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PARLAMENTO / CRÓNICA. Si te he visto no me acuerdo. Por Carmen Ruano

Si hubiera pagado por entrar ayer a ver la sesión del pleno del Parlamento hubiera reclamado que me devolvieran el dinero de la entrada por el frustrante espectáculo presenciado. No estaba Paulino Rivero, que andaba por los Madriles sentando cátedra sobre la superpoblación que ahoga Canarias; no estaba José Manuel Soria, que anda de cátedras en Harvard, Boston, Estados Unidos; y por no estar, no estuvo ni Alpidio Armas que, a falta de los otros dos, era el reclamo más atractivo por la expectación generada para saber por fin dónde asienta sus reales, si con los socialistas que lo expulsaron del partido, o en el grupo de no adscritos, una especie de limbo parlamentario al que van los chicos malos castigados por sus organizaciones políticas por ser díscolos y autónomos…

Por no haber, no hubo siquiera críticas al denostado Diputado del Común, Manuel Alcaide, en la que –parece que esta vez sí- sería su última intervención en el Parlamento canario. Los diputados amainaron las críticas, suavizaron los embates y tendieron puente de plata al Defensor del Pueblo canario –esto es tan rimbombante como falto de realidad- para que ‘júya’ de la tribuna de oradores camino de una jubilación merecida por su edad y sus desatinos, como el de poner uniforme a los funcionarios con el fin de pillarlos si se nos van de compras a El Corte Inglés en horas laborables. Ni uno solo de los oradores recordó los desvaríos de Alcaide, nadie mentó el ¡agujero negro’ que deja en la caja de la Institución y tan sólo Antonio Castro, el presidente de la Cámara, resumió la despedida con una frase antológica: “Don Manuel, sus 10 años de trabajo no han pasado desapercibidos”. Sólo que por motivos diferentes a los que creo que Castro pretendía referirse.

Ni siquiera se produjo el momento ‘salvame-de-luxe’ cuando tomó posesión Aurora del Rosario, diputada de Gran Canaria, esposa de Asier Antona, diputado de La Palma, ambos del PP, ambos marido y mujer y primer matrimonio parlamentario en activo, indiviso y al unísono de la historia de la Cámara canaria. Al líder de los populares palmeros esta circunstancia le provoca una incomodidad manifiesta, así que en el momento de la toma de posesión de la parienta ni aplaudió –como hicieron todos los demás-, ni le sacó una foto con el móvil –su compañero Figueredo sí que inmortalizó el momento, aunque no sé si con su teléfono o con el de Antona-, ni siquiera le estampó dos castos besos en la mejilla –como otros parlamentarios-, ni le estrechó la mano… La escena fue un resumen de la sesión parlamentaria: si te he visto, no me acuerdo. Así que insisto, que me devuelvan en precio de la entrada…

cruanovillalba@gmail.com

2 Comentarios

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  • esto va a acabar como
    El Rosario De La Aurora dixit

    origen

    En Orihuela había una costumbre muy arraigada en las décadas de 1940 y 1950 que era el Rosario de la Aurora. A altas horas de la madrugada, entre las 3 y las 4 de la mañana, salía un cura rezando el Santo Rosario por las calles de la ciudad hasta las 5 ó 6 de la mañana. Detrás del Cura, en dos filas, lo seguían las mujeres y a continuación los hombres, nunca mezclados. Este rosario se nutría con unas 200 ó 300 personas que portaban faroles y cirios. Eran muy ruidosos pues a cada Padre Nuestro del Cura contestaban a coro las 200 a 300 personas el correspondiente Ave María, pero además cantaban canciones religiosas. Esta procesión salía todas las madrugadas y perturbaba el sueño de quienes tenían que irse temprano a trabajar. De vez en cuando de algún anónimo balcón les tiraban un cubo de agua y a veces cosas más sucias, pero la procesión continuaba imperturbable. Cuando alguien les tiraba algo, los integrantes de la procesión susurraban: «Que Dios se apiade de tu alma». La canción que más les gustaba y que cantaban a voz en cuello, con excelentes pulmones, decía así:

    «El demonio en la oreja

    te está diciendo:

    No vayas al Rosario

    y sigue durmiendo.

    Viva María

    Muera el pecado

    Viva Santo Domingo

    Que lo ha fundado.»

    Rodrigo siempre salía al balcón a ver pasar esta procesión pues sentía mucha curiosidad. Mientras su padre mascullaba palabrotas porque no lo dejaban dormir, el niño prestaba atención a esta canción que se había aprendido de memoria y repasando las tres últimas estrofas siempre le quedaba la duda de si lo que había fundado Santo Domingo había sido el Santo Rosario o el pecado:

    «muera el pecado

    viva Santo Domingo

    que lo ha fundado.»

    Una madrugada unos borrachos que se retiraban a casa porque no había más tabernas abiertas, se incorporaron al final de esta procesión y trataron de acompañar con buena intención los cánticos y las plegarias, pero como iban empapados en vino tinto _siempre tinto, el vino blanco era despreciado por los buenos bebedores_, empezaron muy a pesar suyo a desentonar y a entrar y salir a destiempo con respecto a los demás. Primero hubo reproches, después gritos de ¡Qué se vayan! Y finalmente se armó una gresca fenomenal. En la batahola hubo incluso heridos a farolazos y desde entonces, en la comarca, cuando algo sale mal y termina con alguna violencia, se dice: «Terminó como el Rosario de la Aurora, a farolazos.»