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CORTO… Y CAMBIO. ¿El avión tenía alas de Tampax? Por Carmen Ruano

El sábado, después de seguir con atención el desahucio de Belén Allende de la presidencia del Cabildo de El Hierro al borde de un fatigón por las horas en que se producía, me metí entre pecho y espalda una ración doble de conejo en adobo, una cerveza fría, abundante pan y papas para darle brillo al fondo del plato y turgencia a mi cintura –los médicos lo llaman obesidad, como siempre para fastidiar- y me dispuse a disfrutar el noble arte de la siesta después de una mañana de arduo trabajo.

Silencié el móvil, me desparramé como un trapo viejo sobre el sillón y busqué una película plúmbea que me llevara en volandas a los brazos de Morfeo. Y encontré una que venía al pelo: Aeropuerto. Apropiada a todos los efectos porque al día siguiente se conmemoraba el décimo aniversario de los atentados a las torres gemelas y para celebrar efemérides las televisiones privadas tienen ojo clínico. Con lo que no contaba era con los malditos cortes publicitarios, así que la siesta devino en pesadilla porque en un momento dado creí ver a Patricia Conde ofreciéndole tampones a dos de los pasajeros, mientras se deslizaba por el pasillo de la aeronave en bragas y con patines.

La imagen me sobresaltó de tal manera que abrí los ojos para ver qué ocurría en la película, en la cual Dean Martín intentaba convencer a un pobre loco –aún no se había inventado el terrorismo internacional- para que no volara el avión y a todos los que iban dentro, pero debí quedarme dormida de nuevo porque, según recuerdo, un estuche engullía un bocadillo de un escolar para escupirlo de nuevo con asco porque no tenía foie-gras y justo en ese instante hizo explosión el artefacto y dos o tres pasajeros se fueron para el carajo. Incluido el loquinario de la bomba.

Sofocada como estaba por la digestión, el calor y los sobresaltos publicitarios, ya no pude pegar ojo y me dispuse a ver el complicado aterrizaje que afrontaba la tripulación. Lo admito, se me rayaron los ojos, pero no por la conmovedora escena, sino porque el copiloto fumaba una pipa feliz en la cabina. ¡Ah, qué tiempos aquellos en que se podía fumar casi en cualquier lado! Esta divagación debió adormecerme de nuevo porque yo juraría que la aeronave pudo tomar tierra gracias a los alerones, que son como las compresas de tampax, que tienen unas alas más grandes y a dos yogures de activia, que facilitaron el tránsito de los pasajeros hacia la terminal. ¡Y menos mal!, porque ya estaba quedándome dormida de nuevo mientras un seguro intentaba regalarme un seguro y otro quería asegurarme la moto. Sólo que yo no tengo moto. ¿O sí?

cruanovillalba@gmail.com

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