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EL ESCOBILLON. El tamaño, efectivamente, no importa. Por Eduardo García Rojas

El personaje literario de James Bond, al igual que sucede con Sherlock Holmes, ha terminado por devorar el buen nombre de su autor original, Ian Fleming. Y como pasa con Holmes, la mayoría de los aficionados que nos hemos empapado de sus relatos, continuamos detectando en las aventuras –tanto del sagaz detective como en las del agente secreto– que las nuevas  que proponen otros escritores no saben a lo mismo.

En el caso de 007 es como si el Martini nos lo sirvieran revuelto y no ligeramente agitado. Ya ven que cosas.

La última novela que recupera a Bond se titula Carta blanca y está firmada por Jeffrey Deaver, un irregular escritor noretamericano de novelas policíacas que no termina de hacer creíble el universo absolutamente increíble del primer y único Bond. Y éste es, precisamente, uno de los mayores defectos de la obra de Deaver. Aunque también hay otros muchos.

Entre esos otros muchos, un argumento poblado de trampas y poco atractivo. Aunque quizá el más llamativo para el aficionado a las novelas de Fleming sea que Bond renuncia a la buena vida por aquello de servir a su graciosa majestad.

Más que por las historias, más que por el personaje, si James Bond continúa siendo un referente en la literatura popular de la segunda mitad del siglo XX es por su radical carácter masculino y hedonista.

En este sentido, los mejores capítulos de Casino Royale, Desde Rusia con amor, Vive o deja morir son aquellos en los que el agente secreto almuerza o cena en restaurantes de lujo extremo, así como sus excéntricas apuestas en salones de juego donde se ganan o se pierden grandes fortunas. También, cómo no, por los romances que mantiene a lo largo de cada uno de sus libros con distintos personajes femeninos que, en contra de lo que sí pasa en las películas, suelen romper por norma general su presuntamente duro corazón de agente con licencia para matar.

Y estos elementos, que son constantes vitales en las historias de Fleming, apenas se mantienen en la Carta blanca de Deaver. Un autor más empeñado en dar credibilidad a un personaje que no pide ser creíble.

La nueva novela de Bond resulta además demasiado voluminosa. Una tendencia, la de los libros que deben superar las cuatrocientas páginas, dirigida a un mercado de lectores betsellerista pero poco o nada aficionado a Bond. Aunque las novelas de Bond fueran, paradójicamente, best seller en su momento.

El caso es que lo que Fleming cuenta en apenas unas doscientas páginas y pico, Deaver lo engorda sin aportar sustancia a la historia. Lo que hace reafirmar a todo bondmaníaco que se precie que eso del tamaño, efectivamente, no importa.

Puestas así las cosas ¿tiene interés la última novela de Bond para los que no nos cansamos de releer las viejas historias de Bond escritas por Fleming?

Solo se me ocurre una contundente respuesta: no.

Y no porque Deaver intente actualizar las aventuras del agente secreto sino porque carece del notable arte de falsificar el estilo de su autor original. De hecho, solo conozco una novela post Fleming que sí supo hacerse pasar por Fleming estando escrita por otro. Me refiero a Coronel Sun de Kingsley Amis bajo el pseudónimo de Robert Markham. Y a ratos, solo a ratos, La esencia del mal, de Sebastian Faulks.

Carta blanca, a mi juicio, resulta así una mala y pesada falsificación. Claro que tampoco funciona bien como puesta al día de 007. Carece, ya decía, del espíritu cool original.

Leyendo la novela de Deaver he tenido la sensación que como el western, James Bond pertenece a unos tiempos donde la batalla que enfrentaban a buenos y malos se libraba con las mismas armas. En estos que vivimos, las cosas ya no son así.

El primer mundo, ese gigante con pies de barro, está más preocupado por hacer la guerra a distancia para derrocar tiranos que hasta el día de ayer eran buenos amigos, que en tomarse un respiro para, además de almorzar muy bien a costa del contribuyente, hacer el amor porque todo guerrero necesita de un merecido descanso.

No se ha dado cuenta Deaver que Bond no es de este mundo. Tampoco se han dado cuenta los herederos de Fleming que el Bond literario pertenece a sus novelas y cuentos. Y que sus novelas y cuentos son un universo fascinante donde todo es posible siempre y cuando aparezca un genio del mal o una organización criminal global capaz de alterar la inestable paz del planeta.

Y entonces, solo entonces, un hombre viudo, solitario y británico será la única alternativa posible para frustrar sus diabólicos planes.

Bond. James Bond.

Un hombre en peligro de extinción.

El resto es mala, una patética falsificación.

Saludos, al servicio de su graciosa majestad, desde este lado del ordenador.

Eduardo García Rojas. Publicado en http://www.elescobillon.com/

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