Sin categorizar

EL ESCOBILLÓN. Confesiones de un pecador (que ya no está arrepentido) del cine de los 80. Por Eduardo García Rojas

El otro día, mientras repasaba deuvedés a precios de risa en una de esas grandes superficies donde venden todo tipo de aparatos electrónicos me quedé un buen rato contemplando la carátula de Calles de fuego, de Walter Hill, película que vi hace mucho, mucho tiempo en un cine de reestreno y de la que recuerdo me dio directo a la mandíbula.

No compré el deuvedé por miedo a triturar una de esas tontas emociones de mi primera juventud. Por miedo a volver a ver una película que, salvo Diana Lane, poco o nada puede decirme ahora, así que opté por tirarla al montón de saldos porque quiero pensar que así honraba la tormenta de sensaciones que me procuró su primer y sospecho único visionado.

Con la pantalla a oscuras, Calles de fuego comienza con una declaración de principios de su director acerca de lo que vamos a ver: una película de buenos y malos. Un western moderno con moteros sedientos de sangre y un héroe de mirada triste cuyo actor, Michael Paré, no volvió a levantar cabeza profesionalmente hablando tras esta experiencia.

Otra cinta que me emociona de aquella década insensata que fueron los ochenta es la inteligente comedia juvenil Todo en un día (John Hughes). La vi en Madrid acompañado de dos amigos y nos metimos en el cine porque no había nada mejor que hacer.

Puede resultar fuerte si escribo que para los tres el filme fue algo así como una revelación, pero no se me ocurre una palabra mejor para describir el subidón que nos dio al contemplar las aventuras de ese golfo con suerte que interpreta Matthew Brodrick junto a su novia en la ficción Mia Sara y su sufrido colega Alan Ruck mientras son perseguidos (casi casi como si se tratara del coyote) por el director su instituto, papel que interpreta Jeffrey Jones. Tampoco he vuelto a verla. Será que quiero continuar con la magia de la primera vez…

Durante una época me dio por tararear Blue velvet, canción que descubrí en la película del mismo título de David Lynch. El largometraje reventó mis expectativas en una de esas salas que había en Madrid donde pagando el precio de la entrada podías quedarte a ver todas las sesiones que quisieras.

Yo me quedé a verla dos veces. Blue velvet me noqueó y aún no sé las razones. He vuelto a ver la película, desgraciadamente, y lamento escribir que lo que antaño me pareció fascinante ahora me sabe a cosas de Lynch. Cineasta al que se le va la pinza con bastante facilidad. De entre todas sus películas, y pongo la mano en el fuego que he visto todas, rescato su Dune.

Sí, me consta que es el título que la mayoría de sus seguidores olvida con insólita temeridad, pero vuelta a ver todavía me hace gracia que el espectador pueda escuchar los pensamientos de sus personajes y esa batalla entre melenudos barbados contra punkarras enfundados en cuero negro.

Antes de exiliarse voluntariamente a los Estados Unidos, el cine del holandés Paul Verhoeven dejó una cinta que tampoco he vuelto a ver con el paso del tiempo. Se titula El cuarto hombre y por lo que recuerdo de ella es una fascinante historia de mujer fatal, fatal (una bruja, vamos) y un escritor de tendencias homosexuales que concluye en un festín loco y algo gore que me hizo saltar de la butaca. La película, que vi en una sesión doble que incluía también ese clásico del cine negro de los ochenta que es Scarface. El precio del poder, tiene algo. O quiero creer que tiene algo. Eso de tiene algo quizá explique porque no he querido volver a verla.

Quien les escribe, que se confiesa perteneció a la fe Verhoeven durante un tiempo, desconfía ahora del profeta aunque de tanto en tanto pierda el tiempo volviendo a ver por centésima vez Starship Troopers: Las brigadas del espacio que quizá sea, a su juicio, la mejor película de su extraña y algo obsesa filmografía.

Pero qué diablos, cuando veo cualquiera de sus filmes siempre descubro actrices que son algo más que actrices: Sharon Stone (Instinto básico) y Carice van Houten (El libro negro).

Hay más películas de esa década de pobres y ricos que fueron los ochenta que me dejaron atrapado en el cine. Evoco Excalibur (a la que ya le dediqué un comentario y que cumple treinta años ¿sueños para unos, pesadillas para otros?) y la socorrida Blade Runner, aunque no fui ni soy un blademaníaco. Será porque siempre me irritó de su director, Ridley Scott, su esteticismo babosón y barrocón.

Mi apreciado John Milius cuenta con una serie de títulos que me marcaron por una u otra razón en aquella década que parece que ahora vuelve a ponerse de  moda. Conan el bárbaro y Amanecer rojo son dos de ellas. La primera porque el filme sigue respirando vida y sintetiza el apasionante y violento mundo que creó Robert E. Howard en sus relatos.

El segundo porque pese a su tono ultra no deja de resultar una película que hace feliz a ese comunista que aún llevo dentro. Si se atreven, véanla. Es cine de hazañas bélicas que seguro hizo feliz a ese inquietante terrorista iluminado que fue Timothy Mcveigh.

Pero si hay un título de Milius de esta etapa que destaca por encima del bien y del mal es Adiós al rey, basada en la novela del mismo título de Pierre Schoendoerffer. Película que no vi en un cine sino en casa de un amigo en VHS.

Recuerdo que vimos la cinta. Recuerdo que los amigos se fueron a dormir y recuerdo que volví a encender el reproductor para volverla a ver no una vez sino dos más.

No he vuelto a castigarme con ella.

¡Suerte, inglés!

Hay más películas de esa década, década que me hizo recaer en los tebeos cuando cayó en mis manos el primer número de Batman año 1, como El imperio contraataca, Regreso al futuro, Terminator, Poltergeist, El muro (joder como le comió la cabeza a mi generación el dichoso El muro), El corazón del ángel (joder como me comió la cabeza El corazón del ángel), entre otras que recupero mientras exploro por la red para refrescar mi gastada memoria.

Pero noto, detecto, que ninguna lista de las supuestas mejores películas de aquella década se menciona Revolución, del británico Hugh Hudson, una cinta que como tantas otras no he vuelto a ver pero que (está sí) me encantaría volver a ver.

Y Scandal, cinta que cuenta lo que ya se conoce como escándalo Profumo y que hizo que descubriera y me enamorara de Joanne Whalley…

¿Dónde estás Joanne?

Hay más títulos. Claro que los hay. Los dibujos animados bebían del cómic en Metal Hurlant y la extravagante Tygra, hielo y fuego… Jim Henson presentaba Laberinto, de la que solo recuerdo sus fascinantes títulos de crédito y a su joven protagonista, Jennifer Connelly enfrentarse a David Bowie. O aquella otra de marionetas que se llamó Cristal oscuro… (la imagen que ilustra estas líneas). Y hubo más. Muchas más. Solo que no he querido volver a verlas.

Quiero pensar que fueron cosas de los ochenta.

Y no sé, la verdad, si me da miedo que vuelvan a ponerse de moda.

Saludos, será que la década pasa factura, desde este lado del ordenador.

Eduardo Garía Rojas. Publicado en elescobillón.com

Etiquetas

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario