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EL ESCOBILLÓN. Chef o no chef, es la cuestión. Por Eduardo García Rojas

Afortunadamente la nómina de escritoras españolas que están buceando en las agitadas y turbias aguas de la novela negro criminal en España se está ampliando tanto como el número de escritores masculinos que han caído seducidos por el género.

En esta lista improvisada, menciono a Cristina Fallarás, Rosa Ribas y Alicia Jiménez Barlett, entre otras. Nombres a los que a partir de ahora habrá que sumar el de la tinerfeña Yanet Acosta con su primera novela El chef ha muerto (Ediciones Amargord).

El chef ha muerto se trata de una divertida historia que además de ajustarse a las claves clásicas de un género tan amoldable como es el que nos ocupa, también puede ser entendida como novela gastronómica negro criminal porque todo en ella comienza a raíz de la muerte en extraña circunstancias (la ingesta de un pulpo vivo) del chef más famoso del mundo en una isla de Corea.

Protagonizada por un detective privado en el que descansan todos los tópicos del detective privado literario, Ven Cabreira, que así se llama el personaje, tiene su pasado. Un pasado caricaturesco como agente del Cesid con su punto romántico, ya que perdió a su mujer por enfermedad.

En el presente, Cabreira solo come fabada y vive con su gato Ken cuando es solicitado para resolver un nuevo caso: descubrir si la muerte del chef fue accidental, suicidio o asesinato.

Comienzan así las pesquisas de Cabreira por el mundo de la alta cocina. Un investigador, el tal Cabreira,  que paradójicamente ha perdido el sentido del gusto y del olfato, y que siente absoluta indiferencia por todo lo que hacen estos alquimistas de los fogones.

En su investigación, Cabreira tropezará con una periodista especializada en estos temas, Lucy Belda, aunque quien aguanta el peso de la novela es el ex agente del CESID. Un personaje, que como prevé el escritor Carlos Salem en el prólogo de la obra, probablemente regrese con nuevas historias.

Como toda buena novela que se precie, El chef ha muerto se lee lo que se dice de un tirón porque está bien armada y se desarrolla en apenas doscientas páginas. También porque te hace sonreír. Su desarrollo está plagado en este aspecto por momentos francamente divertidos donde se aprecia además la profunda afición de su autora por los temas relacionados con la cocina.

El chef ha muerto describe muy bien el respeto que los chef tienen ante los inspectores de la Guía Michelín, y sabe pasear al lector con ironía más que humor por ese gremio galáctico y famoso por su manía de deconstruir las cosas.  De hecho, si alguna pretensión tiene esta novela que no sea más que la de entretener, es la de reflejar un mundo extremadamente creativo aunque muy selecto. Lo mejor, sin embargo, es la reacción de Acosta para cambiar esta situación. Es decir, que la alta cocina se socialice.

Todos los capítulos de El chef ha muerto están encabezados con una creación culinaria imaginada: Ojos rehogados, Guisantes en su vaina y Mochi de fresa son algunos de ellos. Platos/Metáforas que tienen su razón de ser porque, de una manera u otra, son protagonistas de ese mismo capítulo.

La acción de El chef ha muerto transcurre en varias ciudades aunque Madrid tiene en ella un curioso protagonismo a través de una serie de personajes bastante reconocibles para aquellos que en algún momento de su vida pasaron una temporada en ese pueblito mesetario que es la capital de España.

Todos ellos contribuyen a crear ambiente, lo que pone de manifiesto a una escritora que tiene capacidad para dar consistencia a un relato escrito para ser leído sin esfuerzo.

En este sentido, no tiene complejos la autora. Desarma por su desparpajo,  desarma porque incluso las excentricidades –que las hay–  que pueblan como campo minado su novela apenas explotan porque tiene la capacidad de hacerlas creíbles en su historia.

Y a mí eso me da mucha gracia. Tanta, que no dejo de leer el libro sin borrar de mi boca una sonrisa.

Y demonios, que una primera novela haya logrado esto en tiempos de crisis de valores (los que nacen del bolsillo y también de la cabeza y el corazón) me sabe a milagro.

A un dulce milagro.

Otra de ración de lo que sea, por favor.

Saludos desde este lado del ordenador.

Eduardo García Rojas. Publicado en http://www.elescobillon.com/

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