Marisol Ayala Sin categorizar

Cosas mías / 16. Por Marisol Ayala

Estoy en la playa de Salinetas (Gran Canaria) frente al mar y de pronto se me han activado los recuerdos cercanos, todas esas cosas (lúdicas) a las que he dedicado los últimos meses y que no siendo importante para el mundo mundial, lo han sido para mí y lo voy a contar. Espero no liarme mucho que soy una rollenta y me gusta un bla, bla, bla, más, que comer. Que también.

Julio y lo que va de agosto ha sido un no parar de amigos, familias, más amigos, más familia, compañeros, en fin, que estoy encantada. En Lanzarote, ya lo saben, estuve unos diez días y la verdad es que la isla, que es maravillosa, a veces es poco soportable para quienes no le guste -como a mí- el solajero. Huí de esa preciosa isla porque tenía un par de fiestas de amigas en Las Palmas a las que ni quería, ni podía faltar. Nombraré la que hizo Resi en su casa de La Isleta con motivo del merecido corte de mangas a un trabajo de tantos años; poco después otra fiesta por el día de Cristina Molina donde me encontré -y cantamos- con Coca de Armas, Pepita González (¡…cómo interpreta esa mujer los boleros!..¡Dios!), Tite, guitarrista y amigo, María Eugenia Márquez, su hermana, Elda, mi amiga Isabel Vallejo, Paula Monzón, Mery Ojeda y la misma Cristina, que cuando se arranca a cantar…se arranca…Una buena tropa llena de afecto.

Estos días estoy cerrando encuentros y comistrajes que tenía pendientes con varios amigos y que son, para que lo sepan todo de mi, el gran artista Javicombé –almuerzo, ya decidido-, otro con Josefina Navarrete y Saro Alemán, amiga; también tengo una charla y comistraje pendiente con Miguel Saavedra, que es ese hombro necesario y leal; Maritina, una amiga querida a la que quiero mucho pero nos vemos poco, está en la lista. Tengo pendiente una mesa y mantel con ella.
Fue también julio un mes de curro porque finalmente terminé el serial periodístico para Canarias 7 sobre la vida de Sara Morales, la niña desaparecida. Un día de esos me llevé a Nieves, su madre, a comer al “Conejo alegre”, un restaurante amigo, que nos encanta a todos. Bien de precio y bien de calidad. Al día siguiente me acerqué a ver a la abuela de Sara, Rita, que me consta me quiere mucho. Yo también a todos ellos porque me parecen gente admirable.

La semana pasada pasé la tarde en la casa de Carmen y Fernando (Santana y Montecruz), compañeros de profesión, y buenísimos amigos. Son esa gente que te dan paz, con los que hablas sin tapujos en la total creencia de que no hay rendija que propicie una fuga a la intimidad, a la confidencia.

Otra cosa. Desde hace dos o tres años años la playa de Salinetas es mi refugio. Me tiene enamorada. Me voy alguna tarde llevo prensa, agua, un libro y música y entonces se para el mundo. Eso de bañarte en una playa tan familiar, tan cerca de la avenida, sin el coñazo en el que han convertido Maspalomas (la playa tan lejos de la avenida), me encanta. Salinetas me recuerda a las playas de barrio, a la de mi barrio, Alcaravaneras. Recuerdos de la niñez.

Y luego, ya saben, dos locas, es decir, Vicky Osuna y servidora hemos puesto en marcha hace dos meses los “Sportingazos” es decir, una reunión de viejos y nuevos amigos de la música que en algunos casos hacía tiempo que no veíamos y que poco a poco hemos ido reclutando. El éxito de la convocatoria está siendo espectacular. Cada mes, más o menos, un festín. Sale barato, nos vemos, cantamos, tocamos nos reímos y ya está. Es de justica decir que el equipo “base” de esa tropa lo formamos nosotras dos más Blas y Mariana. Poco a poco vamos haciendo peña y viendo pasar la vida entre cantija y cantija. Les aseguro que al paso que vamos esto se nos desborda por la afluencia de amigos.

Al tiempo; Toñín Barrera (Cuasquías) ya está avisado porque acabaremos solicitándole “asilo político/festivo” cuando no quepamos en el Club Sporting, donde celebramos los tenderetes. De resto, nada, más. Estoy organizando un par de viajes para final de mes y septiembre, uno a Madrid para ver la exposición de Antonio López y otro a Florencia. A ver si todo cuadra. Oye, oye, me olvidé de mi amiga Fela Ponce con quien cenaré el viernes después de una larga temporada sin vernos: Ella viajando (es su trabajo) y yo, a lo mío, escribiendo y bobiando.

No ha nacido nadie, no se ha muerto nadie, todo va bien y las gemelas de Jesica Thomsen siguen con una gracia de la que solo son capaces ellas dos. Así está la mamá y la abuela Anita, con la baba caída. No es para menos.

Marisol Ayala

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