describe con maestría desarmante esta misma experiencia en la introducción de uno de sus libros más bellos: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Les recomiendo que se lo lean. La introducción y su ambicioso ejercicio por actualizar el clásico ciclo artúrico.

La primera vez que lo leí tuve la sensación, esa misma sensación que te pasa con otros libros, de pensar: “caramba, eso mismo me pasó a mí.” “O eso mismo pienso yo de…” Esas reflexiones, ya saben, que te hace pensar que no estás tan solo en el mundo.

Una vez dominé las letras y el arte de la escritura (bastante intraducible para ojos que no sean los míos, sea dicho de paso), los primeros libros que leí fue una recopilación de seis cuentos de Las mil y una noches, en una antiquísima edición de los años treinta con fantásticos grabados; los cuentos de Andersen, los hermanos Grimm y por fin, porque un hermano tuvo la inteligencia de prestármelo un día que echaba un vistazo a la biblioteca, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.

Creo que con los primeros libros que lees se produce algo muy parecido al primer amor. Un primer amor afortunado y nunca frustrado, claro está.

Al llegar a la adolescencia, tras alimentarme de fantasías varias, de las aventuras de Los tres investigadores que desbancaron a las ñoñerías de Los cinco de Enyd Blyton y sus contrabandistas, alguien me regaló en Reyes los tres tomitos editados por Bruguera de Los mitos de Cthulhu. Tres tomitos que me abrieron las puertas hacia otros mundos y una sed lovecraftiana que me llevó incluso a emular al solitario escritor de Providence editando un fanzine artesanal –Historias Extrañas– mientras mantenía un intensa relación epistolar con amigos a los que solo conocía por cartas larguísimas donde revelábamos nuestras neuras adolescentes.

Firmábamos aquellos textos inacabables con los nombres de lo dioses prohibidos aunque yo me reservé el del árabe loco Abdul Alhazred, el autor de El Necronomicón.

Les cuento todo esto porque por suerte nací en una casa donde se me enseñó a amar a los libros. Tanto, que cuando en el colegio y más tarde en el instituto descubrí que nos obligaban a odiar los libros imponiéndonos determinados textos –le cogí manía a La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, novela que más tarde releí sin el castigo de un examen y continúa pareciéndome un título muy regular en la fecunda producción de este sin embargo gran escritor– sus esfuerzos resultaban nulos para que mi amor por los libros menguara.

Al revés, si cabe los aprecié mucho más.

Entiendo, de todas formas, que muchos compañeros de pupitre se acostumbraran a detestarlos. Yo hubiera hecho lo mismo si no hubiera tenido la suerte de nacer en una familia que ama tanto a los libros.

Por ejemplo, apenas recuerdo salvo la obligatoriedad de leerlo porque había examen, la primera impresión que me suscitó el Lazarillo de Tormes. Librito que años más tarde, liberado de las cadenas del ordeno y mando, devoré como quien descubre agua en el desierto. Y tanta fue la satisfacción que me produjo que salté a El buscón, de Quevedo. Descojonándome de la risa con estas novelas ejemplares. Nunca mejor dicho.

La Celestina fue otro cantar.

Y cuando comenzaron a introducirse en los colegios de las islas los primeros textos de autores canarios, siempre agradeceré a aquel sistema de estudios que Maraía, de un tal Rafael Arozarena, se tratara de un título que los profesores nos recomendaban leer… siempre que quisiéramos.

Es decir, que no hacía falta que leyéramos por obligación Mararía porque no tocaba en el examen.

Así que me animé a leerlo, precisamente porque no tocaba en el examen y porque mi padre tenía un ejemplar de esa misma novela editado por Noguer.

Así que Mararía, como supongo le pasó a la chiquillada de mi generación, fue la primera novela canaria que leí porque no me obligaron a leerla. Me pregunto ahora que habría pasado si el profesor (nunca maestro) hubiera hecho lo contrario.

El caso es que no entiendo el mundo sin leer.

Sin ese extraño placer por adentrarte en otro universo, en otro espacio.

Conocer personajes, esos personajes cuyas acciones (si empapan tu alma) pareces que reconoces en otros cuando charlas, tomas un café o compartes un cigarrillo.

Como lector, y también como escritor frustrado, pienso que lo mejor de un libro suele ser su inicio.

Después de las primeras cincuenta páginas si no engancha me veo en la ingrata tarea de tirarlo a ese montón de volúmenes desechados. Aunque hay veces, raras veces, en que lo recupero por recomendación de un amigo o porque lo leo en algún lado y esas mismas cincuenta páginas las mastico y digiero con asombro.

Antaño me preguntaba cómo podía ser capaz mi padre de leer tres o cuatro libros a la vez.

En la actualidad me pregunto cómo puedo leer tres o cuatro libros a la vez.

Cuando mi padre comenzó a despedirse de este mundo dejó de leer libros.

Recuerdo ver muy preocupado los ejemplares amontonados en su mesilla de noche y a él sentado en la cama con la vista perdida. Quiero creer que en su propio libro que fue su intensa vida.

Quiero pensar por eso que el día que deje de leer y amontone los libros habré iniciado mi adiós de este mundo poblado de libros.

Así que no dejo de preguntarme, con un asomo de frivolidad. de qué títulos se tratarán.

Y espero, en un día raro como el de hoy, que entre esos libros se encuentre mi Isla del tesoro.

Saludos, tiemblan las islas del aburrimiento, desde este lado del ordenador.

 

Eduardo García Rojas en www.elescobillon.com

 

 

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