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CINE. “El Origen del Planeta de los Simios”. Humancé y el Moderno Prometeo.

Manuel E. Díaz Noda.-

Hay que reconocer que, a priori, un regreso al territorio
del Planeta de los Simios no parecía una buena idea. Teniendo en cuenta los
antecedentes y avisados de que en esta ocasión se había prescindido de actores
maquillados para apostar por la captura de movimiento, temíamos encontrarnos
ante otro campo de pruebas para el desarrollo de las técnicas infográficas en
el que ha decaído gran parte de las superproducciones actuales. Que un título
como “Transformers” acabe monopolizado por un escaparate de efectos especiales
en detrimento de historia y personajes se puede entender dentro de las
características de la producción e incluso, viniendo de la mano de un director
reincidente en este tipo de fenómenos taquilleros como Michael Bay, verse como
una seña de idiosincrasia; sin embargo, como ya hemos visto, esta franquicia ha
intentado caracterizarse por poner sus miras en una alegórica lectura
sociopolítica de la sociedad que la acoge. El antiguo concepto romano de “dulce
et utile”, de hacernos reflexionar a través del entretenimiento, se reproducía
en aquella película de 1968 en la que, con la excusa de una historia futurista acerca
de una sociedad regida por monos evolucionados, donde el hombre había perdido
su hegemonía en el planeta, se nos daban pistas sobre los convulsos tiempos que
sufría Estados Unidos tras el asesinato de un presidente, John F. Kennedy, y de
portavoces de los derechos civiles como Martin Luther King y con una política
exterior basada en la Guerra Fría y el intervencionismo bélico en países
alejados como Corea o Vietnam. Hoy en día, desgraciadamente, volvemos a experimentar
también un periodo de crisis y desencanto, con pérdida de fe en nuestros
líderes políticos y en el modelo democrático, con conflictos bélicos en Oriente
Próximo y la insurrección de las masas a escala mundial reclamando respeto y
justicia. Ante este panorama, una nueva entrega de “El Planeta de los Simios”
estaba justificada, pero no podía caer en la banalización o la indolencia por
estos hechos.

Varias ideas se barajaron a la hora de llevar a cabo esta
nueva película. Se podía intentar llevar a cabo otro remake del título
original, pero el fracaso de la cinta de Tim Burton en 2001 no estimulaba esta
alternativa. Sin posibilidades de remake, ni de secuela aparente, se impuso el
modelo de reboot instaurado por Christopher Nolan con “Batman Begins”. Esa idea
de reiniciar una franquicia, haciendo borrón y cuenta nueva para ofrecer una
lectura diferente, llevó a los guionistas a centrarse en la historia de César,
el chimpancé original que desató la revuelta de los simios en la cinta “La
Rebelión de los Simios” de 1972. En aquella, el salto evolutivo del personaje
quedaba explicado al ser el hijo de Zira y Cornelius, los dos simios
evolucionados llegados del futuro tras la destrucción del planeta al final de
“Regreso al Planeta de los Simios”. En este reboot había que buscar otra
explicación que diera independencia a la película sobre la continuidad marcada en
los años 70 (e ignorando por completo a la de 2001). La experimentación
genética y la paranoia a una pandemia vírica tan en boga en nuestros días se
convirtieron en la excusa en esta ocasión para explicar los dos puntos clave de
la historia, la evolución del simio y la caída del ser humano.

Volvemos así a estar ante el moderno Prometeo, el científico
que se salta las leyes de la naturaleza, desatando con ello una destrucción
mayor. Interpretado por un excelente James Franco que le aporta una cálida
humanidad, Will Rodman es un investigador de espíritu romántico, cuyo interés
es generoso (el beneficio del ser humano ante una enfermedad tan destructiva
como el Alzheimer), pero también egoísta (el padre del protagonista está
sucumbiendo a esta enfermedad). Esta dualidad entre altruismo y desesperación
le lleva a trasgredir límites sin cuestionarse la moralidad de sus actos. En su
caso, no existe mala fe en su comportamiento, sino todo lo contrario. Rodman no
está guiado por la ambición o la vanidad, sin embargo eso no quita para que sus
acciones no incurran en la irresponsabilidad. Lo contrario sucede con Gyn-Syn, la
empresa para la que trabaja, encarnada en el personaje de Jacobs (David
Oyelowo), quien una vez descubre el potencial industrial del virus decide acelerar
y explotar la investigación, ahora sí por causas puramente económicas y nada
filantrópicas. Así, el principal conflicto que presenta la película no es tanto
los efectos secundarios de un experimento fallido, sino la falta de ética del
ser humano al intentar corregir o prorrogar factores que nos han sido impuestos
por la Naturaleza como la enfermedad, el envejecimiento o la muerte. En este
sentido, de manera testimonial y poco desarrollada, el personaje de Caroline
Aranha (Freida Pinto) intenta convertirse en la voz de la cordura, siendo la
única que expone la duda ética ante los actos de Rodman. La película también
aprovecha para esgrimir un discurso contra la experimentación con animales y
las atrocidades que se intentan justificar bajo la etiqueta del avance de la
ciencia.

Junto al desarrollo de esta trama, encontramos otra
paralela, más intimista, que durante el tramo central de la cinta se convierte
en el eje emotivo de la película: la creación de una familia sui generis, con tres generaciones que
durante un tiempo conviven de manera armoniosa. Inicialmente, el virus da orden
al caos, estabilizando y recuperando la memoria del padre de Will, Charles
(espléndido John Lithgow), al mismo tiempo que va desarrollando las facultades
mentales de César. En esta impostura, el chimpancé abandona un comportamiento
animal, caminando de manera erguida y vistiéndose como un ser humano, creando
una imagen de sí mismo de acuerdo a lo que le rodea. Abuelo, padre e hijo
conviven durante un tiempo de manera apacible y satisfactoria en esta utopía
doméstica. Sin embargo, se trata de una felicidad artificial obtenida de manera
fraudulenta e incurriendo en un desorden natural, algo que queda patente en la
escena en la que Will le explica a César que no es una mascota, sino su hijo.
Esta declaración, que nace del amor y la conexión que existe entre los dos
personajes, llega a Catherine y al espectador de manera desnaturalizada, conscientes
por primera vez de lo equivocado y peligroso de ese comportamiento.

Como en toda utopía, el factor humano pasa a convertirse en el
punto de fuga que acaba devastando el equilibrio conseguido. Una vez más, el
miedo, el odio y la violencia toman el control de la situación cuando el hombre
se enfrenta a lo desconocido, desterrando a César de la sociedad y encerrado en
el Refugio para Primates, al mismo tiempo que la estabilidad mental de Charles se
quiebra. Resulta sugestivo como el personaje es apartado de un ambiente irreal,
esa familia ilusoria, para ser insertado en otro, una imitación de selva,
construida alrededor de una falsa secuoya, donde los animales reproducen
comportamientos innatos, pero mediatizados por la artificialidad del entorno. Víctima
de una faceta que desconocía del ser humano al haberse criado en un ambiente
controlado de cariño y respeto, César experimenta por primera la mezquindad y
la propensión del ser humano a impartir dolor por mero placer o como respuesta
a la frustración, al mismo tiempo que establece una segunda familia entre los
simios sometidos, edificada a partir de esos conceptos recién adquiridos de
violencia y odio, donde sus capacidades evolucionadas pronto le elevan a líder
de la manada.

El tratamiento que se hace de la violencia en la película es
critico con ésta tanto si surge de manera gratuita (procedente del ser humano)
o en respuesta a un condicionante exterior (el ataque de los simios tras los
suplicios sufridos ya sea como conejillos de indias en el laboratorio o durante
su cautiverio en el Refugio). La cinta arranca con una impactante secuencia de
caza, que nos retrotrae a uno de los momentos míticos de la cinta de 1968 y
donde los chimpancés son violentamente arrancados de su entorno por cazadores
furtivos con el fin de servir de cobayas para que experimenten con ellos. Los
chimpancés actúan de manera agresiva como protección de su manada: Ojos Claros,
la madre de César, se enfrenta a los científicos de Gyn-Syn para proteger a su
cría y éste ataca a un vecino para proteger a Charles. Es en los dos únicos
casos en los que la cinta se muestra indulgente con la violencia, mientras que
en el resto de ocasiones, es producto de emociones negativas (miedo,
territorialidad, ira, desengaño). Cuando se produce el levantamiento de los
simios, al espectador se le ha llevado a un lugar donde desea que los primates
se rebelen debido al comportamiento prepotente de los humanos, pero se procura
no caer en el enaltecimiento de la revuelta. Es cierto que César mantiene
cierta ética al no permitir que se mate a los humanos, pero al mismo tiempo se
deja claro que la violencia implica un camino de no retorno. Cualquier
posibilidad de recuperar la felicidad anterior queda segada cuando César se
deja llevar por el odio y, pese a los esfuerzos de Will por convencerle para
que abandone su actitud beligerante, el carácter inocente y puro del chimpancé
desaparece para dejar lugar a un revolucionario que debe encontrar el destino
para él y su pueblo. Por otro lado, el levantamiento de los simios adquiere
también un papel alegórico. El ejército dirigido por César viene a representar
a los excesos y abusos del ser humano (su avaricia, su pretensión por imponerse
a la Naturaleza, su egoísmo o su rechazo hacia lo que no comprende) que acaban
rebelándose en su contra. En la coyuntura actual, esto puede tener una lectura
social, vinculada a las revueltas que se han producido en diferentes países a
lo largo del planeta, donde los más desfavorecidos de estas sociedades han
decidido tomar las calles en rebelión contra sus gobernantes y reclamando un
trato más igualitario y respetuoso. Sea producto de la casualidad o de la
especulación, lo cierto es que, gracias a esta interrelación, el tramo final de
la película adquiere una mayor trascendencia y profundidad, devolviendo a la
franquicia su carácter reivindicativo y comprometido con la realidad de la que
surge.

Una de las cosas que ha cogido por sorpresa de esta
película, ha sido la labor de su director. Después de tantearse a cineastas tan
dispares como Kathryn Bigelow, Robert Rodriguez, Tomas Alfredson, los hermanos
Allen Hughes y Albert Hughes (curiosamente, estos ya habían optado también al
remake de 2001), Pierre Morel, James McTeigue, Dennis Iliadis o Scott Charles
Stewart, la cinta fue a parar a manos del británico Rupert Wyatt, quien tan
sólo contaba en su haber con la cinta independiente de 2008 “The Escapist”.
Wyatt ha sabido aportar un inteligente equilibrio entre el componente
emocional, el discursivo y la acción de la película, de manera que ésta
mantiene enganchado al espectador desde el primer momento, consigue implicarle
emocionalmente con los personajes y le sobrecoge con la espectacularidad de las
imágenes durante la sublevación de los simios, al mismo tiempo que le obliga a
intelectualizar la acción para poder comprenderla en toda su extensión. Con
esto podemos dar por superado el reto de conseguir que una cinta con este
trasfondo y con un amplio tramo de metraje centrado en los personajes y no en
la acción resulte también entretenida al espectador (algo que, por otro lado,
no debería ser la excepción, sino la norma). El cineasta alterna una mirada
intimista con un gran dinamismo en su puesta en escena, acercando la cámara a
la perspectiva de César. No se precipita, sino que es consciente de que los
personajes deben arraigar bien en la historia antes del clímax para que éste
funcione, y si bien la cinta no decae en su ritmo, encadenando continuamente elementos
trascendentes para el desarrollo de la trama, lo cierto es que tenemos que
traspasar el meridiano de la película para encontrarnos con las secuencias de
acción.

En este tratamiento emocional de la historia y los
personajes es fundamental la presentación y desarrollo de César, uno de los
mayores retos de la película y también uno de sus mayores éxitos. Si en 1968 la
dificultad estribaba en hacer creíbles a los simios evolucionados y que el
maquillaje de los actores no resultara cómico, aquí la apuesta recayó sobre las
nuevas tecnologías, la recreación digital del personaje y el uso de la captura
de movimiento para darle expresividad y humanidad. Debido a las características
de la historia, resultaba contraproducente el empleo de protésicos y
animatrónicos, cuyas técnicas están mucho más avanzadas que la infográfica
(basta recordar el extraordinario nivel del maquillaje realizado por Rick Baker
en la versión de “El Planeta de los Simios” de 2001). Para poder reflejar mejor
la evolución y los cambios físicos y emocionales de César, la recreación
digital del personaje se evidenciaba más práctica y realista, además de
permitir al director un mayor juego en su puesta en escena, como por ejemplo la
primera visita de los protagonistas al bosque de Secuoyas, donde la cámara
trepa por el tronco y las ramas acompañando al chimpancé. El encargado de dar
un bagaje emocional a César fue Andy Serkis, actor especializado en la creación
de personajes digitales, contando en su haber con casos como Gollum de la
trilogía de “El Señor de los Anillos” o la última versión de King Kong, ambas
para el cineasta Peter Jackson. Serkis se basó en un caso real, Oliver, un
chimpancé que se volvió en centro de atención en los años 70 al estar dotado de
una gran inteligencia y ser capaz de andar erguido, igual que un ser humano. El
actor estudió los videos que existen de este animal para desarrollar los
movimientos de César y darle realismo al personaje, al mismo tiempo, se esforzó
en aportar un amplio registro expresivo a través del cual el público fuera
capaz de ir más allá de la imagen infográfica y pudiera sentir empatía. Por
otro lado, las técnicas empleadas en esta película han supuesto un salto
cualitativo, al situar a los actores de captura de movimiento en el mismo
escenario que los actores de imagen real. Hasta ahora, los primeros debían
trabajar en un espacio muy concreto y controlado, rodeados de un fondo verde,
para que el ordenador fuera capaz de registrar de manera fidedigna sus
movimientos. En este caso, la interacción ha permitido que exista una mayor
conexión entre todos los personajes, especialmente en lo que se refiere a
César, Charles y Will. A partir de estos logros, la película ha generado de
manera paralela un nuevo debate sobre la validez o no de la interpretación para
la captura de movimiento. ¿Estamos hablando realmente de interpretación cuando
al trabajo del actor se le va a sumar capas de imagen infográfica o se puede
valorar de la misma manera que el trabajo de los otros actores? Creemos que
Andy Serkis ha conseguido que su interpretación “hablé” más allá de los puntos
de referencia utilizados por el ordenador para replicar movimientos y
expresiones. Es cierto que César es un personaje digital (y eso es algo que
queda patente en la imagen pese a los loables esfuerzos de los compositores y
animadores de 3D), pero el actor ha logrado hacerlo más real al espectador, y
sin ese trabajo, la película hubiese sido un fracaso absoluto, tanto o más que si
los simios de 1968 hubiesen provocado las carcajadas de los espectadores. La
empatía que sentimos por César no es artificial, sino muy humana, superior
incluso que la que podemos encontrar en actores de carne y hueso en ésta u
otras películas (en comparación, la actriz Freida Pinto resulta más inexpresiva
y conecta mucho menos con el espectador que Serkis con su disfraz digital de
chimpancé). Esta labor no es tan eficaz con el resto de los personajes simios,
pero tampoco es necesario. El matiz y el grado de profundidad psicológica se
reduce considerablemente, pero ajustándolo a lo que necesita el espectador para
conocer sus características y motivaciones.

El apartado musical era otro de los elementos situados en el
punto de mira de la película. Todo título perteneciente a esta franquicia ha
tenido que sufrir la comparación con la extraordinaria composición realizada
por Jerry Goldsmith en 1968. En esta ocasión el músico escogido fue Patrick
Doyle, un músico de línea sinfónica, habituado a dramas de fuerte conflicto
familiar al ser el colaborador habitual de Kenneth Branagh y sus adaptaciones
de la obra de William Shakespeare. Todos los que han venido antes que él han
intentado replicar el carácter atonal y experimental de la partitura original,
sin embargo, esta historia necesitaba un enfoque diferente. En 1968, Goldsmith
utilizó una orquestación atípica y temas carentes de melodía para agobiar al
espectador con la privación de vínculo emocional en la música, creando así una
distancia con la sociedad simia y potenciando la idea de encontrarse en un
planeta totalmente ajeno al ser humano. Aquí nos encontramos con un chimpancé
que debe parecer humano al espectador, por lo que las necesidades de la
película son radicalmente opuestas. Doyle carga las tintas en el apartado
emocional para apoyar esa empatía necesaria entre César y el público, pero no
por ello se desprende de cierta experimentación. Se mantiene también un sonido
tribal, especialmente en los temas más agresivos y en ellos se emplearon
instrumentos como un huevo de avestruz, para aportar sonidos peculiares y
difíciles de identificar. La partitura de Doyle no resulta tan trasgresora, ni
adquirirá una trascendencia como la de Goldsmith, pero a nivel emocional es lo
que necesita la historia y, por otro lado, se agradece que no haya caído una
vez más en el intento por replicar lo anterior, sino que haya buscado un camino
propio.

Como reinicio de la saga, “El Origen del Planeta de los
Simios” se aparta de las películas anteriores, desprendiéndose de lastre
acumulado a lo largo de numerosas entregas. Uno de los aspectos positivos en
este sentido, es la elección de un final que no tuviera que competir en
sorpresa y contundencia con el original. La película tiene la conclusión que
necesita la historia y su fuerza radica en la resolución de los componentes
emocionales que se han ido gestando a lo largo de la trama y no por ofrecer un
plano final rompedor o inesperado. Pese a esto, la cinta se reserva varios
guiños reconocibles por los conocedores de la serie, y algunos apuntes que
ayudan a encajar el argumento dentro de la continuidad ya conocida. El apodo
“Ojos Claros” para la madre de César recupera el nombre que la Dra. Zira da en
un principio a Taylor. Esta referencia va más allá del mero guiño y puede dar a
entender por qué Zira confía tanto en la capacidad intelectual de Taylor desde
un primer momento, dado que debido a los efectos secundarios del virus ALZ-112,
en la sociedad simia, los ojos claros se pueden entender como seña de
inteligencia. Otros nombres a los que se hace referencia en la película son,
por ejemplo, Cornelia (en recuerdo de Cornelius, el personaje interpretado por
Roddy McDowall), Dodge Landon (por los dos astronautas compañeros de Taylor en
el Icarus), Franklin (en homenaje al director de la primera película, Franklin
Shaffner), Maurice (Maurice Evans, el actor que daba vida al Dr. Zaius) o
Jacobs (por Arthur Jacobs, el productor de la serie original). En pantalla
llegamos a atisbar de manera fugaz a Charlton Heston en una escena de “El
Tormento y el Éxtasis”, que se está emitiendo en televisión. También la famosa
imagen de la Estatua de la Libertad queda reflejada en un puzzle tridimensional
que está montando César, al igual que la ya comentada secuencia de caza o el
manguerazo de agua que recibía Heston, que ahora es asestado a César en su
jaula del Refugio de Primates. Se recuperan frases antológicas (“Quítame tus
sucias manos de encima, mono asqueroso” y “Esto es un manicomio”) y el despegue
y la desaparición del Icarus entra también de manera colateral en la trama. La
mayor parte de estos guiños no afectan al desarrollo de la trama, pero sí
generan una cierta complicidad con el espectador.

Pese a sus numerosas virtudes, la película cuenta también
con algunos hándicaps, muchos de ellos presumiblemente debidos a la necesidad
de acortar el metraje y acomodarlo a una duración estándar que facilitara la
distribución en salas. Hay personajes que quedan muy reducidos, especialmente
la chimpacé Cornelia, de la que apenas queda referencia en la cinta, pero de la
que se intuye una conexión amorosa con César. La evolución de los simios del
refugio tras inhalar el virus ALZ-113 es muy rápida, seguramente para facilitar
el avance de la trama, y una vez iniciado el alzamiento, el número de simios se
incrementa de manera espectacular. A la cinta se le puede achacar que, tras dos
tercios de metraje apostando por la contención y la verosimilitud, el clímax
final resulta excesivo e incongruente, pero afortunadamente, todo el trabajo
emocional anterior ayuda a que el espectador haga un esfuerzo de suspensión de
incredulidad y se deje llevar por los personajes.

Queda ahora la duda de si, tras el éxito que está teniendo
la película a nivel comercial y crítico, el estudio se animará a continuar la
historia y en qué dirección se puede seguir desarrollando el papel de los
personajes. Rupert Wyatt ya ha asegurado que está interesado en continuar y que
tiene en mente posibles líneas argumentales con las que plantear una secuela,
enfocadas principalmente hacia la escenificación de la guerra definitiva entre
simios y humanos. En cualquier caso, haya o no una nueva entrega, “El Origen
del Planeta de los Simios” se ha alzado ya como uno de los verdaderos éxitos
del verano. Tal vez no tan taquillera como “Harry Potter y las Reliquias de la
Muerte. Parte II” u otros títulos-evento de la temporada, pero sí favorecida
por un mayor aplauso de crítica y público. Por nuestra parte, y aún asumiendo
sus imperfecciones, no podemos más que recomendarla como una de las mejores
películas que han pasado en los últimos meses por nuestras anémicas pantallas.

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