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EL PERIODISTO ENMASCARADO. El noble y milenario arte de hacer un buen corte de mangas al prójimo

Sin duda, la foto del año no será -si al final se produce- el emerger sobre la superficie del mar de ese volcán que toca machaconamente la puerta a los habitantes de la isla Meridiano, empeñado de paso en amargarle el cargo al flamante presidente de la isla, Alpidio Armas.

Tampoco será la foto del año la previsible puñalada que le infligirá, entre la tercera y la cuarta costilla, Paulino Rivero a su socio gubernamental José Miguel Pérez, un rato después de que Mariano Rajoy se asome al balcón de la sede del PP en Madrid para anunciar la barrida electoral al PSOE.

No. Ninguna de las anteriores. La foto del año, y por la que desde aquí pido ya el Premio Canarias de Comunicación para fotografía de prensa (y si no existe se crea y punto; que, visto lo visto, no creo que nadie proteste ya), para Javier Ganivet, fotógrafo de Diario de Avisos y autor de la instantánea de Dº José Rodríguez Ramírez mandando a «mamarla por ahí» a los periodistas que le esperaban en el palacio de Justicia de Santa Cruz. Dentro también le esperaba Ángela Mena y su abogado para un quítame allá unas rectificaciones.

Las cosas hay que hacerlas bien. Una cosa tan -como pudiera parecer inicialmente- espontánea como un corte de mangas no debe ser tomado en vano. Máxime si eres una figura pública. No puede uno pasar a la posteridad digital mandando a esparragar al prójimo con una actitud de indecisión, dubitativa, sin fuerza… y sin ensayar.

José Luís de Vilallonga, un corte de mangas con clase

Y es que esas cosas se ensayan. ¿Quién no se ha dejado alguna vez, en la intimidad y frente a un espejo, hecho polvo y enrojecido un brazo por la acción de la palma de la mano contraria? Así, el que nos vea realizar posteriormente un buen corte de mangas en directo -máxime si un sonoro trallazo acompaña al doloroso gesto- sabrá que vamos en serio.

Pero, ¿de verdad sabe Dº José lo que significaba ese gesto? Seguramente no. Y es una pena porque se llevaría una sorpresa. Él, que de vez en cuando adorna sus empíricos editoriales con palabras, frases, anécdotas y chascarrillos sobre temas relacionados de cintura para abajo, debería saber que el corte de mangas de toda la vida proviene de la antigua Roma (como muchas de las leyes que le aplicarán en la próxima vista judicial) y lo usaban los chaperos para avisar a sus clientes que estaban metidos en faena. No hace falta que aclare el porqué los prostitutos no podían avisar a gritos a sus clientes.

Patxi López ensayando en su despacho un buen corte de mangas

Con el tiempo, esta señal degeneró y pasó a ser un insulto, en vez de un aviso, dando a entender que el receptor del corte de mangas frecuentaba putos. Hoy día también ha perdido este segundo significado y ha quedado como un mero insulto. Por eso, cuando se hace un corte de mangas se tiene que saber que más de dos mil años le contemplan; casi tantos como los que Dº José Rodríguez Ramírez, director-editor del periódico El Día, piensa estar dedicándoles editoriales a Paulino Rivero. ¡Jesús qué cruz!

 

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