Sin categorizar

EL PERIODISTO ENMASCARADO. Vamos perdiendo la tercera (o cuarta) Guerra Mundial

No sé muy bien como comenzó la actual Guerra Mundial, si fue continuación de la Guerra Fría o, siguiendo las pautas de ésta, estalló sin ser declarada nada más comenzar el siglo XXI. Puede tratarse también de un conflicto más reciente o, quizá de uno más antiguo que ha permanecido larvado durante décadas mientras se resolvían los otros.

Si las guerras se miran por los bandos contendientes, está claro que ésta presenta unos bandos muy claros y hasta ahora nunca vistos, pero la metodología es muy similar a la Guerra Fría, un conflicto basado en la estrategia, con el objetivo de derrotar política y económicamente al otro bando, mediante tácticas de desgaste a través del posicionamiento militar, pero no con intervenciones directas, salvo en puntos muy concretos y asilados de fricción. Los bandos de la Guerra Fría estaban claros: Estados Unidos y Europa Occidental, por un lado, y la URSS y los países de la Europa del Este, por otro, aunque luego los gobiernos del resto del mundo se posicionaban hacia un bando u otro a modo de tablero de ajedrez planetario bicolor.

Los bandos actuales son diferentes y los contendientes son tanto países, como sectores económicos. Por un lado están las dictaduras árabes, la dictadura china, los gobiernos de los países democráticos y los propietarios de grandes fortunas. En el otro lado estamos nosotros, los votantes de los gobiernos democráticos y los habitantes de los países con dictaduras, que aspiran a tener las cotas de libertad que veníamos disfrutando hasta ahora los ciudadanos de los países democráticos.

Durante los últimos años, los poderes económicos, apoyados por una pléyade de políticos y ‘cualificados’ profesionales incapaces, ambiciosos y corruptos, diseñaron una estrategia de endeudamiento global de las clases medias y populares de los países democráticos desarrollados, similar a la que habían puesto en marcha con éxito en décadas anteriores el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en aquellos países en desarrollo con importantes reservas de materias primas, como sucede especialmente en África, donde el expolio de las grandes compañías ha sido ejemplar y sistemático.

La codicia se instala en la sociedad y todos vivimos por encima de nuestras posibilidades, cuando se produce en septiembre de 2007 la caída de Lehman Brothers y se genera una gran desconfianza entre los codiciosos, que provoca la alarma entre quienes tienen realmente el poder económico. Las órdenes son claras: Hay que tapar o disfrazar el agujero, antes de que se vea que lo que hay debajo es el mayor de los engaños y, mientras tanto, mantener la rentabilidad en los negocios.

Pero los encargados de cumplir el encargo fallan, como era de esperar, y comienzan a generarse tensiones. Además, en un alarde inusitado de inconformismo, los votantes de Estados Unidos cometen el terrible error de elegir como presidente a Barack Obama, en contra del acertado criterio del sector más ultraconservador y adinerado del país (asociado al movimiento del Tea Party), lo que añade más leña al fuego y en poco tiempo comienzan a sucederse acontecimientos que muestran las debilidades de un modelo socioeconómico basado en el incesante ánimo de lucro. Las revueltas árabes que propician las caídas de los gobiernos de Túnez y Egipto, ponen sobre alerta al resto de dictaduras árabes, cuyos fondos soberanos tienen importantes inversiones en empresas y deuda pública de los países desarrollados, pero demasiado endeudados como para disponer de la liquidez inmediata para devolver esas inversiones. Lo mismo sucede con China, cuyo gigantesco superávit comercial está invertido en dólares y deuda pública estadounidense.

Los ricos y los dictadores (la mayoría también ricos, qué casualidad) encuentran un enemigo común: la Democracia, por lo que determinan que si lo que quieren los pueblos de China y de los países árabes es libertad, igualdad y fraternidad (bienestar colectivo) como en los países desarrollados, lo más efectivo es limitar la libertad, destruir la igualdad y evitar la fraternidad a nivel global.

Seamos claros, a las élites no les interesa que las masas puedan decidir más allá de la marca del producto (ya sea comercial o político) que debemos consumir y todas las decisiones legislativas que se están adoptando, como el cambio en la Constitución Española y los recortes sociales y presupuestarios, están inspiradas en las necesidades de los más ricos de otros países, ni siquiera de los ricos españoles (un colectivo solidario como el que más) o de la mayoría de la población.

No se trata sólo de una cuestión económica, sino de poder, como las guerras de carácter militar. Todos (países, empresas y familias) tenemos deudas contraídas y queremos pagarlas con nuestro trabajo y esfuerzo, pero el problema es que las élites han inflado el valor de nuestra deuda y disminuido durante la última década el valor de nuestro trabajo y, ya más recientemente, de nuestros bienes materiales que ellos mismos nos vendieron o financiaron (directa o indirectamente), para lograr nuestra completa rendición.

De un tiempo a esta parte, las medidas políticas que se adoptan se parecen a las de un Estado de Excepción, sólo que la excepción se está convirtiendo en una regla muy larga (en el tiempo) y muy dura (en sus consecuencias). Estar indignados no es suficiente, hay que luchar en esta guerra de estrategia con el arma de la inteligencia o resignarnos a perder nuestra escasa libertad y convertirnos en los esclavos que construiremos el futuro más desigual e injusto jamás imaginado y más perjudicial para nuestros propios intereses y los de nuestros descendientes (si nos permiten llegar a tenerlos y no nos castran preventivamente por ley antes y de forma plenamente justificada por incompetentes).

Etiquetas

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario