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EL PERDIGUERO. La herencia de un septenio. Por Fernando Fernández

Es una broma de mal gusto que el Sr. Zapatero, en las postreras semanas de su desagraciada presidencia, nos diga que el mejor destino al que podemos aspirar es el de supervisor de nubes,  acostado en una hamaca y mirando al cielo. No está España para greguerías y el presidente, además, carece del humor y de la capacidad para la metáfora de Ramón Gómez de la Serna,

Las decisiones adoptadas por Zapatero en sus últimas semanas le convierten en un demoledor testigo de cargo en el juicio que la historia le tiene reservado. Citaré solo 2 ejemplos.

Agobiado y superado por los acontecimientos, obligado por algunos líderes europeos y sin siquiera contar con su propio partido, llamó al líder de la oposición para impulsar una reforma exprés de la Constitución y establecer la constitucionalización del déficit público, a lo que siempre se había negado. Por idénticos motivos ha tenido que pedir  ayuda al principal partido de la oposición para aprobar su, por ahora, ultima reforma de las sucesivas reformas de la contratación laboral, con el vano intento de revitalizar el mercado de trabajo y fomentar la creación de empleo. Después del destrozo económico y social causado, del que tardaremos años en recuperarnos, ambas decisiones llegan tarde y han sido mal ejecutadas en las formas y en el fondo.

Cuantos males nos habríamos evitado si ese diálogo con la oposición se hubiera iniciado años atrás, desde el comienzo de la crisis,  y no ahora.

Mas grave que esta herencia económica y social es el estropicio causado en los difíciles equilibrios alcanzados durante la Transición para resolver en el Título VIII de la Constitución lo que Ortega llamó la cuestión territorial de España. La reforma del Estatuto de Cataluña que pretendía, según dijo, dar estabilidad al sistema para los próximos 30 o 40 años, ha originado una situación insostenible, cuyo final me resulta mas complejo y difícil de prever que el del paro y la crisis económica. La grotesca caricatura de este desaguisado es la imagen del Vicepresidente del Gobierno de España, el  andaluz Chaves, utilizando un pinganillo en el Senado para escuchar al Presidente de la Generalitat, el andaluz Montilla, hablando en catalán. En su último rifirrafe parlamentario con sus hasta hace poco aliados independistas de Cataluña, nos quiso hacer creer que cuando hablaba de llevar a la Constitución la realidad de la España plural, para  él España era un sustantivo al que quería fortalecer, mientras los catalanes independentistas pretendían lo contrario, es decir, romper con España.

Qué necesario y oportuno hubiera sido y cuantos problemas nos habría evitado  con esas mismas palabras,  dichas 7 años atrás y repetidas tantas veces como fuera necesario y no en la que tal vez haya sido  su última intervención en el Congreso de los Diputados.

Estos 2 problemas, el empobrecimiento de España, con el desempleo azotando a casi 5 millones de españoles  y una generación de jóvenes perdida y forzada a emigrar en busca de un futuro que en España no encuentran; y el rompecabezas en que ha convertido nuestro estado autonómico son los más graves pecados que heredaremos de Zapatero.

A su lado, esa milonga de la alianza de civilizaciones que ha inspirado nuestra política exterior; y la recuperación de  la llamada memoria histórica  que llenó los periódicos de toda España con las esquelas de compatriotas de uno y otro bando, muertos hace 70 años en la Guerra Civil, serán apenas un mal sueño del que nos recuperaremos cuando despertemos de este septenio de pesadilla.

Fernando Fernández

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